Luis Mesalles. 25 septiembre

La economía crecía bien; sin embargo, el esquema proteccionista imperante llenaba de privilegios a ciertos sectores, lo que hacía ineficiente el aparato productivo.

El Estado se hacía cada vez más grande, involucrado en cada vez más actividades. El gobierno era ineficiente y sus gastos crecían más que sus ingresos.

Mientras la economía mundial estaba bien y los capitales fluían ampliamente, el país podía endeudarse para cubrir sus desbalances, y así esconder sus defectos.

Cuando las condiciones se tornaron adversas, la producción cayó. Los capitales internacionales escasearon y el país se quedó sin cómo seguir financiando un Estado grande e ineficiente, con muchos sectores protegidos.

El gobierno de turno, que le tocó lidiar con esa situación a pesar de ser problemas heredados, se negó a hacer los ajustes requeridos, pensando que tenía tiempo.

Cuando ya el problema era insostenible y no quedaba otra alternativa más que recurrir al Fondo Monetario Internacional, el gobierno se negó a hacerlo.

Así fue como reventó la gran crisis de inicios de los ochenta en Costa Rica, de manera muy resumida. Como resultado, el tipo de cambio y la inflación se dispararon. La pobreza se duplicó. Los efectos de las pérdidas en educación e infraestructura todavía los sentimos hoy.

Hay muchas similitudes entre lo sucedido hace 40 años. Si bien hemos mejorado en cuanto a eficiencia y competitividad en algunos ámbitos productivos, otros dependen de la protección para sobrevivir. Varios más disfrutan de grandes privilegios a costa de los demás. Tenemos un Estado grande, metido en abundantes actividades, gastando mucho y mal.

Hemos pospuesto los ajustes estructurales durante años. Ahora estamos al borde del abismo. Quedan pocos dispuestos a prestarle al gobierno. Para salir del hueco, de manera sostenida, no queda otra que eliminar privilegios, reducir el tamaño del Estado para que sea más eficiente y mejorar la competitividad productiva.

Las reformas necesarias son duras, pero la alternativa de no hacerlas es todavía más dolorosa. Se requiere liderazgo valiente del presidente Alvarado para guiar a su propio gabinete y para negociar con los diputados las reformas adecuadas que lleven el país por el camino que evite que se repita la historia de hace 40 años.

El autor es economista.