Sigmar Gabriel.   6 abril

BERLÍN – La OTAN se fundó hace 70 años para prevenir una guerra entre el Occidente democrático liberal y el este soviético. El hecho de que la Guerra Fría nunca se convirtiera en una guerra caliente es testimonio de su éxito. Además, siempre que la OTAN desplegó tropas, lo hizo con la autorización del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas o de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE). La única, y a menudo criticada excepción, fue durante la guerra de Kosovo, pero en esa ocasión la intervención puso fin a una limpieza étnica en marcha.

El objetivo principal de la OTAN es la defensa colectiva. El artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte (que declara que un ataque a un miembro del grupo es un ataque a todos) es tan necesario hoy como lo fue siempre. Gracias a él, Berlín occidental siguió siendo libre durante toda la Guerra Fría, y los polacos, estonios, lituanos y letones pueden confiar en que sus libertades están protegidas. Los que culpan a la expansión de la OTAN hacia el este por las incursiones de Rusia en Ucrania niegan implícitamente que los exintegrantes del bloque soviético tengan el mismo derecho a la libertad y a la seguridad que otros miembros de la OTAN.

Históricamente, la fortaleza de la OTAN se basó en su capacidad para alcanzar el consenso pese a la divergencia de puntos de partida de los participantes. La organización demostró su capacidad para adaptarse a la evolución del contexto internacional y superar nuevos desafíos. La unidad que tanto la fortaleció políticamente no estaba dada de antemano, sino que se luchó por ella en incontables y a menudo difíciles negociaciones entre los Estados miembros.

La cooperación entre Estados‑nación suele implicar tensiones en torno a la contribución financiera al bien colectivo, y las relaciones dentro de la OTAN no son la excepción. La mayor parte del gasto en defensa de la Alianza siempre la aportó Estados Unidos, de modo que no está mal que periódicamente demande a sus pares europeos aumentar su contribución. Las economías europeas están hoy en mucho mejor posición que en 1949.

El hecho de que Estados Unidos soporte una cuota mayor de la carga de la defensa europea se remonta a aquel tiempo. Hoy, con algo de razón, Estados Unidos demanda a los países miembros europeos un mayor aporte financiero a la defensa colectiva. Cuando se fundó la OTAN, Estados Unidos tomó la decisión estratégica de que Europa, y en particular Alemania, no estuvieran en posición de defenderse solas.

Ser uno de los frentes de la Guerra Fría supuso una carga significativa para Alemania. Su territorio (el occidental y el oriental) albergaba millones de soldados y miles de tanques y cohetes, todos en formación y listos para el combate. La mayoría de esos soldados, a ambos lados de la Cortina de Hierro, eran alemanes. Pero la mayor contribución de Alemania fue política. En los setenta, la Ostpolitik del canciller alemán Willy Brandt sentó las bases para un marco europeo de seguridad que ayudó a mantener la paz hasta la reunificación de Alemania.

Sin embargo, la postura profundamente conflictiva del presidente estadounidense, Donald Trump, en relación con los aliados de Estados Unidos en la OTAN llevó a algunos a pedir una mayor distancia entre Europa y Estados Unidos. Debe tenerse cuidado con lo que se desea. Los europeos no tienen un historial brillante en cuanto a enfrentar solos a un enemigo decidido.

Pese a sus amenazas de imponer aranceles punitivos y sus demandas de que los países europeos aumenten el gasto de defensa al 2 % del PIB, Trump no acompañó sus palabras con acciones. En eso Alemania no es tan diferente. Aunque declara ser un adulto responsable, ha hecho muy poco, a pesar del aumento real del gasto en defensa desde el 2013, para mejorar su capacidad operativa. De hecho, el desfase entre lo que dice Alemania y lo que hace refleja la total falta de claridad del país en asuntos de defensa.

También dentro de la OTAN crecen las críticas a Alemania. Muchos han llegado a considerar que el tamaño del país y su poder político, financiero y económico son problemáticos. Por ejemplo, en el debate británico del brexit, el campo favorable a salir de la Unión Europea quiere huir de una Europa dominada por Alemania, mientras que los partidarios de quedarse sostienen que la presencia del Reino Unido dentro de la UE es necesaria para poner límites al poder alemán.

De hecho, ni el Reino Unido ni Francia están en posición de presionar a Alemania en lo referido a trazar un rumbo para Europa. El único país con suficiente peso político y económico para hacerlo es Estados Unidos. De modo que el riesgo es que la retórica antialemana de Trump convenza a Alemania de que debe distanciarse de la alianza transatlántica y jugar todas sus fichas a Europa.

Pero una política de “equidistancia” entre Estados Unidos, Rusia y China (como algunos han propuesto) no contribuirá a la unión de Europa, la dividirá todavía más y dejará a los europeos y a los alemanes menos protegidos. Los países de Europa del Este miembros de la OTAN y de la UE no confiarán su defensa solo a los europeos, y en particular no a Alemania, que en el pasado ya demostró demasiadas veces no ser un socio fiable.

Asimismo, la noción de “autonomía estratégica” que está de moda en Alemania y Francia es una receta para la división de Europa, porque implica que hay cuestiones en las que la UE podría romper con Estados Unidos. Lo que se necesita es más soberanía estratégica europea, y esto trasciende con creces lo militar.

Sin embargo, el único modo en que Europa puede lograr una soberanía estratégica auténtica es resolviendo las tensiones referidas a la coparticipación de gastos dentro de la OTAN. En esto Alemania puede tener un papel decisivo. En vez de incrementar su gasto de defensa al 2 % del PIB, algo que sería preocupante para algunos de sus vecinos, podría invertir 1,5 % en sus propias fuerzas y aportar el 0,5 % restante al gasto de defensa de los miembros de la OTAN del este de Europa. De tal modo, Alemania por fin acompañaría sus palabras con acciones y asumiría un papel de liderazgo en la obtención de seguridad para el este de Europa.

Tres décadas después de la Guerra Fría, Alemania ya no está cruzada por una línea militar, pero sí por una divergencia política entre lo que se necesita de ella militarmente y lo que parece aceptable para la sociedad alemana. Hay que eliminar también esta divisoria de un modo u otro. Alemania tiene la oportunidad y la responsabilidad de hacerse cargo de sí misma y de actuar como el adulto responsable en la OTAN.

En última instancia, una alianza sólo es tan fuerte como el compromiso con ella de sus integrantes. Este es el momento para que Alemania muestre a sus aliados de la OTAN que es un socio creíble y cooperativo, y que sus políticas exterior y de seguridad ya no se guiarán exclusivamente por intereses locales.

Sigmar Gabriel: exministro alemán de Asuntos Exteriores, es miembro del Bundestag.

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