Columnistas

Las lecciones de Kofi Annan sobre liderazgo global

El mundo se enfrenta a un conjunto de crisis sin paralelos: una guerra en Europa que podría convertirse en conflicto nuclear, enormes alzas en los precios de los alimentos que afectan con mayor dureza a los más pobres, la pandemia de covid-19 y la emergencia climática.

Necesitamos hombres y mujeres con principios para forjar respuestas atrevidas y moralmente consistentes a estos y otros problemas mundiales. Por desgracia, estas personas son escasas.

Muchos políticos prefieren promover políticas que dividen, evitar decisiones difíciles y negar la escala de las amenazas. Otros han intentado abordar estas cuestiones con honestidad, pero quienes abogan por la cooperación y la solidaridad están a la defensiva, como lo ilustró con claridad la desilusionante Conferencia sobre el Cambio Climático celebrada en Glasgow el año pasado y la obscena desigualdad global del acceso a las vacunas contra la covid-19.

En tiempos como este, debemos reconocer y honrar a aquellos líderes que enfrentan los retos globales con responsabilidad y espíritu constructivo. Hace veinticinco años, Kofi Annan, una de esas figuras, se convirtió en secretario general de las Naciones Unidas en otro momento de desorden global, entre la incertidumbre política y los conflictos regionales que surgieron después del fin de la Guerra Fría. Aunque entonces no habría podido saberlo, el sistema de la ONU pronto enfrentaría los traumas del 11/9 y la Guerra de Irak.

Kofi dirigió la ONU con humanidad y visión estratégica. Revolucionó la planificación del desarrollo internacional al lanzar los objetivos de desarrollo del milenio (ODM), precursores de los actuales objetivos de desarrollo sostenible.

Desarrolló innovadoras alianzas como el Fondo Global —que reúne a la sociedad civil, el sector privado y organismos internacionales— para combatir el VIH/sida.

Supervisó el envío de cuerpos de paz de la ONU para estabilizar y reconstruir Estados débiles, como Liberia, y ayudar a construir otros nuevos, como Timor-Leste. E introdujo la idea de una “responsabilidad internacional de proteger” a las personas vulnerables frente a las atrocidades masivas.

Como administrador de la ONU, a Kofi le importaba profundamente la institución en que había pasado la mayor parte de su vida profesional, por lo que buscó hacerla más abierta, inclusiva y transparente. También, fue el primer secretario general en desarrollar un vínculo entre la ONU y el sector privado, y apoyó fuertemente a la sociedad civil.

Más aún, estimuló a las principales potencias a reformar el Consejo de Seguridad, de modo que refleje las realidades posteriores a la Guerra Fría. No le habría sorprendido la actual inacción del Consejo sobre Ucrania, aunque eso no le hubiera impedido hacer todo lo posible por detener el conflicto.

Como figura pública, disfrutó el reconocimiento y respeto que la mayoría de los líderes nacionales con los que colaboró solo podían envidiar. En parte, eso se debió a que tenía una actitud de decencia y respeto instintivo para los demás, que impresionaba a quienes lo conocían.

Sacaba lo mejor de sus colegas y podía reír con ellos —y de sí mismo— incluso en momentos de mucha presión. Conectaba rápidamente con los jóvenes, los inspiraba y daba esperanza. Mientras los funcionarios de la ONU se referían a él, por respeto, como “el Sr. Annan”, para muchos, nosotros entre ellos, era simplemente Kofi.

Además de sus cualidades personales, Kofi cimentó su liderazgo en ciertos principios básicos. Uno de ellos era su profundo respeto por las normas e instituciones del orden internacional de posguerra, reflejado en la Carta de la ONU, que consideraba eran los puntales de la paz y la seguridad.

Esto no significa que siempre fuera cauteloso. Si bien podía ser pragmático en caso necesario, también asumió riesgos. En 1998, viajó a Bagdad a reunirse con el presidente iraquí Sadam Huseín en un esfuerzo por evitar una guerra abierta en Oriente Medio, y apoyó la creación de la Corte Penal Internacional, a pesar de la enconada oposición de los sucesivos gobiernos estadounidenses.

No hay dudas de que Kofi sabía que no todas sus apuestas diplomáticas serían fructíferas. Estaba empecinado en buscar la paz, incluso donde las posibilidades de éxito eran escasas, como con el conflicto palestino-israelí.

Tras dejar el cargo de secretario general a finales del 2006, siguió trabajando por la paz en países tan diversos como Kenia, Siria y Myanmar. A pesar de la frustración que sentía algunas veces, continuó el exigente trabajo de desarrollar relaciones con interlocutores políticos complicados hasta su muerte, en el 2018.

A Kofi lo guiaba una preocupación fundamental por la dignidad y el bienestar de toda la humanidad, especialmente los más vulnerables. Eso dio forma a su promoción no solo de los ODM, sino también de las elecciones libres y las instituciones democráticas.

Se consideraba a sí mismo un promotor mundial del bien común, argumentando que los países comparten un “destino común” que “solo podemos alcanzar si lo enfrentamos juntos”.

Resulta fácil admirar sus virtudes en retrospectiva, pero es más difícil que los líderes las imiten en el presente. En tiempos de populismos y división, quienes encarnan la solidaridad y la unidad —dentro de los países o entre ellos— a menudo no se escuchan entre la bulla del discurso público. En consecuencia, es vital hablar más alto en su nombre.

Por esta razón, nuestras organizaciones —la Fundación Kofi Annan, el International Crisis Group, el Instituto Internacional por la Paz y las Fundaciones Open Society— han unido fuerzas para lanzar una nueva iniciativa para destacar a líderes que reflejen las cualidades de Kofi.

Más entrado este año, y en cada uno de los que le sucedan, invitaremos a una persona líder nacional o una figura internacional inspiradora a dar una charla en Nueva York acerca de los valores de la cooperación internacional.

Realizaremos la selección basándonos en su compromiso con los derechos humanos, la solidaridad internacional y la defensa del sistema internacional que caracterizó la vida y trabajo de Kofi.

“Siempre he creído que los líderes deben guiar en asuntos de importancia”, Kofi declaró en el 2014. “Cuando los líderes no lo hacen, y la gente está realmente preocupada por el tema, esta debe tomar el liderazgo y hacer que los líderes la sigan”. Hoy más que nunca debemos proteger, celebrar y promover las virtudes que él encarnó.

Nane Annan es promotora de la nutrición, artista y exabogada, esposa del fallecido Kofi Annan. Mark Malloch-Brown es presidente de las Fundaciones Open Society. Comfort Ero es presidenta y directora ejecutiva del International Crisis Group. Susana Malcorra es exministra de exteriores de Argentina. Zeid Ra’ad Al Hussein, ex alto comisionado de la ONU de derechos humanos, es presidente del Instituto Internacional por la Paz.

© Project Syndicate 1995–2022

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