Columnistas

Los valores superiores entre el pasado y el futuro

Vivimos en una época de difícil interpretación para los viejos y los valores culturales de los jóvenes no han nacido aún

Debemos pensar que la democracia defiende los valores superiores, pero como aspiraciones, nunca como conquistas totales, porque esos valores son los que representan cada etapa cultural que se va realizando.

¿En qué consisten esos valores supremos? Algo importante nos dice el profesor español Gregorio Peces-Barba, en un interesante ensayo sobre la Constitución Política de España, la que comienza con esta afirmación: «España se constituye en un Estados social y democrático de derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la igualdad y el pluralismo político».

Peces-Barba dice que justicia debería ser el valor superior porque tiene como contenido los conceptos de libertad e igualdad, como elementos históricos creados en la cultura jurídica y política del mundo moderno, y no abstracto y a priori, según el modelo del derecho natural.

En la Constitución española, dice, se trató de expresar «los valores de la síntesis liberalismo-socialismo como las grandes ideologías que están en la base de la democracia moderna». Esto quiere decir que los constitucionalistas españoles tuvieron presente el planteamiento de Norberto Bobbio y la escuela de Milán, que es fundamental si queremos entender de cuál democracia se está hablando en la actualidad.

El profesor Luis Recaséns Siches, al aceptar que «el derecho es un fenómeno cultural», lo define como «conjunto de normas humanas, es decir, elaboradas por los hombres en una situación histórica y apoyadas por el poder público, normas con las cuales se aspira a realizar unos valores».

Es bajo esta perspectiva que debemos situar el concepto de valor superior. Peces-Barba dice que «esa finalidad —la del derecho— está en la vida humana objetivada que las normas suponen, teniendo los valores como finalidad».

De ahí que, en buena doctrina, se sostiene que el derecho es una técnica de valoración y que, en consecuencia, «los valores superiores son una forma de entender la moralidad del derecho, porque el concepto de valores superiores tiene un significado en el ámbito de la cultura jurídica actual y supone un progreso en relación con textos anteriores».

La cultura define valores superiores y, si son incluidos en la constitución política, los integra al derecho público. El ordenamiento jurídico que los recoge mantiene en alto el ideal ético como necesario contenido orientador del Estado y de la sociedad. Todo en el entendido de que el valor superior será siempre valor por realizar, como la misma democracia y lo que ella representa.

Se legisla para libertades futuras, para futuros derechos. El valor, los valores de una sociedad, así entendidos, son valores no para rescatar un pasado, sino para conquistar el futuro.

La lucha para confirmar los valores en la ley ha de ser permanente y la mayor preocupación del legislador; el derecho que los recoge llega a ser la máxima expresión cultural que se pueda dar.

Vivimos en una época de difícil interpretación para los viejos que no podemos desprendernos de valores heredados y, al mismo tiempo, nos sentimos incapaces de transmitirlos a nuestros hijos. Para los jóvenes de hoy, sus valores culturales no han nacido todavía.

A la juventud actual le sucede lo que decía Alphonse de Lamartine sobre el marqués de La Fayette, que «su desgracia fue su situación, hombre de tránsito que pasó su vida fluctuando entre dos ideas: la monarquía y la república».

Así, nuestra juventud no se decide a elegir entre el socialismo que se frustró y el liberalismo que no termina de producir una democracia aceptable. ¿Vivimos en una época de crisis? Tal vez, si la entendemos como el tiempo que no ha podido encontrar soluciones adecuadas o como la época que mantiene esperanzas que no puede realizar.

Pero así como el aristócrata de La Fayette —que ayudó a Washington en la guerra de independencia norteamericana y en la fundación de un tipo de república democrática sin precedente histórico, y luego participó activamente en la Revolución francesa— no pudo entender los planteamientos del conde de Mirabeau acerca de una monarquía constitucional con participación del pueblo y poderes públicos controlados, ahora los jóvenes tampoco entienden que es posible un sistema que recoja valores fundamentales del liberalismo y del socialismo para crear una democracia liberal socialista.

Y, al no entenderlo, nuestras sociedades pueden terminar convertidas en un conjunto de «personas dulcemente desdichadas», como calificaba el siempre joven Rimbaud a los revolucionarios vencidos en la Comuna de París.

El autor es abogado.