Luis Mesalles. 4 enero

Los dos países más grandes de Latinoamérica están estrenando presidente. Aunque uno es considerado de derecha y el otro de izquierda, ambos ganaron sus elecciones con promesas de campaña de corte populista.

Tanto Jair Bolsonaro, en Brasil, como Andrés Manuel López Obrador, en México, prometen mejorar las condiciones para los pobres, disminuir la inseguridad ciudadana y luchar contra la corrupción (sobre todo la de sus oponentes políticos). Se diferencian porque Bolsonaro quiere dinamizar la economía mediante la privatización, mientras que López Obrador apuesta por una mayor participación del Estado, especialmente en el sector energético y a través de ayudas sociales.

El problema es que nosotros elegimos a los políticos con base en lo que prometen, esperanzados en que algún día sí logren resultados positivos

Los retos que enfrentan en sus países se verán magnificados por la posible desaceleración de la economía mundial. Lo anterior, en parte, producto de otros movimientos de corte populista llegados al poder en otras naciones: Trump, en Estados Unidos, y su agenda de restricción al comercio y fuertes controles migratorios; en el Reino Unido, el brexit; en Italia y en el sur de España, donde intentan formar gobierno mediante coaliciones que incluyen partidos populistas; Filipinas, Polonia, Hungría y muchos países de Latinoamérica hace un tiempo tienen gobernantes de corte populista.

Si bien a primera vista este tipo de políticas pueden sonar bien, usualmente sus efectos son negativos a mediano plazo. Las barreras al comercio, así como los controles migratorios y de precios, que buscan en un principio favorecer a productores, trabajadores y consumidores locales, suelen terminar en un menor crecimiento de la producción, más desempleo y precios al alza. Las ayudas sociales, mal manejadas, perpetuan la ineficiencia productiva y los problemas fiscales.

Venezuela es el ejemplo clásico de ese tipo de medidas, llevadas al extremo, que han generado una pérdida significativa en la calidad de vida de la mayoría de sus ciudadanos.

El problema del populismo no es de los políticos. Ellos siempre, casi siempre, incumplen las promesas que hacen. El problema es que nosotros elegimos a los políticos con base en lo que prometen, esperanzados en que algún día sí logren resultados positivos.

Por el bien de los mexicanos y los brasileños, y de todos los latinoamericanos, en general, esperamos que sus presidentes sean menos populistas en sus funciones de lo que fueron durante sus campañas políticas.