Columnistas

Nuestros vínculos como país

Si las instituciones fallan en su deber de cuidado, los odios se pueden expresar mediante una individualidad que, para expresarse, necesita invadir o aniquilar otras individualidades

Hace unos días vi en la puerta del garaje de una casa varios rótulos, escritos en distintos idiomas, que advertían a quienes pasaran por ahí con su vehículo que no debían estacionar enfrente.

Recuerdo haber visto otros carteles similares: uno en un negocio que más o menos decía lo siguiente: señor ladrón, si entra a robarme, sepa que estoy armado. Otro, muy común en parques públicos y en las rejas de las casas, informan a quien lleve un perro que este lo hace por necesidad, pero que el dueño debe recogerlo por educación.

Sobre el mismo tema, leí otro que, palabras más palabras menos, alertaba: lo estoy viendo, sé que es usted el que trae a su perro a hacer sus necesidades en mi jardín.

Pues bien, a usted que me está leyendo, le propongo agregar a esos rótulos el testimonio de un funcionario del 911 a quien, hará unos tres años, le pregunté por las razones de queja de quienes denunciaban algo contra sus vecinos: por fiestas, perros ladrando o defecando, quemas de basura, niños que juegan bulliciosamente, autos estacionados… todo ello frente a la casa de quien hace la llamada.

Lo que nos hacemos y cómo nos molestamos parece sencillo y hasta obvio, pero no lo es. No en todos los países del mundo la gente se hace esto entre sí ni se queja de este tipo de actos. Esto, entonces, nos retrata, un poco, como país.

Así que, más que una simpleza, se trata de un complejo síntoma de algo que nos pasa como cultura. Son manifestaciones de un malestar que nos atraviesa en lo individual y lo colectivo. Malestar con la clase política y las desigualdades, por decirlo así, en términos tan amplios.

Pero también son demostraciones de ciertos rasgos culturales que tenemos, señalados sabiamente ya en el año 1938, por Yolanda Oreamuno —escritora de enorme y adelantado talento que muchos machistas prefieren recordar por su belleza—: «Los ticos son hipócritas, envidiosos, vagos, mediocres».

Noten ustedes que se trata del vínculo que revela una ruptura del diálogo social que parece llevar a la impotencia y al cansancio.

Locke, Rousseau y Hobbes, llamados los padres del contractualismo, razonaron sobre el hecho de que para vivir en sociedad cada quien debe renunciar a un poco de su propia libertad a cambio de las ganancias que supondría, en teoría, vivir colectivamente.

Dichas ganancias son, cuando menos, el sostén frente a las tragedias de la vida, la protección de parte de las instituciones, es decir, vivir socialmente implica dar y tomar, por eso el incumplimiento de la promesa institucional —que se da, por ejemplo, cuando se siente el fracaso de la clase política y de las instituciones para remediar las desigualdades— causa tanto enojo: el lazo deja de ser percibido como intercambio para volverse asfixia y, con ella, como lo señala el psicoanalista René Kaës, vienen las reacciones grupales, tales como masividad de afectos y los odios incontenibles.

Si las instituciones fallan en su deber de cuidado, los odios se pueden expresar mediante una individualidad que, para expresarse, necesita invadir o aniquilar otras individualidades, como una forma de reivindicar lo que se le debe, la parte del contrato que no se cumple: bloquearle la entrada del garaje, ponerla a limpiar lo que deja el perro, por volver a los ejemplos antes descritos.

Pero ese estallido de las instituciones hablaría también de una de nuestras formas de vincularnos, nombrada con la expresión popular «serruchar el piso», que consiste en una operación anticipada y ejecutada para tratar de quitar al otro lo que no poseo o para impedir que consiga lo que siento mío.

Este tipo de actuaciones y formas de relacionarnos no están presentes únicamente, como sería fácil pensar, en gente sin cierto nivel de educación o sin un buen trabajo, sino en cualquiera —con estudios universitarios, pongamos el caso— capaz de hacer algo indebido bajo la condición de tener garantizada la impunidad.

Asimismo, se trata de malestares que evidencian las dificultades y los malentendidos del lazo social en nuestro país, de una incapacidad para dar pero también para recibir, producto tal vez de la desconfianza que nos caracteriza y que se ve, por ejemplo, en la resistencia a dar las gracias por un gesto amable, rechazado con frecuencia con un ingrato: tranquila. Como si fuera difícil aceptar que nos falta algo que alguien nos puede dar, machacando en ese igualiticos que, más que una idea de democracia y libertad, parece un nivelador hacia bajo, para que nadie prospere.

Lo anterior puede ser materia de reflexión acerca de la responsabilidad de la clase política en el deterioro de nuestros vínculos sociales, pero también para pensar en la nuestra y en qué podemos hacer para abandonar la apatía que nos lleva a quejarnos en lugar de actuar. Considere cómo transitar de esa rabia actuada contra el otro hacia nuestra responsabilidad ciudadana de construir un país.

No cumplamos la condena de Sísifo empujando una piedra hacia arriba para que caiga y debamos volver a subirla. En lugar de repetir aburridamente las mismas quejas, sepamos rodar la piedra hacia abajo.

isabelgamboabarboza@gmail.com

La autora es catedrática de la UCR.

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