Luis Mesalles. 18 octubre

Ser migrante no es fácil. Implica abandonar la tierra que le vio nacer para aventurarse a ir a un lugar con cultura, costumbres y comida diferentes. Debe estar muy mal la situación para pensar que lo desconocido puede amparar algo mejor que el infortunio vivido en su país.

A mi papá le tocó vivir muy de cerca, de adolescente, la guerra civil española. Cuando terminó, Europa entró en la Segunda Guerra Mundial, lo cual hundió a España aún más en la miseria. De ahí que, con treinta años y ante la invitación de unos primos, decidió abandonar su pueblo y migrar a Costa Rica. La decisión de salir de Europa para irse a un pequeño y desconocido país en Centroamérica no debió de ser fácil.

Él contaba que, cuando el avión aterrizó en el aeropuerto de La Sabana, lo que más le llamó la atención fueron los techos herrumbrados. Se preguntó adónde se había ido a meter.

A punta de esfuerzo y mucho trabajo, se fue forjando un futuro. Junto con sus dos hermanos, decidió empezar un negocio de producción de huevos, algo novedoso en esos días. Como todo emprendedor, le tocó trabajar duro, en condiciones adversas.

Al inicio, debió dormir con las pollitas que recibía, por miedo a que se le murieran de frío o ahogadas. Para llevar al mercado los primeros huevos, tenía que caminar unos 500 metros con el barro hasta las rodillas, de la granja a la carretera principal de Pavas.

Mi papá aprendió nuevas costumbres, pero sin olvidar las de su tierra natal. Aprendió a comer papaya y gallo pinto, pero nunca perdió el gusto por la paella y el vino. Se hizo tico, pero nunca dejó de ser español y catalán.

Irse a vivir lejos de sus padres probablemente fue muy duro para él. Siempre fue un hombre de familia. Los momentos que más atesoraba eran cuando veía a su esposa, hijos, nietos y bisnietos reunidos alrededor de una mesa.

Fue un hombre bueno, amable y generoso. Siempre con una sonrisa en la cara, que transmitía paz. Tal vez por eso calzó tan bien entre el pueblo tico.

Quise contar este relato, muy personal, no solo porque mi papá ya no está aquí y lo extraño mucho, sino para hacer conciencia de que, detrás de cada migrante, hay un ser humano con sentimientos y con una historia. No se vale denigrarlo simplemente porque es diferente.

El autor es economista.