Jaime Daremblum. 13 julio

Una tormenta se desató esta semana en Washington D. C. y Londres a raíz de algunos juicios emitidos por el ahora exembajador del Reino Unido en Estados Unidos Kim Darroch, con respecto a Donald Trump.

En un mensaje a su gobierno, afirmó que la administración es “inepta, insegura y torpe” y reinaba en ella una situación de caos. Dicho sea de paso, la opinión es compartida por otros observadores calificados.

Los juicios emitidos por Darroch, originalmente contenidos en un informe confidencial a su gobierno en Londres, de alguna manera llegaron a manos de la prensa y, a su vez, al mandatario estadounidense. El diplomático, sir Kim Darroch, con muchos años de carrera, muy respetado tanto en Londres como en Washington, en pocos meses iba a terminar su misión en la capital estadounidense. Sin embargo, debió renunciar a su cargo debido a la reacción de Trump, la cual fue, bajo cualquier lente, desabrida e insultante. El presidente se refirió al diplomático como “un tonto, pomposo y estúpido que está mal de la cabeza”.

Un analista de la televisión comentó que Trump había convertido su uso de Twitter “en un arma para escudar su vanidad, su arrogancia y su total desconocimiento de las reglas diplomáticas”.

Manejo diplomático. Uno de los puntos centrales en el affaire Darroch, ignorado por Trump, es la existencia de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas, aprobada en 1961. Una especie de abecé del ámbito de las relaciones formales entre los Estados. Mas pareciera que los brillantes consejeros de la Casa Blanca no lograron que sus sabias recomendaciones traspasaran las puertas de hierro del despacho presidencial.

Por otra parte, la gota que rebosó la caldera fue la negativa del principal candidato a primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson, en su único debate con Jeremy Hunt, para el liderazgo del Partido Conservador, de dar su apoyo al embajador.

Lo que él hizo, como señalaron varios miembros de su partido, fue sacrificar a Darroch con la esperanza de ganar el favor del presidente Trump. Queda por ver si supeditar la política exterior y la diplomacia del Reino Unido a los humores de la Casa Blanca fue la decisión acertada y qué repercusiones tendrá en el futuro de la diplomacia arraigada entre ambas potencias.

No cabe duda de que esta decisión deja una herida abierta en el historial de las relaciones de ambas potencias. No es que terminarían o mermarían sus viejos lazos, pero los sentimientos suelen muchas veces perdurar más allá de las figuras.

Relación especial. El carácter especial de los vínculos entre británicos y estadounidenses se ha forjado a lo largo de siglos. Pero su primacía creció y se afianzó durante la Segunda Guerra Mundial.

Las imágenes de Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt son un monumento a la amistad. Fuimos testigos de dicho florecimiento en las épocas de Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

La implosión soviética al final de los años ochenta y la presidencia democrática de Boris Yeltsin, en 1991, sellaron nuevas vías para la democratización de los antiguos satélites europeos. Un nuevo mundo realzó los ideales pacíficos y democráticos de innumerables naciones, políticos y pensadores en el entorno.

En este contexto, las relaciones entre los dos países fructificaron bajo el liderazgo de Bill Clinton y Tony Blair, igualmente que en los tiempos de George W. Bush y Barack Obama con sus respectivas contrapartes británicas.

La obra inconclusa aún de Donald Trump y su herencia deberán ser juzgadas por la historia. Habrá que ver, especialmente, el emergente laberinto de la crisis democrática del siglo XXI y el aumento de dictaduras en países que dábamos por sentado eran democráticos. Hungría y Polonia, entre otras, figuran en esta contabilidad.

Nuestra región. En cuanto a Latinoamérica, la diplomacia estadounidense está congelada en el tiempo. Los brotes de energía han aparecido para sumirse luego en el sueño de la administración en Washington.

Hubo esperanzas de que George W. Bush fuera otra cosa. Lamentablemente, el dolorosísimo capítulo de las Torres Gemelas, en Nueva York, el 11 de setiembre del 2001, hizo que la atención de su administración se volcara hacia las guerras en el Oriente Medio, empezando por Afganistán, e Irak y otras naciones, en el Oriente Próximo.

Fui testigo de la intensa preocupación del gobierno de Bush por posibles extensiones del terrorismo islámico en Estados Unidos y Centroamérica. Milagrosamente, fondos fluyeron por el Istmo para fortalecer sus defensas y sus sistemas de seguridad. Sin embargo, a estas alturas, temo que ha habido un retorno del viejo orden, esta vez con la preocupación primaria de los movimientos migratorios.

Atentos veremos si hay algunas esperanzas de que el libre comercio con nuestras naciones se arraigue y prospere. Como decía algún poeta trasnochado de nuestras tierras, qué fácil es soñar, qué fácil es querer.

El autor es politólogo.