Víctor Valembois. 29 septiembre, 2018

Distraído como me pongo cada vez más, hojeo y ojeo un libro con el título de The Theology Of The Hammer, sobre un grupo de voluntarios armados con un mazo y mucha fe en los Estados Unidos ayudando a construir casas para necesitados. De adolescente y adulto joven trabajé en estructuras paralelas en mi tierra, en Alemania y en la Yugoslavia de Tito. Era el tiempo de Los Beatles: ¿recuerdan: If I had a hammer? También era la época, dramática si no trágica, en que los rusos empujaban por doquier con su ahora superada filosofía comunista de la hoz y el martillo.

Sin escuela política de por medio, me fui sensibilizando por un tipo de apostolado cristiano y llegué a Chile. Sigo orgulloso de haber trabajado los sábados de 1972 a 1973 con mi decano y otros voluntarios en un proyecto de vivienda clavando para fijar techos, entre otras tareas.

Setiembre, mes de recuerdo todavía no asimilado para quienes, inocentemente, fuimos víctimas allí de la represión después del golpe: he visto pirras de libros quemándose (como en tiempos de Hitler), he observado sangre en las calles, he oído toque de queda y metralletas. Todo suena y se ve diferente a como lo muestran las películas, golpeando realmente en el corazón. ¿Mi crimen? ¿Haber llegado como extranjero? ¿Haber sido profesor de Literatura Medieval en la magnífica Universidad Austral? ¿Por llevar barbilla, la misma que ahora?

Sobreviviente. Pero tuve suerte: lo puedo contar; estoy vivo. Diferente es el caso de un amigo nicaragüense, quien me pide posada para un discípulo, allá en la misma región de la que es originario el sátrapa de turno, en Nicaragua. El idealista al que refiero estuvo en una barricada (“tranque”). ¡Al joven universitario lo acusan de delincuente común! ¡Patriota fue!

Escribí “sátrapa de turno” para no ensuciar el apellido de un gran filósofo español que acuñó aquello de “soy yo y mi circunstancia”. ¡Vaya la que le tocó y le va a tocar al estudiante aprehendido, como tantos! Ojalá pueda evocarlo un día, pero lo dudo. Pobre América Latina, tantas veces aplastada con el mismo mazazo.

En Chile, tuve que dejar a medias una licenciatura en Literatura Latinoamericana y aprendí sobre dictaduras. A golpes, en lo artístico y en identidad para nuestros pueblos, va la huella de media docena de novelas sobre la misma temática, nada inventada, real, entre otras: El matadero, de Echevarría; El otoño del patriarca, de García Márquez; El recurso del método, de Carpentier; Yo el Supremo, de Roa Bastos; El señor presidente, de Asturias; y, por ejemplo también, La fiesta del chivo, de Vargas Llosa.

Desilusionante. La historia se repite desde el siglo XIX hasta ahora: allí van nombres funestos, como Rosas, en Argentina; Gaspar Rodríguez de Francia, en Paraguay; Juan Vicente Gómez, en Venezuela; Rafael Leonidas Trujillo, en República Dominicana; Machado, en Cuba. Lista, lamentablemente, interminable a la que ahora se añade, al norte de Costa Rica, una satrapía de nuevo cuño. La lista de modelos negativos, qué digo, diabólicos, es larga: aparte de los aludidos, no cabe olvidar a Stroessner, en Paraguay; Noriega, en Panamá; los mismos Tinoco, en Costa Rica; y en el Cono Sur, Pinochet y Videla, en años frescos todavía.

El martillo del dictador de turno, en el yunque de las justas aspiraciones democráticas. ¿Historia sin fin? La historia de real independencia, más allá del show externo de banderas, se sigue escribiendo, con sangre, dolor y martillazos.

Aquel estudiante que aquí tomo de patológico estandarte, debe de estar en El Chipote, mazmorra de nombre que Somoza hizo tristemente célebre, ahora vertiendo, el joven, sangre fresca, estudiantil. Pero óiganme bien: el topónimo en cuestión, aféresis del náhuatl xixipochtic, significa “hinchado” y alude a mazazos. Mísera miseria: chicha que da chichón. Nuestra América, la de Martí, sigue sin encontrar su camino. El martillo no es la solución.

El autor es educador.