Gerardo Bolaños González. 6 abril

Una de las facetas esenciales y menos conocidas de la obra del escritor francés Albert Camus (1913-1960) gira en torno a su labor de periodista, que ejerció durante casi toda su vida. «Es una de las profesiones más bellas del mundo», declaró en una oportunidad.

Con un periodismo claro, coherente y combativo, Camus cimentó pensamiento, creatividad y compromiso moral, haciendo buena la apostilla de Gabriel García Márquez, según la cual el periodismo es el servicio militar de la literatura.

Ernest Hemingway, Mario Vargas Llosa y Svetlana Aleksiévich, para dar solo tres ejemplos, al igual que Camus y García Márquez, ejercieron un periodismo que contribuyó indirecta pero significativamente a que los cinco obtuvieran el Premio Nobel de Literatura.

En el periodismo de Camus figuran varias de las ideas desarrolladas después en su producción literaria y su estilo, basado en frases breves y contundentes (fue cronista judicial), se nota también en novelas como El extranjero, La caída y La peste.

De los autores mencionados, es muy probable que Camus haya sido la voz más firme y constante, un sólido pensador acerca de la libertad de la prensa y sus consecuencias éticas, sin menoscabo de sus críticas oportunas hacia quienes trataban de desnaturalizar su razón de ser, tanto en la guerra como en la paz.

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Pobre, pero rico. Camus creció en medio de la pobreza en la Argelia francesa, hijo de una madre analfabeta de origen español y de un soldado francés, de quien quedó huérfano cuando tenía apenas un año. Louis Germain, uno de sus maestros, pronto detectó su inteligencia y lo impulsó a escribir y a convertirse en uno de los intelectuales más influyentes de Francia con sus ideas acerca del absurdo, la rebelión, la violencia, los nacionalismos y la libertad.

Escribió novelas y cuentos, obras de teatro y reflexiones filosóficas, y en 1957, a los 44 años, recibió el Premio Nobel de Literatura, el más joven de los galardonados desde 1907, cuando el periodista británico Rudyard Kipling lo obtuvo con solo 41 años de edad.

En fotografías de la época Camus aparece a menudo con un cigarrillo colgando de los labios y una gabardina con el cuello levantado, al estilo de Humphrey Bogart. Padecía de tuberculosis desde adolescente, por lo que tuvo que abandonar una de sus pasiones, el fútbol, pero la enfermedad no le impidió desplegar un insaciable apetito por la vida, el sol y el mar, casarse dos veces, tener hijos gemelos y ser un envidiado amante serial, con un flechazo excepcional de la destacada actriz María Casares.

Camus debutó como reportero en Argelia a los 25 años, edad a la que, aún hoy, los periodistas del futuro no han perdido los dientes de leche. Escribe para varias publicaciones y se le reconoce la excelencia de sus reportajes sobre la miseria humana de los argelinos en Cabilia.

Se compromete posteriormente con la prensa clandestina de la resistencia al nazismo en Francia y, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, destaca como jefe de redacción del periódico Combat, donde publicó más de 130 artículos firmados, en muchos de los cuales expuso sus ideas sobre el periodismo. «La prensa es el lenguaje de una nación», escribió. «Si el lenguaje se degrada, la nación entera se envilece».

Por una prensa clara. Existen dos fuentes primordiales que contienen las reflexiones y exhortaciones de Camus sobre el periodismo, actividad esencial por la cual, según sus palabras, vale la pena luchar.

La primera de esas fuentes es una recopilación de sus artículos para Combat. La editorial española Debate la publicó recientemente bajo el título La noche de la verdad, en la que Camus aboga por «una prensa clara y viril» cuyos periodistas deben tener como principal preocupación la verdad, aunque a veces esta sea escurridiza.

Camus exhorta a los periodistas a reflexionar sobre la necesidad de una «nueva prensa» ante «el mal ejercicio del periodismo» y a buscar la verdad con ética, objetividad y prudencia, tres rudimentos del oficio que no deberían descartarse jamás.

Como si aquellos días de guerra y posguerra fueran los de hoy, sus argumentos de entonces nos alcanzan con gran precisión. Camus se alza contra la mentira y sus aditivos. «No es cierto», escribe Camus, «que el público quiera eso».

Lo que ha pasado, sostiene, es que durante 20 años se le ha enseñado al público a querer eso (la mentira), que no es lo mismo. Y dispara un dardo de gran actualidad: «Si veinte periódicos, todos los días del año, exhalan a su alrededor el mismísimo aliento de la mediocridad y del artificio, (el público) respirará ese aliento y no podrá ya prescindir de él».

Es evidente el desdén de Camus por la prensa amarillista y sensacionalista, la inmediatez imprudente y las informaciones falsas. Propone, al contrario, que los periodistas busquen las esencias y escriban poniendo atención a lo que pasa, sin perder de vista la necesidad de devolver al país su voz profunda. Lo importante para él no es ser el primero, sino el mejor.

La segunda fuente del pensamiento de Camus sobre el periodismo es de reciente data. Una periodista del diario francés Le Monde descubrió en los Archivos Nacionales, en el 2012, un texto inédito titulado Manifiesto de un periodista libre, que debería haber sido publicado en el diario Le Soir Républicain el 25 de noviembre de 1939, pocos meses después del estallido de la guerra, pero fue censurado.

Con solo 26 años, Camus advertía sobre los peligros que corre el periodismo por la propaganda y la censura. En este escrito se pone de manifiesto la reciedumbre moral, humanista e insumisa de Camus, opuesta a los dogmatismos: para Camus, el meollo está en saber si un periodista puede seguir siendo libre en vista de la supresión de las libertades.

Para dar respuesta a la pregunta, Camus propone cuatro mandamientos que el periodista libre debe observar en esa situación: lucidez para ofrecer resistencia al odio y la fatalidad; rechazo a la deshonestidad (comprobar la autenticidad de las noticias); ironía (socrática) para rechazar las falsedades y decir lo verdadero con un poco de humor; y obstinación para superar los obstáculos a la libertad de expresión.

En opinión de Camus, un periódico libre (en realidad, cualquier medio de comunicación) se mide tanto por lo que dice como por lo que no dice. Debe dar el origen de su información, ayudar al público a ponderarla, repudiar el lavado de cerebro, eliminar la injuria, decir en suma la verdad en la medida de la fuerza humana.

Es esta medida, sostiene Camus con vehemencia, la que le permite decir al periodista que no hay fuerza en el mundo capaz de obligarlo a ponerse al servicio de la mentira. Sin embargo, para Camus, la verdad y la libertad son amantes exigentes, puesto que muy pocos se apasionan debidamente por ellas.

El autor es periodista.