Por: Fernando Zamora.   1 septiembre

Algunos lectores de mi artículo titulado “Adoctrinamiento juvenil” (La Nación, 20/8/2018), me han solicitado que amplíe una noción a la que aludí allí, denominada “la ventana de Overton”. El concepto lo introdujo Joseph Overton, doctor en leyes y analista social estadounidense. Consiste en la descripción de la estrategia utilizada por grupos radicales cuyo objetivo es señalar como social y culturalmente aceptables conductas o posiciones extremistas.

Básicamente, describe una estrategia de manipulación de masas para legalizar o convencionalizar toda práctica o posición ideológica, por polémica, radical o inconveniente que esta sea. Esa estrategia surte hoy fácil efecto en las llamadas sociedades del placer o de consumo. ¿Por qué? Porque es donde el relativismo se entronizó y devaluó el entendimiento de lo que la verdad es. Por ende, no existe el sentido del bien ni del mal. Sociedades en donde la línea divisoria entre lo moralmente correcto o no se difumina peligrosamente.

Quienes verdaderamente han dejado huella para los siglos lo lograron porque se afirmaron en convicciones genuinas

La estrategia de tal “ventana” está entronizando en Occidente conceptos, los cuales, desde el derecho natural, e incluso desde el sentido común, son inconvenientes.

Ocho pasos. La estrategia consiste en ocho pasos. En el primero se selecciona una conducta o idea. No importa ni interesa que sea absolutamente insensata o inconveniente. Para empezar a introducirla en la sociedad, lo primero es justificarla desde la perspectiva de una “moderna” construcción ideológica o un aparente descubrimiento.

Para ello se utilizan determinadas técnicas de manipulación del lenguaje. Por ejemplo, mediante términos disimulados o eufemismos para referirse a aquellas acciones indudablemente censuradas. Aquí una ilustración: al aborto se le deja de llamar aborto y en su lugar se habla de “interrupción del embarazo en resguardo del derecho sexual reproductivo”; disocia la palabra de su verdadero significado.

Siempre se invocará la libertad de expresión en resguardo del objetivo, y dentro de esa misma construcción ideológica se reescribe la historia acomodándola a conveniencia. Lograda alguna mínima justificación intelectual en torno al asunto, invocando siempre para ello declaraciones de “autoridades expertas”, se empieza a permear las mentes.

Con esta primera estrategia, el asunto logra introducirse en la comunidad. No importa si es a todas luces inadecuado y no representa una necesidad real que resolver. El solo hecho de introducirlo es lo que en estrategia militar se llamaría tomar “una cabeza de playa”.

Reclutamiento y activismo. El segundo paso es el reclutamiento en favor de la noción ideológica ya introducida. Se conquista un grupo de radicales afines a la “causa” y así necesariamente se genera activismo, ojalá lo más agresivo posible para posicionar la idea definitivamente.

En este punto, surge el tercer paso. El activismo agresivo provoca el morbo que hace llamar la atención, tanto de la ciudadanía en general, como necesariamente de los medios de comunicación, que se ven conminados a informar al respecto.

Superado este punto, se llega al cuarto paso. En esta etapa, el agresivo activismo, sumado a la atención de los medios y la ciudadanía, obliga tanto a la opinión pública como a los tomadores de decisiones a posponer sus agendas y a discutir las cuestiones que los activistas traen monotemáticamente a colación; una y otra y otra vez.

En el quinto paso, ya posicionado el asunto como tema de discusión, quien no lo acepta es censurado, marginado y señalado por las voces activistas, como intolerante. El dogma ideológico empieza a imponerse como socialmente aceptable y los líderes que censuran las ideas que hasta hace poco eran contrarias al derecho natural y al sentido común empiezan a ser etiquetados, estigmatizados como enemigos radicales del progreso y de la nueva “ensoñación”.

Así, son “separados de la masa” con intenciones lapidatorias. Quienes se resisten a ser “¿Dónde va Vicente? Donde va la gente” son marcados por los activistas radicales con fines de fusilamiento. A esta altura, los activistas logran invertir la realidad, y quienes terminan etiquetados como enemigos radicales son quienes intentaban evitar que se cayera en peligrosos extremismos.

Convencimiento. En el sexto paso, una masa acrítica está convencida de que la sociedad debe conceder aquello como algo improrrogable, pues es una demanda indispensable para quienes lo exigen. En este punto, el concepto pasó a ser aceptable o incluso necesario.

En las sociedades de consumo, el fenómeno se termina de consolidar cuando el mundo del cine, la televisión, la música y el entretenimiento se suman a la imposición de la idea.

En el sétimo paso se idealiza el concepto y se crea un imaginario mítico. En dicho imaginario, los primeros activistas en haber concebido o promovido el nuevo dogma pasan a ocupar una suerte de olimpo de los nuevos héroes.

En la historia humana, por ejemplo, un genio en la elaboración de este paso de la estrategia descrita fue Joseph Goebbels, el macabro ministro de propaganda nazi, quien creó toda una mitología alrededor de las ideas racistas de aquel régimen.

En el octavo y último paso, una vez consolidado políticamente el objetivo, se pasa a la obligatoriedad. A la imposición por imperatividad legal y judicial. El poder policial del Estado se coloca en función del objetivo. El politólogo ruso Evgueni Gorzhaltsán sostiene que en las sociedades de consumo, desprotegidas por la relativización de la verdad, la estrategia descrita se puede utilizar para imponer cualquier fenómeno. Es cuestión de decisión, paciencia y perseverancia. Sin embargo, al final del camino, la paradoja es que, independientemente de lo que nos terminen convenciendo, siempre arrastraremos las consecuencias de las malas decisiones y las políticas públicas inconvenientes.

Como bien lo sostenía el afamado escritor G.K. Chesterton, este tipo de nuevo rebelde, que nos fuerza a aceptar novedosos dogmas a partir de la negación de la verdad, no puede en realidad ser un verdadero revolucionario, pues toda denuncia implica la necesidad de sostenerse en una doctrina moral y, por tanto, aferrarse a la noción de lo que la verdad es.

Quienes verdaderamente han dejado huella para los siglos lo lograron porque se afirmaron en convicciones genuinas. Pero ese hombre moderno, el que ha decidido sublevarse a la verdad, se vuelve inútil para los propósitos y para el ideal del cambio auténtico.

El autor es abogado constitucionalista.