Por: Thelmo Vargas.  15 abril

A las puertas de que se apruebe una reforma al impuesto al valor agregado (IVA) para extenderlo a la compraventa de muchos servicios, además de los bienes, procede recordar en qué consiste el asunto.

El IVA se parece a un impuesto sobre las ventas (IV), pero se diferencia de este en que solo opera sobre el valor que en cada etapa de la cadena de ventas se genera.

Como ilustración, considere el caso de un producto que el fabricante vende al mayorista en ¢100 y este al detallista en ¢115, quien al consumidor final lo vende en ¢140. Bajo un impuesto de ventas del 10 %, la autoridad tributaria recaudará ¢10 + ¢11,50 + ¢14 = ¢35,5 en concepto de impuestos, pues este opera en todas las etapas en que el producto cambie de manos. A esto se le conoce como efecto cascada del IV.

Por el contrario, un IVA del 10 % recaudaría solo ¢14, pues los participantes (mayorista y detallista) deducen lo pagado en etapas previas, y solo envían al fisco el impuesto correspondiente al valor que ellos agregaron. El impuesto termina operando solo sobre el valor de la última compraventa.

Cada participante en un proceso productivo (fabricantes, mayoristas y detallistas) incurre en costos para llevar el producto hasta el consumidor final, sea en su país (ej., raíz de chayote) o en el extranjero (automóviles). Cada uno de ellos agrega valor que los consumidores aprecian. Si no lo apreciaran, si les resultara más económico comprar directamente al productor, por ej., en las ferias, no tengan duda de que se saltarán al mayorista y al detallista, pero esto no siempre es así.

La ley. Es en atención a lo anterior que el economista clásico francés Jean-Baptiste Say (1767-1832) formuló una “ley” que dice: “La oferta crea su propia demanda”. Lo que esto significa es que toda producción termina generando una serie de pagos (por sueldos, seguridad social, luz, teléfonos, seguros, combustibles, servicios legales... remuneración a la inversión y el riesgo que asumen los emprendedores) que sumados permitirían comprar lo producido al precio final de mercado.

No dice la “ley” de Say que los pagos en que se incurra para la producción de tacacos se han de dedicar necesariamente a la compra de tacacos, pues sus receptores pueden optar por otros productos. Lo que afirma es que una producción de tacacos que se venda en el mercado por ¢500, genera un poder de compra (o demanda potencial) por ¢500.

Recién recibí un elocuente mensaje por WhatsApp en el cual una persona, de orientación socialista, recriminaba a un señor por poseer un auto de lujo. “¿Sabe usted cuántas bocas podrían alimentarse con lo que usted gastó en su carro?”, le preguntó con cierto sarcasmo. “No. No lo sé”, respondió el propietario del vehículo. “Pero si sé que en su fabricación mediaron pagos a empleados de la ensambladora, de las empresas que le suplieron sus partes (metales para el motor y carrocería, hule para las llantas, cobre para los cables, cuero para los asientos, chips para los equipos). También mediaron pagos a trabajadores de empresas transportistas, vendedores y encargados de aseo de las agencias distribuidoras y ayudé a las contribuciones para la seguridad social de todos ellos. También pagué impuestos, con los que el Gobierno hace frente al pago de sueldos a maestros, diputados y policías, entre otros. Todas esas personas, y sus familias, se beneficiaron con que yo hubiera adquirido este vehículo”.

Dignidad. Quien lo recriminó se quedó mudo. Y entonces el propietario del vehículo remató con: “Todos los que participaron en la cadena de valor de la producción y comercialización de mi carro, que están distribuidos en muchos países, produjeron algo que la gente aprecia, y sus trabajos los han hecho dignos. Por el contrario, quienes abogan por recibir dádivas del Estado, por recibir algo a cambio de nada, terminan perdiendo su dignidad. ¿Así o más claro?”, terminó.

Otro economista clásico, el escocés Adam Smith (1723- 1790), argumentó que el sistema de mercado se caracteriza por la máxima “dadme tú lo que me hace falta y yo te daré lo que te hace falta a ti”. Y agrega, “solo el mendigo confía toda su subsistencia principalmente a la benevolencia y compasión de sus conciudadanos, y aun así no pone en ella toda su confianza”. ¿Así o más claro?

El autor es economista.