Jacques Sagot.   27 marzo

La llamada me tomó por sorpresa. Un profesor, arrancándose las que supongo eran las últimas mechas del cabello, me rogaba que fuera a su clase a explicarles a sus alumnos de qué trata La metamorfosis, de Kafka.

Era un grupo de quinto año. Los muchachos encontraron la novela aburridísima, no fueron capaces de generar ninguna empatía con el infortunado Gregorio Samsa y no entendían por qué era necesario leer aquel grotesco, lento, deprimente e inverosímil relato.

¿Era mi tarifa desmesurada? ¡En modo alguno! ¡Antes bien, se trataba de un emolumento perfectamente razonable, más aún: modesto!

Por supuesto, accedí a la invitación. Como el nombre del colegio “no me sonó”, presumí que se trataba de alguna escuelita rural, perdida allá donde el viento se devuelve, con aulas ruinosas, tecnología nula y, quizás, un galeroncito con techo de latas de zinc recalentadas para celebrar sus más concurridas reuniones. Así las cosas, opté por ofrecer mi charla gratuitamente. Cualquier otra cosa, habría sido una infamia, un acto de codicia y oportunismo reprensible.

¡Ay, amigos, conforme el taxi iba acercándose al centro educativo —ubicado en uno de los barrios más encopetados y fufurufos de la ciudad— comencé a ver las piscinas olímpicas, las canchas de tenis y las de pimpón, las salas con tableros de ajedrez, los corredores anchos y lustrosísimos, las bibliotecas física y digital, la tecnología puntera campando por doquier y, finalmente, la iluminada y espaciosa aula donde me esperaban mis alumnos! De inmediato me di cuenta de que no haber cobrado por mi conferencia había sido un error. Un error cometido muchas veces en mi vida, y que a buen seguro seguiría cometiendo.

Todos somos Gregorio. Me senté, tomé la palabra y los interpelé: “Que alce la mano aquel de ustedes que siquiera una vez en sus vidas no se haya sentido diferente, marginado, incomprendido, aislado, anormal, socialmente disfuncional, torpe, feo, quizás monstruoso, acomplejado, arrinconado por sus compañeros, excluido de sus juegos y conversaciones, señalado, objeto de irrisión, incómodo, lo que los franceses llaman mal dans sa peau (“mal en su piel”).

Nadie alzó la mano. Entonces proseguí: “Pues, si así son las cosas, no hay razón para que ninguno de ustedes se declare incapaz de identificarse con Gregorio Samsa porque eso es precisamente lo que nuestro personaje representa: la diferencia radical, esa que Ortega y Gasset señalaba, al decir irónicamente que ‘ser diferente es ser indecente’. Amigos: pónganse en el lugar de Kafka. Era de fe judía, pero políticamente calificaba como ciudadano del Imperio austrohúngaro; luego, resulta que también era un ciudadano checo (Checoslovaquia era entonces conocida como Bohemia), residente de Praga, que hablaba en checo y, además, escribía en alemán, iba tirado de las orejas a la sinagoga, solo rara vez hablaba en yidis y vivió a la sombra de un padre aplastante, iracundo y bestial, que se encargó de alejar de él a las cinco mujeres que amó en su vida: Felice, Milena, Grete, July y Dora.

”No pudo dedicarse profesionalmente a la literatura, así que, como los lémures (atención a sus enormes ojos negros, hondos y como exorbitados) trabajaba de noche en sus escritos y de día se desempeñaba como desteñido notario especializado en accidentes laborales. Murió tuberculoso a los 40 años de edad, estipulando que la mayor parte de su obra fuera destruida por su albacea, Max Brod, quien gracias a las siete musas de Grecia desacató sus instrucciones. Así que ese fue Kafka y ese es su alter ego Gregorio Samsa, la “monstruificación” del artista, una especie de aberración genética y social, un bicho de especie indeterminada (y, en efecto, Kafka nunca precisa en qué tipo de insecto se transformó su personaje, aunque por la manzana podrida incrustada en su caparazón podríamos inferir que se trataba de una cucaracha o un escarabajo”.

Los muchachos se animaban, me formulaban diversas preguntas, comprendían, compadecían al personaje y, lo esencial, tomaban conciencia de cuánto de Gregorio Samsa habita en todos nosotros. Salí de la clase rodeado de caras sonrientes y agradecidas. Me presentaron al que me pareció ser el director de la institución, me despedí de mi colega, abordé otro taxi y me fui para mi casa. No me fue ofrecido siquiera un vaso de agua, ya no hablemos de un té con galletas o el costo de los viáticos.

Va de nuevo. Un mes más tarde volvió a llamarme mi nuevamente desesperado colega. Que esta vez era Cyrano de Bergerac, que qué significaba su nariz hipertrófica, que por qué se ocultaba de Roxanne, que por qué inventaba chistes sobre su propia trompa, que por qué desafiaba a duelo a cinco espadachines juntos, que por qué soñaba con la tierra de Gascuña, que por qué tenía que morirse al final.

Me mostré tan cordial como la primera vez y acepté volver a colaborar con él. Pero esta vez tragué hondo, me armé de valor, hice acopio de toda mi dignidad y puntualicé: “Esta vez —y le ruego comprenda la necesidad de esta petición— debo cobrarle el servicio”.

Guardó silencio, tartamudeó y, nerviosamente, preguntó: “Y, y… ¿a cuánto ascenderían sus honorarios?”. “Cincuenta mil colones por una lección de dos horas y, si se prolongara, igual seguiría contestando las preguntas e inquietudes de los estudiantes”. Nuevo largo, penoso silencio. Por fin farfulló: “Bueno, eh… eso es algo con lo que yo no contaba… tendría que consultarlo con mis superiores jerárquicos (sic)”. “Pues hágalo, y me llama cuando tenga una respuesta. Yo estoy para servirle”.

Pasaron semanas sin noticia alguna de mi colega. Por fin, una tarde, llamó para decirme que el director del colegio no había aprobado el pago y que la clase no tendría lugar. Acepté su respuesta con pesar porque a mí me ilusionaba volver a ver a aquellos muchachos intelectualmente ávidos de respuestas, pero sometidos a un profesorado y un director cortos de luces.

Tacañería. ¡Cincuenta mil pinches colones por más de dos horas de clase en uno de los colegios más ricos del país! ¡Qué almas de cántaro, qué mezquindad, qué avaricia, qué cicatería: habría que rebautizar el colegio con el nombre de Ebenezer Scrooge!

De nuevo, amigos: ¿Qué son cincuenta mil colones para una institución tan solvente, tan rebosante de recursos? ¿Era mi tarifa desmesurada? ¡En modo alguno! ¡Antes bien, se trataba de un emolumento perfectamente razonable, más aún: modesto! Si no cito aquí el nombre del colegio, es para no avergonzar públicamente a su personal, pero quizás en algún momento lo haga.

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Merecen ser expuestos, sí, por su roña, su miopía, su anal-retentividad (Freud). Si se hubiese tratado de la escuelita pública de paso del Chancho de Chirraca de Acosta, yo habría sido el primero en ofrecer mis servicios gratis (¡lo he hecho infinidad de veces!), pero por una vez me atreví a solicitar una compensación, la cual juzgué adecuada considerando la prosapia de la institución, ¡y rechazaron mi oferta! Presumo que los alumnos de esa clase se graduarán sin jamás saber quién era en realidad Cyrano de Bergerac.

Costa Rica sigue empeñada en creer que sus artistas e intelectuales viven del aire, que no pagan recibos de luz, agua, transporte, medicamentos onerosísimos… somos seres alados y arcangélicos que vivimos suspendidos en el éter. No tenemos necesidades materiales. Nuestro deber es dispensar e irradiar nuestra luz en derredor por mero amor a las artes y la humanidad.

¡Cincuenta mil miserables pesos para el que quizás era el colegio más rico del país! No, no, no, señores: eso no tiene perdón de Dios. Costarricenses: entérense de una vez por todas: los artistas e intelectuales consumimos comida, medicinas, servicios diversos… no podemos vivir de versos alejandrinos y dulces melopeas.

El autor es pianista y escritor.