Luis Mesalles. 20 marzo

Las acciones tomadas por el gobierno para tratar de contener el coronavirus han trastornado nuestros estilos de vida. De ahora en adelante, nada será igual.

Con esto de quedarse en la casa, se refuerza el principio de responsabilidad de cada uno de nosotros tanto individual como social. Al cumplir las medidas sanitarias preventivas, nos protegemos nosotros y a nuestras familias para no contraer el virus. Pero, al mismo tiempo, ayudamos a detener la propagación fuera de nuestro círculo cercano.

Pensar que lo que está sucediendo se mantendrá de manera permanente y que con ello encontramos la solución a la contaminación del planeta, sería ilusorio.

Aunque no todos sigan al pie de la letra las instrucciones de las autoridades sanitarias, sí parece haber una mayor conciencia entre la población acerca de que las acciones de cada uno tienen un efecto sobre los demás miembros de la comunidad.

Los patrones de consumo y producción también han cambiado. El qué, el cómo y el para quién están siendo revisados. La gente casi no sale a comer a restaurantes; come en casa. No va al cine, teatro o espectáculos; se queda leyendo, viendo tele, jugando por Internet o con la familia. Muchos están optando por el teletrabajo y, por tanto, no usan transporte para ir a la oficina. Se está cuestionando la necesidad de tanta reunión presencial, eliminando algunas y usando herramientas para reunirse de forma virtual, en otros casos.

Las empresas están revisando sus procesos productivos para buscar ahorrar donde se pueda. En algunos casos, los cambios han sido forzados por problemas en la cadena logística de insumos.

Uno de los efectos más notorios de los cambios se produjo en el consumo de energía. En parte, por la disminución del uso del transporte y, además, por el cese de producción de algunas fábricas. En consecuencia, la contaminación se ha reducido drásticamente, como lo atestiguan los mapas de polución de varias ciudades alrededor del mundo.

Pensar que lo que está sucediendo se mantendrá de manera permanente y que con ello encontramos la solución a la contaminación del planeta, sería ilusorio. Pero nos demuestra que lo que hacemos, y cómo lo hacemos, tiene un impacto en el entorno.

De ahí que, dentro de todo lo malo del coronavirus, surge una lección: es nuestra responsabilidad revisar cómo vivimos y cómo trabajamos, qué compramos y cómo lo usamos. De nuestro actuar depende no solo nuestra calidad de vida, sino la de todo el planeta.

El autor es economista.