Víctor Valembois. 2 diciembre, 2017

Mercator plasmó su primer mapamundi con Amberes como ombligo, pero los ingleses corrieron la rayita, el meridiano, un poco más a la izquierda: Greenwich. Por ambos lados del canal de la Mancha ninguno se imaginaba que en Costa Rica también correrían la línea mental: desde la apología a los “goces de Europa”, como se describe en Magdalena y tantas obras locales de hace un siglo, hacia el rechazo a priori de ello, ahora, cuando supuestamente vivimos una sociedad global.

Pese a ser gringa, la versión cinematográfica de Orient Express, del 2017, felizmente no incide en esas morbosas salsas que generalmente condimentan sus producciones: no hay exhibicionismo sexual ni violencia gratuita. Incluso la opulencia de esos viajeros queda pulcramente subrayada en términos de formalidad, de cortesía y de belleza políglota: dan ganas, casi nostálgicas, de ser aristócratas, en el sentido no de dinero botado por doquier, sino de fineza en el trato y en entorno: a Stefan Zweig le habría encantado, pese a que él, justamente al decidir su propia salida de la vida perdió el tren de la vida.

¡Fuerte, la lección moral de Agatha Christie y su continuador cinematográfico! Subrayan tan delicadamente que en gran medida somos productos de nuestra educación, lo cual se hace evidente en el microcosmo que viaja en ese tren, símbolo de vida: el malo de la película resulta perverso, pese a tener hábitos refinados y convidar de su pastel; y los supuestos buenos y decentes viajeros hasta proyectados en nosotros no resultan sin culpa individual o colectiva: todos tienen (tenemos) “alma fracturada” y mentiras que somos “mejor que las bestias”.

Inspiración. El que desenreda la madeja es un detective, policía especializado, de nombre Hercule Poirot: aparte de una sutil apología a ese hombre y dejarle al espectador completar el estereotipo sobre “los belgas”, vale la pena, para nuestro medio local, subrayar que la autora inglesa se inspiró del dramático éxodo de tanto coterráneo mío hacia Inglaterra durante la Primera Guerra Mundial. Muestra local, de belga exilada en Inglaterra y de espécimen de fina y deductiva exploración del medio lo resultó Yvonne Clays, legítima esposa del Dr. Calderón Guardia: en la estación tropical que a ella le tocó morar, con todo feeling ejercitó esa capacidad deductiva ayudando con tacto y aristocracia en tantas tareas esenciales, desde la reconciliación con don Ricardo, como el ser intérprete ante los esposos Roosevelt, con británico acento, para el doctor.

Hermosa película, entonces, que nos incita a pensar, en diacronía: ese tren trazaba una línea transcontinental desde Alepo, la de mil y una noches, ahora ciudad mártir, hasta Calais, en Francia, eje este-oeste a través de Europa, como la panamericana aquí, de norte a sur.

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Pero también película que, nos guste o no, debe incitarnos a reflexionar sobre lo deficiente, localista y encerrados como seguimos comportándonos. Ese tren prehistórico que circula por nuestros barrios, de mucho ruido y pocas nueces, es por no querer abrir los ojos ante tanta tragedia ocurrida y por ocurrir. Sí, también el Orient Express descarriló, pero no por la línea ni por el factor humano. Nos falta atrevimiento e imaginación en grande: en un preclaro movimiento de conciencia, mi maestro don Isaac Felipe Azofeifa describió La isla que somos reprochando una mentalidad aislacionista.

Desde esta esquina occidental de Occidente, procuremos por favor ser ciudadanos del mundo. Leo en la prensa que existen estudios de prefactibilidad respecto de un tren entre la capital panameña y Chiriquí, pues, por favor, amigos chinos: mejor que sigan de una vez el trazado hacia San José.

El autor es educador.

valembois@ice.co.cr