Luis Mesalles. 28 junio

Las protestas de estos días nos ponen a pensar sobre lo que está pasando en nuestro país. Si bien no es extraño que la gente se manifieste, el nivel de violencia física, verbal y escrita, en especial, las publicaciones en las redes sociales, está muy por encima de lo que se acostumbra en una nación democrática como Costa Rica.

La situación económica es, ciertamente, mala, pero no pésima. La economía cada vez crece menos y el desempleo es elevado, mas el costo de vida está controlado. Las finanzas del Gobierno son precarias; sin embargo, se han tomado algunas medidas que nos llevan a concluir que estamos menos mal que hace un año.

El grado de violencia mostrado sobrepasa toda explicación económica. Tiene que haber algo más detrás de todo esto.

Me parece que existe un problema de expectativas. La gente pudo haber tenido esperanzas muy altas, por ejemplo, que este gobierno solucionaría el problema fiscal y económico de manera inmediata, cosa que no ha sucedido. Si bien no se le puede achacar toda la culpa a la administración Alvarado, dada la magnitud del mal estado en que heredó el país, sí pareciera que le ha faltado contundencia para tomar medidas adicionales a la reforma fiscal, aprobada hace seis meses.

El gobierno, desde entonces, ha invertido muchas fuerzas en conseguir la aprobación de los eurobonos, pero no ha puesto la misma intensidad en controlar el desperdicio en el sector público, a reducir privilegios o a luchar contra la evasión de impuestos. Las acciones para reactivar la economía y generar empleo, si bien están bien orientadas, han carecido de potencia.

En esas circunstancias, la gente no ve un futuro cercano alentador. Más bien, cuando le suma que el lunes empiezan a regir los nuevos impuestos, el futuro se ve peor. La confusión alrededor de la entrada en vigor de la reforma ahuyenta la inversión y retarda la reactivación. Y la disminución en el ingreso disponible, por la plata que nos quitará el gobierno en nuevos tributos, augura aún menos crecimiento.

Tal vez estoy siendo demasiado economicista en mi razonar. El grado de violencia mostrado sobrepasa toda explicación económica. Tiene que haber algo más detrás de todo esto. ¿Intereses oscuros, quizás, que pretenden desestabilizar al país para obtener beneficios políticos o de otra índole? La estrategia de crispación social con el fin de instalar gobiernos populistas autoritarios mediante la figura de un mesías o salvador no es nueva en Latinoamérica. Dios nos libre de caer tan bajo.

El autor es economista.