Víctor Hurtado Oviedo. Hace 5 días

Cuando hay huelgas en Costa Rica, los televisores se hunden en el pasado y nos brindan las mismas caras nuevas. ¿No era aquel el mismo dirigente de la huelga trasanterior? ¿No es esa dirigente la que agitaba y se agitaba en la huelga de 1960? Sí; eran, son y serán los mismos. No es que los dirigentes sindicales vivan en el pasado: es que se han instalado en el presente eterno.

En Costa Rica, año tras año tras año, los partidos y los sindicatos son dirigidos por las mismas personas y por sus amigos; y hasta los manejan verdaderas familias, que se pasan los cargos directivos como quienes heredan los muebles del abuelo.

Obviamente, los sindicatos deben existir en el sector público y en el privado, y las leyes deben protegerlos; pero estas no deben permitir que castas de vividores abusen de un derecho colectivo

Ciertas personas, muy ingenuas, creen que algunos seres han nacido para gobernar, de modo que están en lo suyo cuando manejan lo nuestro; pero no: nadie ha nacido para gobernar, ni siquiera en las democracias, en las que elegimos a los mandatarios (en realidad, solemos comprar los panes de ayer que están en la vitrina). Los sociólogos nos hablan de la “clase política”; mas esta idea difunde la borrega aceptación de que “ellos” (“los políticos”) forman una clase –nosotros, la que queda: el saldo de almacén–.

No hay “clase política”. Por supuesto, nadie sabe por qué “los políticos” forman una “clase” ni qué tienen de especial (nada); empero, de tanto repetirnos que hay una “clase política”, acabamos creyendo que alguna gente emergió hacia la patria tocada por los dioses. No: más que un Olimpo, la “clase política” es una buseta apelmazada de la que se niega a tirarse el dichoso que se subió en alguna curva de la historia.

De paso sea dicho, el invento de “los políticos” es otra forma de agacharnos la cabeza. “Juan es un político”, nos cuentan; mas ¿qué es ser político?: nada. Sabemos qué es ser zapatero (quien hace y compone zapatos), qué es ser dentista (quien nos sana la dentadura), y así... No obstante, nadie puede precisar el contenido de dos “profesiones”: la del modelo y la del político.

La modelo (o el modelo) es quien puede caminar más o menos vestida la distancia de diez metros (cinco de ida y cinco de vuelta): esto es todo, y ello permanece al alcance de cualquiera. Todos podemos ser “modelo”, y, si no lo somos, es porque nadie nos llama. Así también, la “profesión” del “político” consiste solamente en tomar decisiones; o sea, en lo que todos hacemos siempre, hasta cuando elegimos entre dormir o seguir jugando con el gato. En resumen, la “profesión” del modelo y la del político no existen: son cuentos.

Rizar el rizo sería agregar que, como no hay “profesión política”, tampoco puede haber “carrera política”; o sea, nadie debe quejarse de que los traidores-electores le han interrumpido su “carrera política” como si le hubiesen quitado el micrófono en un karaoke: hay gente esperando, oiga. Habría que prohibir todas las reelecciones. Lo dicho: nadie ha nacido para gobernar.

Cinco condiciones. Volvamos a los dirigentes sindicales, que se quedaron donde siempre están (es lo suyo). Debemos impedir que los sindicatos sean dirigidos por las mismas personas, y debido a varias razones. Una es que nadie ha nacido para gobernar. Otra razón: las reelecciones tienden a crear castas vitalicias. Al fin: las castas son antidemocráticas y generan corrupción económica (cuando no acosos sexuales).

Obviamente, los sindicatos deben existir en el sector público y en el privado, y las leyes deben protegerlos; pero estas no deben permitir que castas de vividores abusen de un derecho colectivo. Cuando está por debatirse una nueva ley de sindicatos, ella debe aplicar un principio esencial: hay libertad para formar sindicatos como lo deseen los afiliados, pero el Estado solamente negociará con las directivas que presenten ciertas condiciones.

Algunas condiciones: 1) la directiva no incluirá más de un 30 % de personas reelegidas; 2) el secretario general solo podrá ser reelegido pasados tres periodos; 3) se elegirá a las directivas mediante el voto secreto, directo y universal de dos tercios o más de los afiliados; 4) habrá por lo menos dos listas de candidatos (sin considerar sexos ni otras condiciones naturales pues no crean derechos); 5) el Tribunal Supremo de Elecciones vigilará y confirmará las elecciones de las directivas, y su aval será indispensable para que el Estado negocie con ellas.

Los afiliados de los sindicatos pueden elegir reyes o emperatrices si lo desean (tienen plena libertad para hacerlo), pero deben saber que el Estado solamente negociará con las directivas que hayan sido elegidas respetando los principios de la democracia, que no son solamente laborales, sino de todos los sistemas políticos ilustrados.

Ya basta de las mismas caras nuevas.

El autor es ensayista.