Dominique Moisi.   23 mayo

PARÍS– Nunca ha sido mayor la necesidad de una Europa unida y fuerte, pero el entusiasmo por el proyecto europeo rara vez ha sido tan débil, en particular entre los jóvenes. Según una encuesta reciente, cerca de tres cuartos de los votantes franceses de entre 18 y 24 años tiene la intención de usar su privilegio democrático en las elecciones al Parlamento Europeo que se celebran esta semana. Un 40 % de ese grupo ni siquiera sabía que se llevarían a cabo.

¿Cómo convencer a los jóvenes de que de estas elecciones pueden depender la paz y la prosperidad que han disfrutado sus padres y abuelos? Los jóvenes de hoy siempre han tenido libertad: las referencias históricas a Checkpoint Charlie (el más famoso de los cruces fronterizos de la Guerra Fría entre Berlín oriental y occidental) son demasiado distantes y abstractas para afectarles. Ante la ausencia de ejemplos obvios de opresión, la única manera de explicarles la libertad es describir su carencia. Lo mismo se puede decir de la paz. Sí, es la ausencia de guerra, pero ¿qué puede significar eso para alguien que nunca ha sufrido bombardeos?

¿Cómo convencer a los jóvenes de que de estas elecciones pueden depender la paz y la prosperidad que han disfrutado sus padres y abuelos?

Ante la ausencia de una pedagogía satisfactoria de la libertad y la paz, los jóvenes han caído en una actitud predeterminada de una mezcla de indiferencia y rechazo directo del proyecto europeo. Hace poco fui testigo de esto de primera mano al dar una charla en una prestigiosa escuela científica francesa sobre las elecciones. Muchos de los estudiantes ya habían votado con los pies: la cantidad de los que asistieron a mi charla sobre la geopolítica de las series de televisión fue un décimo de lo que había sido tres años antes. Aparentemente, este mes los jóvenes estaban más interesados el 20 de mayo, la fecha de difusión europea para el final de la serie Juego de tronos de HBO, que de la celebración de las elecciones entre el 23 y el 26 de mayo.

Cuando llamé a esta inversión de prioridades un profundo lapso político y ético por parte de los jóvenes, algunos de los estudiantes que asistieron respondieron de un modo más bien brutal. Me desafiaron a explicar por qué alguien tendría que preocuparse de una obra mediocre con malos actores. Preguntaban por qué defendía yo una “utopía muerta” cuando estaba en riesgo la supervivencia del planeta mismo. Expresada en esos términos, la defensa de la democracia representativa, o incluso de la paz, se convierte en una preocupación “secundaria”.

¿Cómo acabamos aquí? Para comenzar, la Unión Europea del 2019 padece una serie de desconexiones y falacias —por no mencionar la cuasi ruptura de su “motor franco-alemán”—, que han sido absorbidas en la consciencia pública. Hay una inmensa brecha entre lo que la UE quería ser inicialmente y lo que se ha convertido.

Hay una inmensa brecha entre lo que la UE quería ser inicialmente y lo que se ha convertido.

Después de la Segunda Guerra Mundial, el mantra europeo pasó a ser “Nunca más”, y fue clave la reconciliación entre Francia y Alemania. Pero ahora, la raison d’être de la UE es una combinación de metas externas e internas. Cuando se inició el proyecto europeo, no se concibió una prioridad —y no podría haberlo sido— la respuesta a amenazas ecológicas como el cambio climático y la pérdida de biodiversidad. Pero ahora, prácticamente se ha perdido la batalla ecológica. En las pasadas décadas, la seguridad europea estuvo garantizada por los Estados Unidos a través de la OTAN. Sin embargo, hoy los europeos están más preocupados del terrorismo y el flujo de migrantes por sus fronteras que de las amenazas planteadas por los Estados nación.

Más allá de estas desconexiones, nos quedaríamos cortos si dijéramos que los presidentes de la Comisión Europea han carecido de carisma desde que Jacques Delors dejó el cargo en 1995. En su búsqueda de evitar todo rival en la Unión, los políticos nacionales han seleccionado consistentemente a líderes de la UE basándose en sus limitaciones, en lugar de sus méritos. Así, la UE se volvió anónima y abstracta.

Las debilidades estructurales de la UE se han visto agravadas por la campaña electoral al Parlamento Europeo. En gran medida, no se debatió el proyecto europeo. Por ejemplo, en Francia, las elecciones se han convertido en un referendo sobre el presidente, Emmanuel Macron. El resultado es que las elecciones al Parlamento Europeo cada vez se convierten en el equivalente de las elecciones nacionales de medio mandato. Esta evolución es tanto triste como peligrosa, y sin duda explica por qué la participación electoral ha ido bajando a lo largo de los años.

Lo que ocurra en Europa importa mucho más de lo que parecen opinar los jóvenes europeos.

Sin embargo, por razones geopolíticas e ideológicas, el resto del mundo observa a Europa con el alma en vilo. Después de todo, las elecciones al Parlamento Europeo de este año son las más importantes desde 1979. Mientras los jóvenes europeos miran para otra parte, el presidente estadounidense, Donald Trump, y el Kremlin del presidente ruso, Vladimir Putin, esperan ansiosamente un descalabro nacionalista-populista que paralice a la Unión.

Si el campo proeuropeo de Macron sufre una derrota en Francia, las fuerzas antieuropeas lo verían como una victoria, como se vio la derrota de la opción remain (permanecer) en el referendo por el brexit del Reino Unido en el 2016. Ciertamente, esto sería del agrado de Putin, que ha apoyado a estas fuerzas en Francia y otros países, al igual que de Trump, que se está preparando para la reelección en el 2020.

A fin de cuentas, lo que ocurra en Europa importa mucho más de lo que parecen opinar los jóvenes europeos. En muchos sentidos, las elecciones al Parlamento Europeo son un referendo sobre la democracia y el multilateralismo, sin los cuales nunca lograremos afrontar retos globales como el cambio climático. Los votantes jóvenes tienen razón al preocuparse por estos problemas, pero si realmente quieren abordarlos es mejor que presten atención a lo que ocurra esta semana.

Dominique Moisi: es asesor sénior del Instituto Montaigne de París.

© Project Syndicate 1995–2019