Víctor Ml. Mora Mesén. 23 diciembre, 2018

Es imposible ser frío en estos tiempos. La Navidad y el Año Nuevo nos llenan de sentimientos, alegrías e interrogantes. Sí, aunque busquemos evasiones frívolas y consumistas para evitar hacernos preguntas incómodas, nuestra conciencia viaja libre en tierras prohibidas sin inhibición, afrontando cuestionamientos trascendentales, porque no podemos vivir sin ellos.

El contenido de estas fiestas es demasiado denso para todos. Evoca la familia, la vida pasada, las personas que son o fueron importantes para nosotros, la presencia o ausencia de los seres queridos, el futuro por venir y, sobre todo, la muerte que nos amenaza siempre.

Sí, la muerte, aunque sea indirectamente, es la causante de la producción simbólica y de las grandes interrogantes de estos días. Sin embargo, el motivo supremo de las fiestas navideñas es el nacimiento de un niño, de un ser humano. Nada más revolucionario, nada más simple y cotidiano, nada más político.

Es impresionante cómo el nacimiento de alguien impacta la vida de todos. El niño es carente y necesita de los que son autosuficientes para vivir. No hay nadie más pobre que un recién nacido. No posee nada, no tiene un futuro definido, se sustrae de todo condicionamiento y necesita de los otros de manera radical para mantener su existencia.

El recién nacido se confía en las manos de quien está allí. No puede opinar, ni disentir. No tiene otra alternativa que aferrarse a la vida que le ha sido concedida por otros. No se nace por libre voluntad, sino por lo que ha sucedido con otras personas y por la fuerza de la biología. La inocencia del que nace es indiscutible, para muchos es sagrada. Llora el recién nacido, como reacción natural, se calma con el abrazo, con el afecto y la ternura de quien lo recibe al mundo.

Quien ha visto cómo se nace, sabe que hay mucha sangre derramada en el proceso. Es como si nacer necesitase del sacrificio de ese líquido vital: algo de nosotros tiene que ser donado para que una nueva persona surja y crezca. Esa sangre es abono que, de una u otra manera, tiene que ser cuidado para que no perezca el ser que ha germinado. La educación que recibe el apenas nacido parte de las caricias, los abrazos, las palabras y el cariño, pero también de la exigencia y el respeto debido a quien nació antes.

Vínculo. No hay duda, existe un vínculo indisoluble entre quien nace y los progenitores, pero esa cadena se prolonga en el recuento de la descendencia. Somos hijos de los hijos, somos historia de la historia, estamos ligados unos a otros cuanto el feto al cordón umbilical. Esto no es algo antinatural, ni destructivo, ni mucho menos negativo, es solo la constatación de lo que cada uno es. Nacemos en el seno de una comunidad y en ella nos desarrollamos. Por ello, sería lógico pensar que la comunidad tome conciencia de su responsabilidad radical hacia quien apenas nace.

La violencia, por otro lado, no está excluida de esta historia, ni del nacimiento de alguien. Las situaciones vergonzosas o injustas son parte de la experiencia de todos. Pero eso no quiere decir que hay una esencialidad de la maldad que tiene que ser extirpada a rajatabla para salvaguardarnos de un daño supremo. La vida es siempre posibilidad, aunque a veces nos parezca que el límite es tajante entre esta y la muerte.

La biología nos ha enseñado que el salto evolutivo se concreta en medio de la adversidad y en la reticencia de los organismos vivos a morir. Aún más, lo que ha hecho a la raza humana exitosa es su gran flexibilidad y capacidad creativa frente a la muerte. En otras palabras, la muerte es también posibilidad paradójica: hay quien la dona, hay quien la pierde injustamente, hay quien la padece porque su cuerpo no da más. Nada, de otra parte, nos hace dudar de la solemnidad de su padecimiento. La muerte siempre será un misterio, pero padecerla a causa de otros es siempre y será un acto injusto para quien ha experimentado la vida.

La cultura no es instinto; es proceso dinámico de búsqueda de sentido en la comunicación interpersonal. Por eso, ser culto significa enfrascarse en todo ámbito de interrelación y comunicación con otros, y en la resolución de un problema común: ¿Quiénes somos delante de la finitud?

La cultura no es mera erudición, en el sentido de poseer conocimiento e información, sino que es capacidad de diálogo, de compenetración emocional y cambio intelectual para enfrentar una realidad experimentada, pero, al mismo tiempo, misteriosa y nunca totalmente comprendida porque la finitud radical se encuentra solo en la experiencia de la muerte.

El fin. Los que han experimentado la muerte no la pueden narrar a otros porque su vida simplemente se ha acabado. Por eso, la muerte es el segundo acto humano más misterioso e insondable. El primero es el nacer del que, debido a la pobre condición de desarrollo intelectual del nacido, poco o nada se puede decir.

La muerte, empero, puede ser un acto realizado en la plena consciencia de la finitud, que resulta imposible de evadir. El nacer y el morir se verifican en situaciones humanas totalmente diversas, pero no desvinculadas. ¿Existe una relación entre ambas experiencias? ¡No lo sé!

Si bien una parte de mí dice que sí hay una relación entre vida y muerte (porque nacer y morir representan los dos extremos radicales de lo que se es), la consciencia que se tenga de ambos momentos resulta siempre un misterio. Alguien puede decir que la muerte está cerca, pero nunca describir lo que morir significa.

¿Hay alguien capaz de describir lo que significa nacer? Esa es la particularidad de los extremos de la vida, ante los cuales debemos reconocer ignorancia, pero no falta de experiencia. Se trata de una paradoja existencial que va más allá de nuestras significaciones culturales o intelectuales.

Hoy se discute sobre el derecho que tenemos de decidir sobre el inicio de una vida o sobre su fin. No importa lo que se decida porque siempre será una determinación de terceros (en efecto, el que está por nacer o el moribundo están en las manos de otros).

La experiencia del nacer o del morir no depende de la voluntad de otros, pertenece solo al individuo, es el único que “padece” esa realidad. Aquí encontramos uno de los mayores dilemas humanos porque al hablar del nacer y del morir nos referimos a nuestra vida en su más amplio sentido: generación y decadencia, actividad y desaparición, inconsciencia y consciencia. El antes del nacer o el después del morir permanecen ámbitos separados e incognoscibles.

Uno solo. ¿Vida o muerte se deben entender como dos instancias diferenciadas en la cultura? El que nace es el mismo que muere. De eso no hay duda racional. El problema estriba en determinar si el sentido del nacer o del morir es justo o no. Porque se puede impedir nacer, así como se puede hacer morir.

El individuo que crece en una cultura y se cuestiona sobre el sentido del nacer y del morir, se puede ofrecer a sí mismo muchas respuestas, por lo general cambiantes en el tiempo, lo cierto es que experimenta su devenir en la historia como crecimiento y envejecimiento, ambas cosas a la vez.

Nacer y morir, por otro lado, parecen ser las dos caras de la misma moneda. Mientras vivimos, sabemos que hemos nacido y que moriremos. Esta es la consecuencia directa del tener consciencia de la propia existencia. Por eso, la urgencia del sentido es primordial en nuestras vidas. No siempre se logra la total pacificación del alma, pero al menos buscamos encontrar el sentido del cotidiano. Con todo, no es fácil escapar de la interrogante del sentido del nacer y del morir, esta nos cautiva con insistencia porque somos testigos del surgimiento de una nueva vida y del final de aquellas que ya conocíamos.

Pensar en lo que experimenta el recién nacido o el que muere nos integra en la insistente pregunta sobre el sentido de la existencia humana. No hay duda, hemos nacido para hacernos preguntas, no solo respecto al mundo físico y la naturaleza, sino en relación con nosotros mismos.

Tal vez la mejor definición del “ser humano” sea “animal que se hace preguntas sin una respuesta axiomática evidente sobre el hecho de vivir”. No hemos nacido para cerrarnos en nosotros mismos, sino para abrirnos a la alteridad.

En los demás encontramos otras miles preguntas irresueltas, pero también miles de sentidos creados por un ánima viva que busca darse razones, esperanzas e ilusiones. Encontrarse con esos mundos diversos de respuesta nos empujan a hacer más preguntas y a fatigarnos insistentemente en buscar nuevas soluciones a nuestros propios dilemas existenciales. Pero ¿cómo debemos sentirnos desafiados por el que está por nacer o por morir?

“¡No lo sé!”, es tal vez la respuesta más honesta que nos podemos dar respecto al sentido de la vida, pero no porque se permanece en la incapacidad de dar respuesta, sino porque se abre a la infinita capacidad de preguntarse sobre cada experiencia vivida, con el fin de esperar encontrar la esencia de estar vivo y del tener que morir. Es decir, así como vemos al que está por nacer y al que está por morir, nos encontramos con el sentido que damos a nuestra propia existencia.

De allí la pregunta esencial del yo: ¿Vale la pena nacer y morir? Si la respuesta continúa a ser “¡no lo sé!”, tal vez usted me lo puede aclarar.

El autor es franciscano conventual.