Enrique Obregón Valverde. 5 julio

Como se aprecia en este momento, la situación política de nuestro país es preocupante. Estamos muy cerca de una precipitación dramática. El poder político desaparece de los partidos mayoritarios para caer en manos de grupos sindicales de la burocracia y de organizaciones religiosas que no son partidos, pero que tienen la habilidad para obtener cuotas de poder —al parecer cada vez en mayor proporción— ofreciendo solamente promesas celestiales.

Envalentonados, acusan al presidente de la República de tirano y corrupto, y amenazan con un golpe de Estado. Lo grave es que, a corto plazo, pueden cumplir su amenaza, y lo grave es, también, que nunca antes, en este país, se había lanzado cargos contra un presidente democrático y honorable de tal manera calumniosa. Esta acusación es un reto a la paz y al orden jurídico. Es una insurrección. Se olvida que hay procedimientos legales para dar la respuesta adecuada.

Es cierto que hay que pactar, pero, en democracia de verdad, pactar no quiere decir cambiar valores históricos por un cargo público.

Carlos Alvarado se encuentra ante una situación desesperada. Con diez diputados que eligió su partido, tomó el poder con las manos atadas y formó un gobierno que, antes de fortalecerlo, lo debilitó aún más, pero pienso que no tuvo otra opción. El Partido Liberación Nacional era el único que pudo haberle tendido una mano, pero no lo hizo, y en eso se equivocó. No era cogobernar, sino simplemente arrimar un hombro para evitar el derrumbe. Antes de todo cálculo político, primero está el país, la defensa de la institucionalidad.

Hay que continuar gobernando, pero nadie tiene el poder, en lo particular, para conducir la nave por el recto sendero. La socialdemocracia nuestra duerme todavía y cree que es más importante un cargo político, resultado de un pacto en las alturas, que la defensa de un principio en la llanura.

¿Para qué queremos la presidencia de la Asamblea Legislativa si carecemos de iniciativas para solucionar la gravísima situación de 300.000 ciudadanos que no logran conseguir trabajo, de un 12 % de trabajadores que solamente tienen frente al futuro inmediato el hambre como realidad? ¿Para qué alcaldías que se obtienen mediante el abrazo comprometedor con grupos religiosos que quieren apropiarse de todo poder político para destruir las bases de la democracia que hemos logrado a través de 150 años de lucha de nuestro pueblo?

Verdadero significado de pactar. Es cierto que hay que pactar, pero, en democracia de verdad, pactar no quiere decir cambiar valores históricos por un cargo público. Pactar no es entregar. Un partido ideológico solo puede justificar un acuerdo político con fuerzas contrarias, llevando en alto sus principios. Todo lo contrario, es dejar por el camino —tiradas y pisoteadas— las banderas que levantaron orgullosos los grandes padres de la patria que señalaron el rumbo para la democracia costarricense.

El periódico La Nación, en su editorial del día 29 de junio, enjuicia al Partido Liberación Nacional por su comportamiento en las últimas semanas, “al unirse con los grupos síndico-religiosos en su vorágine de reclamos, a la petición de destituir al ministro de Educación y al empeño desestabilizador en las redes sociales, regalándole así una victoria a Fabricio Alvarado y a Albino Vargas”. Y termina el análisis en su editorial, con estos fuertes calificativos: “Triste espectáculo presenta el Partido Liberación Nacional, segundón y oportunista”.

Con dolor confieso que me es imposible replicar porque La Nación ha dicho la verdad. Con palabras duras que me golpean, pero la ha dicho.

El autor es abogado.