Sergio Ramírez. 20 abril

Abril es el mes más ardiente y desolado de lo que en Nicaragua llamamos el verano, que no es sino la temporada de la ausencia de lluvias y la sequedad de los campos, de los ríos agostados y el sol a plomo que funde las visiones del paisaje en una bruma candente; desolación y también muerte. Porque abril ha sido siempre el mes de la muerte.

Desde los tiempos de mi aprendizaje literario, supe que abril era el más cruel de los meses gracias a las lecturas de La tierra baldía, de T.S. Eliot, inducidas por José Coronel Urtecho y Ernesto Cardenal. Lo dice en la primera estancia, El entierro de los muertos: “Abril cría lilas en la tierra muerta, mezcla memoria y deseo”.

En el poema Hora 0, el propio Cardenal recuerda que en esa desolación caliginosa de abril se dio la persecución y muerte de un puñado de conspiradores, quienes en 1954 se alzaron contra el viejo Anastasio Somoza, fundador de la dinastía, y fueron asesinados en las cámaras de tortura del palacio presidencial, hasta donde bajaba Anastasio II, el último de la familia reinante, entonces recién egresado de West Point, para dirigir los interrogatorios sangrientos.

Era una rebelión de oficiales de la Guardia Nacional, el Ejército de la familia y de civiles, y si se ensañaron con todos fueron especialmente crueles con los militares, uno de ellos, Adolfo Báez Bone, de quien el viejo Somoza había sido padrino de bodas. Cuando Somoza hijo se acercó a él para insultarlo, amarrado de pies y manos a una silla como estaba, lo escupió con la boca reventada a golpes y le manchó de sangre la guayabera blanca recién planchada al aprendiz de tirano, que iba para una fiesta esa noche.

Montes quemados para preparar las siembras porque en mayo empiezan las lluvias, los tractores que aran los surcos entre polvaredas, va recordando Cardenal este paisaje sollamado por la naturaleza y por la historia de violencia de arriba y rebeliones abajo que cíclicamente hemos padecido. Y la historia vuelve a copiarse a sí misma, pero multiplicada.

Rebeliones. Hace ahora un año, en un nuevo abril, estalló la rebelión popular contra el régimen de Daniel Ortega, encabezada por los jóvenes. Un alzamiento heroico que habría de durar en las calles seis meses y que ya entra en nuestros cantares de gesta. Una rebelión desarmada, pero reprimida con sevicia, y marcada por la venganza, igual que más de seis décadas atrás bajo otra dictadura.

Lo que hubo este abril fue una acumulación de agravios, material inflamable encendido de pronto en llamaradas por unas cuantas chispas en el aire incandescente.

El 4 de abril los estudiantes habían dejado las aulas para salir a protestar por un incendio causado por depredadores, con la impunidad de siempre, en la Reserva Biológica Indio Maíz, cercana a la costa del Caribe, y fueron reprimidos por las fuerzas de choque amparadas por la Policía.

El régimen dejaba en claro, una vez más, su intolerancia cerrada ante toda protesta, aunque fuera en defensa de la naturaleza: “Las calles son del pueblo”, había sido la consigna convertida en regla por años, y esto quería decir: las calles son de las organizaciones del partido en el poder. Un monopolio impuesto por la violencia y el miedo.

Poco después, el 18 de abril, un decreto que gravaba las magras pensiones de la seguridad social, una medida neoliberal como pocas, prendió toda la pradera. Cuando los ancianos salieron a protestar, fueron agredidos a garrotazos y cuchilladas por las turbas oficiales, y entonces los estudiantes se lanzaron a respaldarlos. Manifestaciones tumultuosas, tranques, barricadas.

La repuesta policial y paramilitar fue espantosa. Las cuentas de los organismos de derechos humanos no bajan de 500 asesinados, centenares de heridos, más de 600 prisioneros políticos, miles de desterrados, medios de comunicación clausurados y sus propietarios y directores en prisión o en el exilio.

Callejón sin salida. El país presentado como el más seguro de Centroamérica, libre de asaltos y de la amenaza de las pandillas juveniles, ha desaparecido de la lista de ofertas de las agencias de turismo. El único turismo posible sería el de los amantes del riesgo extremo.

La economía se halla en ruinas. Sacarla del abismo tomará años, pero tendría que ser un emprendimiento concertado por un nuevo gobierno democrático porque Ortega perdió ya todas las posibilidades de futuro. Y es esto lo que se niega a reconocer, y en cambio se empeña en orquestar todas las maniobras posibles para ganar tiempo en la mesa de negociaciones, cuando el tiempo se agotó.

Abril devolvió el país a los jóvenes, quienes, aun impedidos de marchar por las calles ante la amenaza de persecución y cárcel, no dejan de pugnar por un cambio a fondo y la recuperación plena de la democracia. No han cesado los esfuerzos por hallar una salida concertada, que impida más derramamiento de sangre.

La Alianza Cívica, representante de las fuerzas democráticas, logró firmar con los delegados del régimen en la mesa de negociaciones algunos acuerdos fundamentales, entre ellos, la libertad de todos los presos políticos en un plazo de tres meses, el restablecimiento inmediato de las libertades democráticas y el cese de la persecución.

Ortega se comprometió, así, a lo obvio y a lo que de todos modos estaría obligado: cumplir con la Constitución; pero ha burlado esos acuerdos. Los presos siguen en las cárceles y todo el que intenta manifestarse es apresado. Miles de policías y paramilitares siguen desplegados en las calles.

Se ha negado a discutir el restablecimiento de la democracia, que empieza por convocar unas nuevas elecciones con fecha anticipada, con nuevas autoridades electorales, reglas transparentes y observación internacional; con lo cual, un año después del estallido liberador de abril, la crisis está lejos de resolverse.

Pero la hierba verde renace de los carbones, dice Cardenal en Hora 0.

El autor es escritor.