Por: Fernando Durán Ayanegui 2 octubre, 2016

Después de leer lo que los costarricenses expresan en las redes sociales sobre el acuerdo que busca poner fin a las hostilidades entre el Gobierno de Colombia y una agrupación guerrillera, podríamos afirmar que nuestros compatriotas exhiben al respecto un optimismo a lo sumo moderado. Si bien parece dominar un sincero deseo de que este sea un paso efectivo hacia la paz permanente en aquel hermano país, produce desaliento el nada despreciable número de compatriotas que apuestan a que el acuerdo es tan solo el inicio de un proceso destinado al fracaso. Quienes opinan de esta manera esgrimen una gran diversidad de argumentos, algunos ominosamente razonables, pero en algunos casos parecen acogerse al cínico precepto según el cual un acuerdo de paz entre quienes en efecto se han hecho la guerra no es más que un armisticio solapado; lo cual lleva a la conclusión desoladora de que los acuerdos de paz solo tienen sentido entre grupos o Estados que nunca se han batido entre sí y que una paz duradera solo puede darse si viene precedida de una victoria militar aplastante, de preferencia aniquiladora. En fin, siempre habrá quienes crean que la paz será más sólida y duradera cuanto más cercana sea a la paz de los sepulcros, a una paz perpetua kantiana declarada únicamente para los planetas deshabitados.

El periodista alemán Kurt Tucholsky, excombatiente de la I Guerra Mundial, recorrió en 1924 lo que había sido el escenario de la batalla de Verdún, en la que murieron al menos un millón de soldados. Tras relatar a sus lectores el horror de una carnicería que Europa parecía haber comenzado a olvidar, enunció, 15 años antes del estallido de otra guerra mundial, una visión premonitoria: “Del cielo sombrío surge una figura gigantesca, un oficial esbelto y espigado, de piernas increíblemente largas, con polainas cruzadas, una estampa elegante. Ríe burlonamente y cacarea con voz de tarado: ¡Otra vez! ¡Otra vez! ¡Otra vez!”.

Aun cuando nos encontramos en la imposibilidad de experimentar los sentimientos de quienes han sufrido directamente los efectos del conflicto, nos parece inhumano no saludar con una nota de optimismo el proceso de paz que se inicia en Colombia. Incluso si nos pareciera frágil en algunos aspectos, desear su fracaso sería criminal. Que el haber venido disfrutando de una paz que bien podemos llamar duradera, no haya producido en nosotros, los costarricenses, un efecto tan deshumanizador que nos ponga a cacarear el “otra vez” que en su visión percibió Tucholsky.