Andrés Fernández. 6 marzo

En relación con el artículo “Remodelación borró mural de Felo García en edificio josefino” (La Nación, “Aldea Global”, 1/3/2018), de la periodista Silvia Artavia, vale la pena hacer algunas reflexiones. Se me dirá, claro está, que en el momento que vive el país hay asuntos más urgentes, y tendrá razón quien me objete, pero lo cierto es que la pérdida de una obra de arte no debe dejarnos nunca indiferentes.

La obra en cuestión era un mural cerámico, elaborado por el maestro Rafael Ángel Felo García, en un paño esquinero de los niveles 2 y 3 del edificio El Crisol (1963), ubicado en la esquina suroeste del cruce de avenida 8 y calle 9, mirando al norte; es decir, al paseo de los Estudiantes.

Nada más ingrato: se culpa a quien ignora por ignorar, y no a quienes tenían la obligación antes de haberlo ilustrado

De tonos ocres, era una estilización de varias figuras humanas, pero con la clara impronta de la pintura expresionista abstracta de la que García es en Costa Rica un pionero y un maestro indiscutible.

Una ciudad sin murales. De modo que por su autoría, sus dimensiones y su ubicación, el mural en cuestión era una pieza única de arte público, que es, por esencia, urbano, en una ciudad que carece de él. Me refiero, desde luego, a aquel arte que se encuentra en las ciudades, ya sea en sus espacios públicos o incorporado a los edificios; sea en forma de pintura o de escultura, de instalación o como edificación arquitectónica de alta calidad.

De ese arte público urbano, en San José, tenemos poco en realidad. No fue el nuestro un país donde se cultivara el mural, por ejemplo, y por eso la mayoría de los que hay no se pueden apreciar a simple vista en la ciudad.

Tal es el caso del que pintó Teodorico Quirós para el Colegio Superior de Señoritas o el de Lucio Ranucci para el aeropuerto Juan Santamaría, hoy en bodega; otros hubo, como los de Margarita Bertheau, Francisco Amighetti, Jorge Gallardo o César Valverde, que por estar en recintos privados, o de acceso restringido, no pueden apreciarse, lamentablemente.

Una excepción, en ese sentido, es el Mural espacial, de Manuel de la Cruz González, en la esquina de avenida 2 y calle 3, adosado a una pared del antiguo Banco Anglo Costarricense, hoy Ministerio de Hacienda. De modo que al lado de su innegable calidad plástica y valor histórico, su carácter público y ubicación en un eje urbano, hoy peatonalizado, hacían del mural en cuestión una pieza única… ahora desaparecida, para nuestra vergüenza.

Doble vergüenza si se toma en cuenta que quienes debieron velar por ella desde hace años se lavan ahora las manos, lanzan la pelota hacia otro lado y le echan la culpa exclusivamente al propietario. Nada más ingrato: se culpa a quien ignora por ignorar, y no a quienes tenían la obligación antes de haberlo ilustrado.

De Herodes a Pilatos. El Centro de Patrimonio, en esta ocasión, y como suele hacerlo, se escuda en que el edificio El Crisol no estaba declarado patrimonio histórico-arquitectónico: su cantaleta de siempre para evadir responsabilidades. No vale el hecho de que algunos pocos hayamos alertado, desde hace tiempo, sobre la necesidad de ejecutar aquí el concepto de “patrimonio moderno” para proteger las manifestaciones arquitectónicas y plásticas de valor, producidas en la segunda mitad del siglo XX.

Algo parecido cabe decir del otro ente del Ministerio de Cultura, que pudo encargarse de efectuar un inventario de las obras de arte público y, mediante él, protegerlas, como es el Museo de Arte Costarricense. Pues, según las declaraciones atribuidas por la periodista a su directora, “el MAC no tiene competencia legal en estas circunstancias”, pues “la legislación actual no establece ningún mecanismo de registro o protección a la propiedad privada de estas obras de arte”. Otra leguleyada, otra zafada de lomo.

Por su parte, la presidenta del Consejo Internacional de Monumentos y Sitios (Icomos de Costa Rica) coincide conmigo en que no se ha hecho el inventario que ilustre a la gente sobre esas obras y el valor de su preservación… pero esa entidad privada tampoco se ha encargado de hacerlo en más de 30 años de existencia, pese a contar en sus filas con gente probadamente sensible al fenómeno artístico y urbano, además de poseer una gran experiencia en trabajos de ese tipo o parecidos.

Ni qué decir cabe del Centro Internacional para la Conservación del Patrimonio Costa Rica, grupo que duplica las labores del Icomos… hasta en su incapacidad o falta de voluntad para realizarlas. De modo que si de entes públicos o privados se trata, así seguirán las obras de arte público urbano en la capital: como el pobre Cristo, de Herodes a Pilatos, sin que nadie decida en manos de quienes está su destino.

Y de la Municipalidad, ¿qué? Por último, lo mismo cabe anotar respecto a la Municipalidad de San José, pues ya las declaraciones del alcalde nos pusieron al tanto de su opinión: por lamentable que sea, se trata de algo privado… y va de nuevo con el propietario. No obstante, tal como les dictaba anteriormente el Código Municipal –y no veo por qué no ha de seguir siendo así– tienen las municipalidades la obligación de velar por la educación, el arte y la cultura en sus respectivas jurisdicciones: así que no se vale salir con leguleyadas otra vez.

Si ni desde el Estado ni desde lo privado es posible efectuar el necesario inventario de obras de arte público en la capital, para evitar desgracias como la aquí referida y otras que han sucedido, le corresponde a la Municipalidad hacerlo.

Recursos no puede pretextar que le faltan: bastaría con dejar de estar comprando “obras” plásticas absolutamente carentes de calidad estética –como muchas que se ven en San José– para sufragar el estudio respectivo y hacerlo efectivo en todo el territorio capitalino, mediante un decreto municipal.

Si la Municipalidad lo financia, y los otros entes aquí mencionados cooperan con ella, orientándola y validando el producto, sería posible lograr ese necesario inventario. Lo demás sería sentarnos todos a esperar la próxima atrocidad contra nuestro escaso patrimonio artístico urbano.

El autor es arquitecto.