Dorelia Barahona. 28 enero

Muchos hemos comentado la película Roma de Alfonso Cuarón. La mayoría de los comentarios señala la vuelta al mensaje estético del cine con su realización. La verdadera razón de ser del cine como arte, por qué no decirlo.

Por más críticas que se escriban, Roma será premiada y recordada como la película que le devolvió al cine la propuesta poética en tanto espejo de la humanidad y de Latinoamérica. Porque al seguir a la universalidad como característica y requisito del arte en general, Roma simboliza a todas las Romas. A todas nuestras Romas, para ser más exacta. Las criollas, las mestizas, las decoloniales y coloniales. El lugar cercano toma la dimensión de localidad psicológica que nos va conformando con su materialidad. Ese es el lugar de la identificación. El topos de la emocionalidad y, si quieren, del alma.

Recuerdos. Todos recordamos el pasado en un lugar, en un mapa y como parte de una escenografía particular con la que nos identificamos y a la que muchas veces amamos y hasta añoramos. El barrio, la colonia, el pueblo, la comarca, la localidad que nos vio crecer y con la que compartimos la historia de una generación, de una familia y de nosotros mismos; es también un personaje en las vidas y todos tenemos la posibilidad de mirarnos en ese espejo, aunque muchos no estemos preparados para vernos reflejados en él.

La idea de paz, de amor, de justicia, de solidaridad o libertad se forjaron dentro de una tarjeta postal íntima

Las ideas con las que nos educaron también van ligadas a estos lugares. La idea de paz, de amor, de justicia, de solidaridad o libertad se forjaron dentro de una tarjeta postal íntima. Pregúntense sobre el primer amor y aparece una tarjeta postal de un lugar, con los personajes en un tiempo determinado.

Aunque sigamos viviendo en nuestra Roma o no, ese tiempo mental vuelve cada vez que recordamos nuestro pasado. Vive y se despliega en nuestra mente con la perfección de una proyección cada vez que la evocamos, aunque siempre sea editada de manera diferente.

Porque al contrario de lo que muchos piensan, los recuerdos no son fijos ni únicos y menos estimados de igual manera. Recordar orígenes campesinos, pasados con sufrimiento o infancias vividas con grandes dolores no es fácil. Muchas veces lo que hacemos es borrarlos.

Así que no impedir que brille con su luz humana sobre el presente el pasado de la cercanía, es uno de los logros de la película y un recordatorio para todos los que no quieren a su Roma. Para los que la olvidaron porque quieren olvidarla o porque les parece que no vale la pena reconocerse en ella, o porque todo es borrón y cuenta nueva en este presente de Photoshop y posverdades, donde se cree que se vive dentro de una internet y no en el barrio real, en la casa real y con los recursos reales.

Roma es todas las Romas vecinas. Dos o tres generaciones nos identificamos con su paseo al mar, con su casa llena de niños, con los perros sin nombre, con la violencia al acecho en la mesa, el carro, la plaza, la calle. Con la doble moral en su cúspide de gloria pregonando valores y tapando vicios, con la salud pública aún no nacida entre racismo y clasismo, a la orden del día.

Latinoamérica. Roma es todas las Romas vecinas y el triunfo de Yalitza sera el triunfo de todas las Yalitzas que luchan por un mejor destino. No de estrellas de cine, sino de personas, de mujeres con derechos. La servidumbre que existe todavía en tantos países latinoamericanos está claramente señalada en la película y su espejo podemos mirarlo tanto en el México como en el resto de la Latinoamérica de hoy, no de los años setenta.

Ver en el espejo es identificarse de manera sencilla y fácil con los universales que reconocemos como propios.

¿Porque seguir el ejercicio de identificarnos con características siempre lejanas, cuando tenemos nuestras Romas con todo su paleta estética que nos conmueve con solo recordarlas?