Jorge Vargas Cullell. 21 julio, 2016

¿Quién hubiese imaginado que hoy tendríamos un campamento de migrantes africanos en nuestra frontera norte? Centenares de gentes desesperadas cargando el hartazgo de un largo viaje preñado de abusos, y sin mayor esperanza de llegar próximamente a los Estados Unidos, su meta, languidecen, se enferman o mueren en tierra extraña en la que se habla lo que para ellos es un lenguaje incomprensible, mientras que otros escapan, esquivando el muro de los militares nicaragüenses, solo para caer presa de las redes criminales en cualesquiera de las fronteras que, salvado ese escollo inmediato, los separan de su santo grial.

¿Quién diría, pues, que Costa Rica estaría unida carnalmente a las remotas entrañas de África debido al desgarre humano? ¿Que cerrada Europa a la migración, por el doble muro de las policías y la xenofobia, este río de gentes tomaría la improbable ruta de saltar océanos? ¿Hasta dónde llega la desesperación y en qué lugar termina la codicia de las élites de sus países que condenan a tantos a la miseria?

Esta es la otra globalización, no ya de la tecnología o del capital, sino la de aquellos que hace medio siglo Franz Fanon denominó “los condenados de la tierra”. Es la globalización maldita, a la que medio mundo se opone, pero que se salta muros y fronteras lejanas.

Si ahora la desesperación de la pobreza empuja fuerte, imaginen las migraciones que se producirán cuando, por efecto del cambio climático, se desertifiquen áreas fértiles y se inunden llanuras hoy densamente pobladas.

En cierta medida, estas súbitas y masivas migraciones del presente, tan distintas a las que el mundo siempre conoció, nos anticipan el futuro. Me recuerdan, y no puedo evitarlo, a las poblaciones apátridas que Erick María Remarque describió en los años treinta, durante el período de entreguerras: expulsadas por los nazis de su país, ninguno otro los reconocía y vivían sin papeles y sin futuro hasta que a muchos sorprendió la guerra y murieron en campos de concentración. Es una evocación terrible, lo sé, pero no se me va de la mente.

Costa Rica, por su tradición democrática, debiera dar un trato humanitario a estos migrantes. Podemos no hacerlo, pero entonces nada nos distinguirá de esas sociedades que hoy demonizan a los débiles.

Somos sitio de paso, cierto, pero, mientras estén aquí, distingámonos por garantizar derechos y dignidades. Las instituciones públicas deben resolver su descoordinación e ineficiencia, pero nosotros, la ciudadanía, podemos hacer mucho más: ¿una campaña de solidaridad?