Thelmo Vargas. 25 julio

Hace poco más de diez años, me correspondió ir a República Dominicana a recabar información para un estudio de la Academia de Centroamérica sobre el posible nivel de actividad que un sistema de pagos electrónicos podría tener para Centroamérica y ese país.

Para iniciar las entrevistas un lunes por la mañana, debía tomar un vuelo relativamente tempranero el domingo a Santo Domingo, donde me recibió un chofer enviado por el Banco Central, quien amablemente me condujo al hotel y me indicó: “Tengo instrucciones de llevarlo a donde usted quiera durante el resto del día”.

Le pedí llevarme a ciertas zonas alrededor de Santo Domingo que no conocía. Conversamos todo el rato y él, entre otras cosas, me explicó cómo había recibido su nombre un plato típico dominicano llamado mangú, que es como el gallo pinto de aquí.

Me contó que una vez el barco de un inglés naufragó cerca de las costas de su país y, a como pudo, llegó exhausto a la playa. Allí, un campesino lo encontró y le dio de comer un platillo que consiste en puré de plátano verde discretamente acompañado de crema dulce. El náufrago agradeció el gesto y le dijo “mangú", que, según me explicó el chofer, fue la muestra de agradecimiento que dio origen al nombre del plato que nos ocupa porque, agregó, “man en inglés significa hombre y gu, bueno”. “Mangú, por tanto, significa hombre bueno”.

Para no abusar de la amabilidad del contacto del Banco Central dominicano, a eso de las tres de la tarde, le solicité dejarme en la parte antigua de Santo Domingo, que es muy bella, y me dediqué a visitar templos, edificaciones coloniales, anticuarios y ventas de libros, donde, en una de ellas, encontré uno titulado Aldabas de Santo Domingo, cuyo autor es Julio Portillo, exembajador de Venezuela en República Dominicana, hombre de gran sensibilidad, admirador de los frisos, las gárgolas, los rosetones y las mamparas.

Portillo fue favorablemente impactado por el arte que incorporaban muchas de las aldabas que había visto en la ciudad de Santo Domingo y sobre de eso publicó el citado libro, con muchas fotos e interesantes reflexiones de naturaleza filosófica.

Disfrutando el tiempo. A eso de las 7 de la noche, fui a una linda plaza en el Santo Domingo antiguo, al lado del Alcázar de Colón (hay que recordar que en la isla que hoy conforman la República Dominicana y Haití, llamada por los españoles La Española, fue donde Cristóbal Colón desembarcó por primera vez en lo que hoy se conoce como el continente americano).

Esa plaza tenía restaurantes de varios tipos, entre ellos, uno español, el cual elegí. Mientras esperaba lo ordenado para mi cena —queso manchego, pan, jamón serrano, aceitunas y un vino tinto garnacha— llegó un trío y uno de sus integrantes me preguntó dónde estaba mi compañía. “Estoy solo”, le respondí. Y, sin más preámbulo, comenzaron a cantar una canción que dice: “¡Estás perdiendo el tiempo, pensando, pensando…!”. Por supuesto que no estaba perdiendo el tiempo, sino disfrutándolo.

El día siguiente, lunes, comencé el trabajo de entrevistas con banqueros, para lo cual había ido. Por la noche, un funcionario del Banco Central me llevó al acto de inauguración de una exposición de monedas antiguas romanas, que el gobierno de Italia había prestado al de República Dominicana.

Al principio de la tarde del martes, después del almuerzo, mi contacto del Central me pidió acompañarlo a una gran librería para comprar algún material de lectura. Motivo: para eso del mediodía del jueves siguiente se pronosticaba el ingreso de un violento huracán, cuyo nombre, no sé si masculino o femenino, no recuerdo, que azotaría la isla.

Me comentó que, como en su país esos eventos climáticos ocurren muy a menudo, lo usual entre sus colegas es abastecerse de agua, comida, pan, crudités, selectos vinos, candelas por si acaso y buenos libros para sobrellevar el embate de la naturaleza. Por la forma como me lo manifestó, me dio la impresión de que el paso de un huracán allí era esperado con cierta alegría. Algo así como que al mal tiempo, buena cara.

Mejor no esperar. Yo no pensaba igual. No queriendo verificar la hipótesis de que ver pasar un huracán por encima de uno era una buena experiencia, a como pude aceleré las entrevistas que tenía programadas y el miércoles por la tarde tomé el avión de regreso a Costa Rica, que —quizá por su montañas y posición en el istmo centroamericano— no suele ser tocada por los huracanes.

La semana siguiente llamé para informarme de cómo había sido el paso del huracán por Santo Domingo, cómo sonaban las campanas, y me dijeron que, por fortuna, no había causado daños, más bien, muchos aprovecharon para leer dos y hasta tres libros que de otra manera no habrían leído.

Al mal tiempo, buena cara. ¡Qué sugestivo refrán! Muchas veces no sabemos tomar ventaja de las tardes y noches de lluvia, que nos invitan al regocijo familiar y a dedicarnos a hacer lo que muchas veces quisimos hacer, pero no hicimos, como es hornear pan, preparar una rica sopa de mondongo, un gallo pinto y volver a leer, relajadamente, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, La Eneida o la epístola de san Pablo a los romanos.

El autor es economista.