Thelmo Vargas. 3 mayo

Una embarcación de vela, llamada Nuestra Señora de Atocha 2, cargada de mercadería para el Nuevo Mundo comenzó a enfrentar problemas.

Eso sucedió hace décadas, cuando no se contaba con buenos pronósticos del tiempo. A las 5 de la tarde, cuando el oleaje era cada vez más intenso, una fuerte tormenta se situó en su camino.

El capitán reunió a la tripulación, informó lo que se venía y dijo lo que procedía hacer. La situación se tornó más difícil y, a eso de las 9:30 de la noche, el capitán decidió que debían lanzar al mar buena parte de la carga para aliviar el galeón y sobrellevar el mal tiempo.

La tripulación siguió al pie de la letra las instrucciones superiores, las cuales no diferían mucho de lo que de tiempo en tiempo hacían a manera de simulacro.

Cajas repletas de trigo, toneles con vino de uva garnacha tintorera y bellas esculturas de mármol, entre otras cosas, fueron lanzadas al mar para enfrentar los embates de un “acto de Dios”, como se le conoce.

A eso de las 7 de la mañana del día siguiente, el sol brilló, el viento volvió a la normalidad y las velas llevaron a la embarcación a su destino final, en algún lugar de Florida.

Cuantificación. Tan pronto como llegó al puesto, el capitán produjo un informe de lo ocurrido, con gran detalle, el cual habría de servir a los ajustadores de reclamos, bajo la figura que se conoce como avería general (o avería gruesa).

Palabras más, palabras menos, esta figura dice que si, para salvar una colectividad de intereses se requiere sacrificar el de algunos, en este caso, los propietarios del trigo, vino y esculturas, el costo de ese sacrificio deberá ser asumido por todas las partes en proporción con los intereses salvados.

Los ajustadores de reclamos tomaron un tiempo para hacer el trabajo de identificar y documentar todos los intereses que estaban representados en el viaje de Nuestra Señora de Atocha 2 —i.e., propietarios de la mercadería transportada, armador (dueño del barco), fletes— y la proporción del interés total que correspondía a cada uno de ellos.

Luego, corroboraron el valor del trigo, vino y las esculturas sacrificadas. La pérdida se repartió de conformidad con los intereses salvados.

La mayor parte recayó sobre el armador, pero los dueños de la carga —incluidos los de la sacrificada— también soportaron lo correspondiente.

Carga presente. Ahora, situémonos en el presente. La expansión de la covid-19 por el orbe constituye “un acto de Dios”, como lo fue el fenómeno climático que afectó a la embarcación de esta historia.

Tan acto de Dios que incluso cuando alguien estornuda quienes están a su alrededor suelen decir “¡Jesús lo ayude!” (en otros medios: God bless you!).

Debido a la neumonía por coronavirus, las autoridades suspendieron vuelos internacionales, decretaron el cierre de estadios y todo sitio donde se produjeran aglomeraciones.

Como consecuencia, muchas empresas que se desempeñan en los sectores turístico y del entretenimiento vieron reducidos a cero sus ingresos y debieron despedir trabajadores. Los desempleados y sus familias comenzaron a enfrentar serios problemas financieros.

No sabemos cuánto durará la crisis, pero, si pasara de seis meses, el costo social sería enorme. De momento, el costo financiero lo han sobrellevado las espaldas de los trabajadores del sector privado y buena cantidad de empresarios.

En el sector público, el empleo sigue inalterado, como si no se estuviera frente a una pandemia. Esto es injusto y, si no, piensen qué habría opinado el capitán de Nuestra Señora de Atocha 2.

Es altamente probable que él hubiera dicho que se está en presencia de un caso clásico de avería general y que el costo del sacrificio debe ser soportado proporcionalmente por todos.

“Non fiction”. El nombre que he utilizado para la embarcación es una licencia poética que me di. La inspiración es Nuestra Señora de Atocha —la original, sin el número 2 agregado—, un bello y fuerte galeón construido por la corona española en La Habana, Cuba, que regresaba al Viejo Mundo con toneladas de plata, oro, monedas, joyas y tabaco cuando, en setiembre de 1622, un huracán lo hundió frente a Los Cayos de Florida. Llevaba 265 personas a bordo, y solo sobrevivieron tres marineros y dos esclavos.

Ni el hundimiento de Nuestra Señora de Atocha ni el de su acompañante, Santa Margarita, llevaron a declarar avería gruesa, pues una de las condiciones necesarias para ello no se dio: que la labor de salvamento hubiera tenido éxito. No vaya a suceder lo mismo con la covid-19.

El autor es economista.