Columnistas

Los libros hay que abrirlos

Hay quienes los adoptan para acariciarlos como si fueran perritos recién bañados

Se acostumbra, cuando se comenta un libro, indicarles a los lectores la fecha de la primera edición. Bien entendido, las traducciones vendrán después, pero no siempre es así: en una ocasión participé en la edición de un libro en castellano antes de que apareciera la «publicación original» en inglés.

Esto pareciera confirmar aquello de que toda regla tiene su excepción… siempre y cuando la abundancia de excepciones no acabe destruyendo la regla, algo que de cierta manera logró Jorge Luis Borges describiendo o comentando libros que él había inventado y eran, por lo tanto, obras nonatas aunque bautizadas; y lo hacía tan bien que, por lo menos en una oportunidad, se le criticó por describir, en un cuento, una enciclopedia inexistente: por algo se afirma que las moscas que cubren la piel de un elefante son tan incontables como las estrellas.

Hoy comentaré el libro Cómo hablar de los libros que no se han leído, de Pierre Bayard, publicado en francés en el 2007. Su versión castellana data del 2008, y en lo que me concierne bien podría caer en la categoría de libros olvidados a la que se refiere el mismo Bayard.

No en balde, usó como epígrafe esta cita de Óscar Wilde: «Jamás leo los libros que debo criticar, para no sufrir su influencia».

Bayard clasificó los críticos especializados en destrozar las obras que no leen, pero si bien incluyó la categoría de los que critican los libros después de haberles visto solo los lomos, omitió la de quienes dicen leerlos por ósmosis. Hace unos cuarenta años le escuché a un colega académico: «Me he leído todos los treinta mil libros de mi biblioteca».

Por entonces funcionaba bien mi capacidad de hacer cálculos mentales en el laboratorio mientras tenía ambas manos ocupadas, por lo que de inmediato caí en la cuenta de que tenía, frente a mí, a alguien que no leía los libros sino que los adoptaba para acariciarlos como si fueran perritos recién bañados.

Mi neurona aritmética —hoy bastante deteriorada— me reveló, con poco esfuerzo, que leyendo a razón de un libro diario mi interlocutor llevaría 82 años sin dormir ni comer.

Y si por modestia hubiera admitido que solo leía dos a la semana, estaría confesando, con sus 290 años de lectura casi ininterrumpida, ser el hermano menor de Matusalén. Juro, por las dudas, que el libro de Bayard existe.

duranayanegui@gmail.com

El autor es químico.