Columnistas

Las vallas electorales

Ningún electorado de la historia de la nación costarricense ha sido más arisco o indiferente que el actual.

Ningún electorado de la historia de la nación costarricense ha sido más arisco o indiferente que el actual. Desde hace dos décadas, la mayoría de los electores inició su repudio a la tradicional “fiesta electoral”; rechazaron toda exhibición de signos externos (banderas, afiches, calcomanías, camisetas), se alejaron por completo de las anodinas y anacrónicas plazas públicas, de los fantasmales clubes de partido, de otras brillantes muestras de creatividad democrática (“pintas” en calles y puentes, “piquetes”, etc.), y decidieron ir por sus propios medios a los centros de votación en respetuoso recato.

Sin aspavientos, los costarricenses trocaron el tropical carnaval electoral, con tanto empeño promovido por los políticos, en un proceso más serio y austero. La causa principal de este cambio todos la conocemos: un mundo más transparente que ha enseñado las entrañas del poder y una ciudadanía menos ingenua, más independiente y crítica, provocaron, indefectiblemente, un generalizado desencanto y desafección con la política partidaria.

Entonces, cabe preguntar, ¿en qué invierten hoy los partidos los miles de millones que obtienen de la deuda política si, forzados por una ciudadanía más independiente, informada y escéptica que rechaza de cuajo la charanga electoral, ya no tienen que gastar en esas primitivas expresiones políticas?

Carteleras gigantes. Algunas de las opciones que muestran cierta fuerza electoral en la actual campaña están desconcertadas por el rechazo o desinterés de la mayoría de los electores. En ese desconcierto han utilizado uno de los últimos recursos de la política electoral tradicional para el cual no se requiere contar con la aquiescencia de los ciudadanos: las vallas. El potente, oneroso y macondiano despliegue de vallas de esta campaña electoral no tiene parangón. A veces me pregunto qué pensarán los turistas educados cuando ven ese pueril despliegue de vanidades y banalidades.

Entre veras y bromas, desde hace tiempo he dicho que doy un suculento premio a quien me enseñe un terrícola que, sobrecogido por la duda o por el desinterés electoral, al ver una flamante valla con propaganda electoral exclame ¡eureka! al ver disipadas sus profundas dubitaciones.

Insultan la inteligencia de los costarricenses, y la de ellos mismos, los candidatos que creen en la fuerza comunicadora de esos espacios.

Es muy distinto vender un bien o un servicio (para lo cual una valla puede ser un medio eficaz), que un candidato presidencial y un partido. El bien y el servicio tienen una vida que puede ser modificada por entero por sus dueños; los candidatos y los partidos tienen una biografía que no se puede modificar o borrar; la percepción selectiva, principal ingrediente de la comunicación humana, opera de manera potente con la política y de forma tenue con la publicidad comercial.

Nadie rechaza con furor e indignación un bien o un servicio, mientras que los candidatos y los partidos provocan elevadas pasiones. Esta es una de las razones por las cuales la propaganda política tradicional posee una capacidad de persuasión casi nula.

Deuda política. En su momento, los costarricenses debemos pedir cuentas a los partidos políticos del destino de los fondos de la deuda política, e impedir que vuelva a repetirse este derroche de hinchados egos y patéticas perogrulladas financiado con dineros públicos que en nada enriquece la campaña electoral.

En esta elección, como en la anterior, muchos costarricenses esperarán hasta el final para tomar su decisión de voto. Haciendo caso omiso de las insulsas vallas y de los tediosos spots, mirarán y escucharán con atención los debates; leerán artículos, entrevistas, noticias y reportajes; y verán programas de opinión relacionados con la campaña electoral; escrutarán las redes sociales y las opiniones de sus parientes, amigos, vecinos y compañeros de trabajo, y al final decidirán, con el alma en vilo, cuál opción es la menos inconveniente para el bienestar de Costa Rica.

El autor es analista político.

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