Luis Fernando Araya.   18 septiembre

Leyendo declaraciones de sacerdotes, obispos y cardenales, del papa Francisco y del papa emérito Benedicto XVI, así como varios documentos generados en los últimos años, concluyo que las diferencias, disputas y debates dentro del catolicismo son de tal magnitud que resultan en posiciones que no pueden coexistir en el seno de la organización.

La circunstancia surge en momentos históricos que demandan elevados niveles de cohesión interna, liderazgo global y coherencia entre lo que se proclama y lo que se hace. ¿Cómo tratar estos desafíos cuando el gran teatro Vaticano se deshace en rencillas, rumores, mezquindades y odios?

Es de tal volumen el odio (lo mismo ocurre en todos los laberintos de poder) que resulta inevitable preguntar como Agustín de Hipona: “Si de los gobiernos quitamos la justicia, ¿en qué se convierten sino en bandas de ladrones a gran escala?”.

En el escenario de la crisis católica, escribe Specola, “todo se lee entre líneas”, mientras “los gestos, las miradas, el roce de ricas telas y los olores de perfumes selectos se mezclan. Los ricos mármoles no pueden ocultar la podredumbre que reina en sus entrañas”.

Discordias anteriores. No es la primera vez que el mundo cristiano, en general, y el católico, en particular, se divide en posiciones irreconciliables.

La investigación histórica, los hechos y la experiencia prueban que las divisiones y rupturas en el cristianismo acompañan a sus distintas corrientes desde el siglo I.

Durante los 500 años posteriores a la muerte de Jesús de Nazareth, se conocen decenas de interpretaciones distintas y contrapuestas sobre el sentido de la vida del Nazareno. Luego de las sangrientas represiones a las que fueron sometidos los cristianos y de las intensas disputas y manipulaciones de las comunidades de creyentes, los concilios de Nicea (325), Constantinopla (381), Éfeso (431), Calcedonia (451) y el Segundo Concilio de Constantinopla (553) condujeron a la fijación doctrinal básica del cristianismo, pero esa fijación de doctrina no fue suficiente para superar las divisiones ni para evitarlas en los siglos posteriores.

Fórmula de Calcedonia. Uno de los núcleos claves de las rupturas del catolicismo ha sido, y es, la naturaleza de la persona histórica de Jesús. El asunto encontró una solución en el 451 cuando el Concilio de Calcedonia aprobó la fórmula de que Jesús es vere deus, vere homo, en quien la naturaleza divina y humana se encuentran unidas de modo integral (hipostática).

La fórmula excluyó a muchas personas que no la aceptaron y luego fueron perseguidas y asesinadas; desde entonces no han sido pocos quienes han expresado objeciones a la tesis vere deus, vere homo y a sus consecuencias.

Cuando se estudian los debates actuales en el catolicismo, se observa que muchos de sus contenidos giran en torno a este asunto. Al parecer, lo que está en disputa es la validez de la fórmula y de sus consecuencias en todos sus extremos y sin disimulo, o si se debe producir una adaptación y modificación en correspondencia con las sensibilidades contemporáneas.

Desmitificación. Al debate referido, se agrega un hecho que ha trastrocado los engranajes del poder católico: la investigación en disciplinas sociales y humanísticas ha demostrado que el catolicismo, como estructura organizativa y de poder, funciona bajo la misma lógica que cualquier otro tipo de poder, con inmensas capacidades de encubrimiento, engaño, satisfacción de intereses creados, egoísmos, violencia verbal y física.

En las decadentes artes de la opresión, la mentira, la exclusión y la manipulación, tan comunes en política y en gestiones ideológicas, el catolicismo y otras modalidades de la cristiandad histórica, no tienen nada que envidiar a otras formas de poder humano.

La conciencia social de este hecho, posibilitada por la investigación científica y periodística, ha originado un descrédito inmenso y profundo del poder católico. Los componentes de la ruptura en el catolicismo están presentes en este instante y conducen a un derrumbe sin precedentes. Son los siguientes: las divisiones y enfrentamientos en torno a la vigencia de la peculiaridad cristiana (vere deus, vere homo) en un mundo que es una red de redes multicivilizatoria de conocimientos, informaciones y manipulaciones; la existencia, en esa red de redes, de una sensibilidad cultural hegemónica no cristiana, poscristiana y, en algunos casos, anticristiana, a la que mucho ha contribuido el catolicismo debido a sus inercias e incoherencias; y la demostración de que el poder católico opera bajo los mismos parámetros de otro poder.

Opciones. Frente a la tormenta que se vislumbra observo tres opciones: la sustitución del catolicismo por algún otro tipo de narrativa religiosa más o menos vaporosa, que conserve la referencia a Jesús, correlacionándola con otros personajes (Buda, Confucio, Lao Tse, Sócrates); la transformación del catolicismo en algo por completo adaptado a las culturas contemporáneas; y un complejo proceso de adaptación y salto a la modernidad científico-tecnológica y humanista sin abandonar ni debilitar lo que hasta el momento ha sido la peculiaridad cristiana.

¿Cuál de estas opciones será la que prevalezca? depende de la relación de fuerzas en el interior del catolicismo y de los vínculos de esas fuerzas con los poderes fácticos prevalecientes en economía, política y cultura.

Mientras unas corrientes católicas proponen centrarse en la fórmula de Calcedonia y desde ella intentar el reencuentro con la modernidad, al mismo tiempo que se desmonta la corrupción interna, quienes se oponen sugieren diluir la fórmula, desdibujarla, si se quiere, para, de ese modo, adaptarla a lo contemporáneo y quedar en mejores condiciones para erradicar la corrupción institucional.

En el plano de las correlaciones históricas de fuerzas, unos enfatizan la crítica a los totalitarismos de los siglos XX y XXI (fascismo, nazismo, comunismo, anarco-capitalismo, relativismo), mientras otros prefieren subrayar el cambio climático, el medioambiente, las migraciones, la justicia social y el cambio social.

Estas ecuaciones se traducen en múltiples hechos turbadores dentro del catolicismo, tales como las acusaciones dirigidas contra el actual papa, según las cuales él ha creado “un gran desconcierto y una gran confusión” respecto a cuestiones claves de la religión católica; las “correcciones filiales” que numerosos grupos de historiadores, teólogos y autoridades católicas han dirigido al actual pontífice; las distintas e irreconciliables interpretaciones sobre el origen de la pederastia y de su encubrimiento; los llamados a que el papa emérito “se calle” y espere la muerte en absoluto silencio; y los enfrentamientos de todo tipo sobre el Instrumentum laboris del Sínodo de la Amazonia (6 al 12 de octubre).

Estos hechos constituyen una mínima muestra del grado de división existente. Pero hay algo más, que por ser común pasa inadvertido, me refiero al aluvión de insultos recíprocos que pululan en el mundo católico. Es de tal volumen el odio (lo mismo ocurre en todos los laberintos de poder) que resulta inevitable preguntar como Agustín de Hipona: “Si de los gobiernos quitamos la justicia, ¿en qué se convierten sino en bandas de ladrones a gran escala?”. Y como Nietzsche es imprescindible interrogar: “¿No oís el ruido de los sepultureros abriendo la tumba de Dios?”.

El autor es escritor.