Edoardo Campanella. 13 octubre

MILÁN – El populismo de derecha que ha surgido en muchas democracias occidentales en los últimos años podría terminar siendo mucho más que un incidente en el paisaje político. Más allá de la Gran Recesión y de la crisis migratoria, que crearon un campo fértil para los partidos populistas, el envejecimiento de la población de Occidente seguirá alterando la dinámica del poder político en favor de los populistas.

Resulta ser que los votantes de más edad son bastante simpatizantes de los movimientos nacionalistas. Los británicos de más edad votaron desproporcionadamente a favor de abandonar la Unión Europea (UE), mientras que los norteamericanos de más edad le entregaron la presidencia de Estados Unidos a Donald Trump. Ni el partido Ley y Justicia (PiS) en Polonia ni Fidesz en Hungría estarían en el poder sin el respaldo entusiasta de la gente mayor. Y, en Italia, la Liga ha triunfado en gran medida al explotar el descontento de la gente de edad avanzada en el norte de Italia. Entre los populistas de hoy, solo Marine Le Pen de Reagrupación Nacional de Francia (anteriormente el Frente Nacional) –y posiblemente Jair Bolsonaro en Brasil– tiene una base de votantes más jóvenes.

Para frenar la ola nacionalista, los partidos tradicionales necesitan con urgencia diseñar un nuevo pacto social que aborde la creciente sensación de inseguridad entre los votantes de más edad

La próxima primavera, este patrón de votación relacionado a la edad podría decidir el resultado de la elección del Parlamento Europeo. Según estudios recientes, los europeos de más edad –especialmente los que tienen un menor nivel de educación– sospechan más del proyecto europeo y confían menos en el Parlamento Europeo que los europeos más jóvenes. Esto es sorprendente porque las generaciones de más edad deberían tener más frescos los recuerdos de la Segunda Guerra Mundial y su legado. Sin embargo, su escepticismo frente a las instituciones democráticas de la UE puede explicar su inclinación por líderes autoritarios.

Muy probablemente una creciente sensación de inseguridad esté empujando a los adultos mayores a los brazos de los populistas. Dejando de lado las peculiaridades específicas de cada país, todos los partidos nacionalistas prometen contener las fuerzas globales que afectarán desproporcionadamente a la gente mayor.

Por ejemplo, la inmigración tiende a generar más miedo entre los votantes de más edad porque estos suelen estar más vinculados a valores tradicionales y comunidades autónomas. De la misma manera, la globalización y el progreso tecnológico suelen alterar las industrias tradicionales o heredadas, donde es más probable que haya empleados trabajadores de más edad. El ascenso de la economía digital, dominada por gente de veintitantos y treinta y tantos años, también está empujando a los trabajadores de más edad a los márgenes. Pero, a diferencia de lo que sucedía en el pasado, los sistemas de pensiones que se desmoronan ya no pueden absorber estas sacudidas del mercado laboral. La consecuencia es que los trabajadores de más edad que pierden su empleo están condenados a un desempleo a largo plazo.

Es más, los pensionados ahora tienen motivos para preocuparse sobre las amenazas a sus beneficios de retiro de parte de sus propios hijos. La gente joven, frustrada por los sistemas socioeconómicos que claramente están inclinados a favor de los jubilados, cada vez más reclaman una redistribución intergeneracional más justa de los recursos escasos. Por ejemplo, el Movimiento Cinco Estrellas de Italia, que gobierna en una coalición con la Liga, recientemente reclamó una “renta ciudadana” disponible para todos los desempleados sin importar su edad. De manera que, mientras que los populistas de derecha han atraído a votantes de más edad, los populistas de izquierda han ganado seguidores entre las generaciones más jóvenes.

Al respaldar a los populistas de derecha, los votantes de más edad esperan regresar a una época en la que los asuntos domésticos estaban aislados de las fuerzas globales y las fronteras nacionales eran menos porosas. En el centro de la política nacionalista de hoy existe una promesa de preservar el statu quo, o incluso restablecer un pasado mítico.

De ahí que los políticos nacionalistas recurran con frecuencia a una retórica nostálgica para movilizar a sus seguidores de más edad. Por su parte, Trump ha prometido recuperar los empleos en el Cinturón de Óxido norteamericano, alguna vez el centro de la industria de Estados Unidos. De la misma manera, no podría existir un símbolo más claro de la resistencia al cambio que el muro que Trump propuso construir en la frontera entre Estados Unidos y México. Y las medidas enérgicas contra la inmigración ilegal y la prohibición a los viajeros de países predominantemente musulmanes marca su compromiso con una nación norteamericana “pura”.

De la misma manera, en Europa continental, los populistas de derecha quieren regresar a una época anterior a la adopción del euro y del sistema Schengen de viajes sin pasaporte dentro de gran parte de la UE. Y suelen apelar directamente a los votantes de mayor edad prometiendo bajar la edad de jubilación y expandir los beneficios de pensiones (dos políticas emblemáticas de la Liga).

En el Reino Unido, la campaña a favor de “irse” prometió una reivindicación para aquellos que han quedado rezagados en la era de la globalización. No importa que también pregonara la idea de un “Reino Unido Global” libre e independiente. Los defensores del brexit no son conocidos por su consistencia.

En cualquier caso, en la medida que la ola populista de hoy esté impulsada por la demografía, es poco probable que llegue a su punto más alto en lo inmediato. En las sociedades que envejecen, el peso político de los adultos mayores crecerá de manera sostenida, y en las economías de rápido cambio, su capacidad de adaptación decaerá. Como consecuencia de ello, los votantes mayores exigirán más y más seguridad socioeconómica y los populistas irresponsables estarán esperando entre bastidores para complacerlos.

¿Se puede hacer algo? Para frenar la ola nacionalista, los partidos tradicionales necesitan con urgencia diseñar un nuevo pacto social que aborde la creciente sensación de inseguridad entre los votantes de más edad. Necesitarán encontrar un mejor equilibrio entre la apertura y la protección, entre la innovación y la regulación; y tendrán que hacerlo sin caer en una trampa populista regresiva.

La respuesta no es sofocar a las fuerzas globales, sino hacerlas más tolerables. Los ciudadanos de todas las edades necesitan estar equipados para enfrentar las disrupciones actuales y futuras. En este sentido, es mejor empoderar a la gente mayor que simplemente protegerla. La mayoría de las economías avanzadas no pueden afrontar el enorme volumen de nuevos beneficios para un grupo de interés sobredimensionado. Y, además, una política que haga que la gente dependa de alguna forma de respaldo externo es, cuando menos, moralmente cuestionable.

En cambio, los gobiernos deberían centrarse en mejorar las habilidades de los trabajadores de más edad, creando más oportunidades para que las generaciones mayores y más jóvenes trabajen juntas, y responsabilicen a los agitadores por las consecuencias socioeconómicas que generan. Los subsidios a los más vulnerables deberían seguir siendo un último recurso.

En muchos sentidos, el encaprichamiento de los votantes de más edad con los populistas es un grito de ayuda. Corresponde a los políticos esclarecidos encontrar una respuesta constructiva.

Edoardo Campanella es un miembro Future of the World en el Centro para la Gobernanza del Cambio en la Universidad IE de Madrid. © Project Syndicate 1995–2018