Víctor Valembois. 5 julio

En nuestro grupo literario-musical, leímos otra vez el cuento de Julio Cortázar. No me canso de él, por cantidad de razones. Es de la producción absolutamente temprana de este genial creador: 1946, mucho antes de otros títulos meritorios.

Señala él mismo que ese relato le vino de un sueño y que lo redactó en veinte minutos. Rastreando un poco más, es evidente que la inspiración para este fantástico relato nació, en parte, por La caída de la casa Usher, de Edgar A. Poe, de unos cien años antes y que Cortázar estaba traduciendo.

Pero más profunda y vital puede resultar la lectura costarricense a la que invito (a no ser que caigamos en la trampa fatal de los protagonistas: “Poco a poco empezábamos a no pensar”. Yo no puedo).

Aceptemos la mentira piadosa y constatemos que el efecto que genera su relato puede que lleve aún menos minutos en producirse. Perdura, entre otros, por un fantástico nocaut: receta sugerida por el mismo escritor. No le voy a quitar el placer, lector, saque sus propias conclusiones respecto a la calidad literaria, y ojalá aventúrese en su propia interpretación, así como he escuchado ya media docena de posibles “llaves”.

Una que otra puede que sea doradita; otra, terriblemente negra, como esa que, al final, el narrador “tira a la alcantarilla”. La carga polisémica de esta obra de arte resulta enorme.

Por si acaso, no me resisto a tirar unos hilitos belgas en el asunto, con un autor que, siendo argentino y, sobre todo, ciudadano trotamundos, tiene que estar burlándose de mi mezquina percepción un tanto nacionalista. Pues sí: una primera hilacha es que el caballero nació en Bruselas, por cierto, como tantos otros pensadores internacionales de peso (Yourcenar, Lévi-Strauss...).

Atrapados. Pero en el caso de Cortázar, incide un factor dramático: ese agosto de 1914, ni como diplomático su padre pudo escapar del infierno que fue la invasión teutónica a tierra neutral, que era Bélgica.

El niño fue bautizado en esa linda iglesia, cerca del lago, en Ixelles, Bruselas. Segunda hilacha, de repente de mayor relevancia: el cuento evoca una colección filatélica con “algún sello de Eupen y Malmedy”; casualmente, también, con referencia al mismo país. Ojo: son ciudades de habla alemana regaladas a Bélgica, después de la conflagración, en triste recompensa después de la invasión usurpadora. Ello, de paso, sitúa el relato posterior al final de esa horrible contienda.

Pero más profunda y vital puede resultar la lectura costarricense a la que invito (a no ser que caigamos en la trampa fatal de los protagonistas: “Poco a poco empezábamos a no pensar”. Yo no puedo). Varios títulos de mi matutino hoy me golpean: “Bloqueos se ensañaron con un Caribe deprimido”, pérdidas por “10 millones diarios de exportaciones”. Amigos estudiantes, ¡piensen con su propia cabeza!

Señores pseudorrestauradores, ¡dejen de retrotraer el país a tiempos inquisitoriales! Y dale, otra vez ese fatídico veterano instigador, no de alba grande que todos anhelamos, sino de luciferina oscuridad, ¡deje de tratar de tomar el país!