Luis Mesalles. 23 octubre

Los cambios tecnológicos eran rápidos antes de la pandemia del nuevo coronavirus; ahora son vertiginosos. En el mundo de la tecnología se habla de exponenciales. Si algo se duplica cada año, cuatro años después será ocho veces más grande.

Sin embargo, si se duplica cada mes, al pasar cuatro años será 140 billones de veces más grande.

Eso implica enormes alteraciones en nuestras formas de vivir y de trabajar. En todo.

A través de la innovación, del pensamiento “fuera de la caja”, es como las personas y las organizaciones se diferencian de las demás.

Antes se decía que quien seguía haciendo lo mismo de siempre terminaría con los mismos resultados de siempre. Pero ahora no.

Al que siga haciendo lo mismo de siempre le sucederá lo del camarón que se duerme: se lo llevará la corriente. No se quedará estancado; desaparecerá.

Para estar preparadas para la innovación, las organizaciones, y las personas que las conforman, deben ser flexibles. Es decir, estar dispuestas a cambiar lo que hacen y como lo hacen.

Deben tener una gran capacidad para analizar el entorno, para entender cómo las afecta lo que sucede fuera de la organización. A la vez, conocerse muy bien internamente para saber cuáles son sus virtudes y sus defectos.

El análisis de datos, sobre todo el big data, es fundamental. Se debe buscar ir más allá de únicamente conocer lo que se ve por encima.

Quedarse en el análisis de datos no sirve de nada si este no está acompañado de acciones. Lo ideal es analizar y tomar acciones de inmediato. Se vuelve a analizar y se actúa de nuevo. Es un proceso continuo.

Para lograr el éxito, las organizaciones deben estar conformadas por personas poseedoras de una gran disposición para el cambio. Empezando por el líder, que debe estar convencido de la necesidad del cambio y servir de guía al resto del grupo, de manera que todos vayan en la misma dirección.

Las organizaciones que se quedan estancadas, que no reaccionen a tiempo a los cambios del entorno y no pasen del análisis a la acción, están condenadas a desaparecer.

Ejemplos de empresas que desparecieron porque no fueron capaces de seguir el ritmo de cambios en su mercado abundan.

Ejemplos de gobiernos que se durmieron y fueron arrastrados por la corriente, también son muchos.

El autor es economista.