Thelmo Vargas. 28 marzo

Los amigos son la compañía fiel en los buenos momentos y, también, en los malos. No en vano el voto matrimonial de muchos de nosotros dice mantener la compañía “en las alegrías y en las penas, en la salud y la enfermedad”.

En momentos cuando la pandemia de la covid-19 nos ha tocado con fuerza, conviene recordar, como hizo Ernest Hemingway, lo escrito por John Donne: “Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada persona es un pedazo del continente, una parte de la tierra (…), la muerte de cualquier persona me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; y, por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti”.

Como no es recomendable salir de la casa, he vuelto a reunirme con un grupo selecto de amigos de vieja data, los cuales, si bien podrían resultar afectados por la humedad, no lo serán por el coronavirus.

Ellos me acompañan en las buenas, como cuando en frías noches de lluvia disfruto una copa de armañac con un fondo musical de jazz, y en las malas, como ahora. Me refiero a mis libros antiguos, colección iniciada con gran aprecio cuando yo tenía unos 25 años. Para figurar en tan selecto grupo, los libros deben tener pasta dura, estar en buen estado, no solo para leerlos sin problema, sino para que cumplan una función estética —como una pintura de Picasso o de Cristina Fournier— y haber cumplido más de cien años.

Detalles especiales. Con su silencio me hablan. Algunos porque me dicen quiénes fueron sus antiguos propietarios, mediante sellos como el de la Sociedad de Amigos del Libro de Cochabamba, el Colegio de Sion, el Colegio de Limón, el Seminario Auxiliar Zaplotlán el Grande, la Scolasticat Soc de Marie o la Property of NASA-MTO, Technical Library.

Cada uno guarda algún recuerdo para mí. El de Cochabamba, por ejemplo, lo compré en una tienda de libros viejos en El Alto, Bolivia, a 4.150 metros de altura sobre el nivel del mar, junto con otros en castellano, inglés y alemán.

Los del Colegio de Sion me los vendió, en competencia plena, una señora tras haberlos salvado de la muerte cuando, en sacos, estaban listos para ser entregados a una empresa donde iban a convertirlos en papel higiénico. El del Colegio de Limón, titulado Los titanes de la poesía universal, ofrecí donarlo si la Dirección me prometía recibirlo ceremonialmente en algún lugar más allá del túnel del Zurquí y me garantizaba la custodia, lo cual no se dio.

El de la NASA, Mathematical Methods and Theory in Games, Programming and Economics, lo compré en Coral Gables, Florida; es de 1965 y, por su edad, no califica como libro antiguo, pero me sirvió mucho cuando impartía cursos de Métodos Cuantitativos en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Costa Rica. Data de unos años antes del histórico envío de los primeros hombres a la luna, para lo cual la NASA debió haber utilizado mucho del instrumental analítico contenido en un libro como este.

Respecto a los precios, aprendí que —como otras cosas iguales— conforme más especializado sea el lugar de venta, más caros son. En los países de América Latina, son inferiores, por mucho, a los de Estados Unidos, y ni que decir de los europeos. En Bolivia, los precios eran tan bajos que una parte de mí me pidió pagar con billetes de alta denominación y regalarles el vuelto.

Claro, el que otras cosas no sean iguales podría hacer la diferencia en el precio. Tengo un ejemplar de la primera edición de Profiles in Courage, escrito por el entonces senador John F. Kennedy, y recientemente vi en Internet que otro de la misma camada, y sin calificar de antiguo, lo ofrecían en $158.000 en Las Vegas, solo por tener una dedicatoria firmada por el autor.

El porqué de su valor. Los niños santos, del padre Francisco Hatller, publicado en Friburgo en 1905, posee una destacada recomendación de Bernardo Augusto, obispo de Costa Rica. En otros, he encontrado interesantes anotaciones y algunas curiosidades, como en Obras de Píndaro (México, 1892), entre cuyas hojas estaba el recorte de un artículo sobre el poeta, escrito por Marta Castegnaro en su columna “Día histórico”, publicada durante muchos años en La Nación y yo no me perdía nunca.

Otros lucen interesantes dedicatorias y escritos a mano, como este: It is easy enough to be pleasant when life flows along like a song. But the person worth while is the person with a smile when everything goes dead wrong ("es fácil ser jovial en momentos cuando todo fluye como una canción. Pero la persona de valía es la que mantiene su sonrisa aun ante una difícil situación”).

De fray Feliciano de Sevilla, el libro El sol increado. Dios trino y uno la grande excelencia de su culto y devoción, reimpreso en México en 1790, y “El Qual lo Dedica de lo Intimo de su Corazón a la Inefable Siempre Augusta y Santisima Trinidad, Divinísimo Sol Increado” (sic), me atrajo, además de su contenido, el título y la dedicatoria.

De History of Manon Lescaut escrito por Abbé Prévost, me encantaron las 225 elaboradísimas viñetas y las 12 páginas bellamente ilustradas. De Poems by William Cowper (Londres, 1827), me atrajo el que sus 428 páginas formaran un libro de 5 centímetros de ancho por 8,5 de alto. Sus letras, pequeñísimas, sirven para un examen de la vista.

La reimpresión de Oeuvres choisies de Voltaire, edición de centenario, del 30 de mayo de 1878, y Oeuvre de H. de Balzac, de 1890, fueron parte de la valiosísima biblioteca de un señor de Quebec, la cual contenía también el Annuaire pour L’ An 1911, publicado por una oficina de estadística francesa dirigida por el polímata Henri Poincaré, que contiene información incluso sobre Costa Rica.

Y A Treatise on Political Economy; or the Production, Distribution, and Consumption of Wealth, de Jean-Baptiste Say, de su sexta edición de 1845, es un tesoro por la gran contribución hecha a la economía como disciplina científica. Lo que se conoce como la ley de Say, la oferta crea su propia demanda, significa que al producir un bien o servicio, por ejemplo de hotel, se crea una serie de pagos (por compras a proveedores, salarios, utilidades de los propietarios y recibos de luz, agua, teléfonos) por una suma igual a lo necesario para comprar el equivalente de lo producido.

Era moderna. Si, como ahora, la covid-19 obligó a cerrar hoteles y empresas en otras áreas de actividad económica, lo cual se conoce como shock de oferta, se recortan ingresos y, por ende, posibilidades de pago en la economía.

Muchos pulperos, panaderos y agricultores sentirán la ausencia de demanda de sus productos, es decir, también un shock de demanda. Por tanto, para acelerar la normalización de la actividad económica cuando las circunstancias lo permitan, es necesario actuar sobre la demanda, que reacciona de forma rápida a la inyección de poder de compra, pero también es clave actuar, cuanto antes, sobre la oferta, pues, en una economía tan abierta como la costarricense, un estímulo a la demanda podría esfumarse por la vía de las importaciones.

La idea es que hoteles, restaurantes, cines y otras actividades productivas del país, no tanto de Cancún y Miami, se recuperen con las medidas que se adopten internamente.

Por el motivo contrario, me interesó The Life and Opinions of Herr Teufelsdröckh, de Thomas Carlyle, autor que, al leer escritos un tanto pesimistas de ciertos economistas de su tiempo, como Malthus, se atrevió a llamar a la economía “the dismal science” (“la ciencia lúgubre”).

Lo que he presentado es un subconjunto pequeñísimo de mis amigos de papel y tinta, ancianos portadores de gran sabiduría que, precisamente en la era de la Internet de las cosas y de la inteligencia artificial han adquirido más valor sentimental. Y qué excelente compañía hacen en períodos de recogimiento como el actual.

El autor es economista.