Velia Govaere.   2 marzo

El bloqueo fitosanitario a la importación de aguacates Hass, prioritariamente mexicanos, llegó a su momento crítico. Después de cuatro años, y a las puertas de formidables costos legales, sanciones económicas y desprestigio internacional, la administración Alvarado quiso sacar las castañas del fuego. Para evitar mayores daños, los jerarcas comerciales de ambos países habían, en diciembre, llegado a un acuerdo para resolver el diferendo por una vía alterna a un inminente panel de la Organización Mundial del Comercio (OMC), derivado de la denuncia mexicana contra Costa Rica. Saludable intento, desdichadamente, a destiempo y a contracorriente de la narrativa oficial.

Ante aquel acuerdo, habíamos respirado aliviados. No así los productores nacionales, alentados, como estaban, a asumir la medida proteccionista como derecho adquirido. Ahora fueron ellos quienes obstaculizaron la solución, negando el ingreso a sus fincas de autoridades mexicanas, como testigos de la recolección de datos.

El Ministerio de Comercio Exterior (Comex) temblaba esperando comprensión de los mexicanos. Al fin y al cabo, la narrativa proteccionista trasnochada fue doctrina aprendida por los productores de sus propias autoridades. Uno puede poner eso en contexto para una percepción indulgente con su actitud de ahora. Eso no le resolvía nada a México. Con la bola en nuestra cancha, éramos nosotros quienes debíamos enderezar el entuerto. No lo hicimos.

Protección encubierta. El gobierno de Carlos Alvarado se encontró con un hecho consumado. Su antecesor, de triste memoria, había sucumbido a la torpe tentación de proteger a los productores nacionales de aguacate utilizando esa medida como restricción encubierta al comercio.

El proteccionismo venía en el ADN de su partido, de cepa anti-TLC. Después de todo, ese gusanillo, extemporáneo y anacrónico, ni siquiera el PLN ha podido superarlo enteramente. Si no, que nos pregunten a todos los que comemos arroz en este país.

Por la claridad que teníamos de esas dolencias ideológicas, no nos asombró cuando Luis Guillermo Solís se puso las botas como símbolo de su compromiso con la agricultura. Se cayó al pasar un río. Era de esperarse. Triste premonición de lo que nos aguardaba. El bloqueo al aguacate fue su “marca país”, uno de sus menos honorables legados. Ahora pagamos el precio.

Al comienzo todo fue fiesta y panegíricos. El bloqueo se presentó como defensa legítima de los agricultores. Un estudio del Ministerio de Economía, Industria y Comercio (MEIC) llegó hasta a negar impactos en abastecimiento y precios.

Aguacate en mano, un ministro salió a la calle, con teatralidad digna de mejor causa. Aplausos no se hicieron esperar. Conforme se agudizaba el desabastecimiento, los ingresos de los productores comenzaron a subir, en detrimento de los consumidores.

A tal nivel llegó el desatino, que en estos días hubo justificación factual para sacar el aguacate de la canasta básica, porque el INEC comprobó que ahora no es consumido por los sectores más vulnerables. ¡Qué tristeza! El bolsillo de los pobres ya no da para esa fruta. El aguacate quedó convertido en producto suntuario. Es un lujo comerlo.

Como era de esperarse, al compás de su artificial protección, bajó la productividad de las fincas nacionales. La misma tonada que con el arroz, hoy un 12 % menos productivo que cuando comenzaron a subsidiarlo. ¡Ni los defiendas, compadre!

Crujir de dientes. Si los subsidios al arroz han podido salvar el día, al aguacate le llegó el crujir de dientes. Es una historia que no parece tener un final feliz. Nunca lo tiene. Cada vez que un país sucumbe a la tentación de proteger sectores productivos utilizando medidas técnicas como restricciones encubiertas al comercio, los afectados suelen ser, en última instancia, los sectores pretendidamente defendidos.

Si aumentan sus ingresos es solo a costa de su productividad, siempre a expensas del consumidor y, con mucha frecuencia, en beneficio de muy pocos.

En el caso del arroz, artificialmente costoso, el proteccionismo golpea directamente a los hogares más pobres. El 5 % de los ingresos de los sectores más vulnerables se gastan en ese decisivo producto de la canasta básica. Mientras tanto, los grandes beneficiarios de subsidios y precios regulados no completan los dedos de las manos. Seis compañías, apenas, se quedan con la tajada del león. Ellas se llevan el 70 % de las ganancias del esquemita proteccionista que las cobija, para comprar barato en el exterior y vender caro localmente. En el caso del aguacate, la mesa de los pobres quedó simplemente excluida de su consumo y el país en la picota.

Sanción inminente. A como están las cosas, Costa Rica enfrenta inminentes costos legales y la nada atractiva perspectiva de una sanción impuesta por la OMC. Estábamos sujetos a la clemencia de México, que lleva las riendas del proceso y perdió la paciencia por nuestros incumplimientos.

Después de cuatro años de pernicioso proteccionismo, los productores de aguacate de los Santos se sienten traicionados. ¿Cómo culparlos? El ministro de Agricultura se “excusó” por la negociación con los mexicanos “a sus espaldas”. ¡Claro! ¿Cómo explicarles a esos productores que nunca debieron haberse atenido de forma permanente a una protección artificial y arbitraria? Después le tocó a Comex, a su vez, intentar una excusa para los mexicanos. ¿Cuál fue su disculpa para amparar al país de la justa indignación de uno de sus primeros grandes socios comerciales cuya buena voluntad, en este caso, ha sido una y otra vez burlada?

Para ser honestos, en aquel y en este gobierno, Comex ha tenido que bailar una tonada que le es ajena. ¿Cómo defender algo en lo que no se cree? A Alexánder Mora y a Dyalá Jiménez les ha tocado lidiar con la poco envidiable tarea de defender lo indefendible. Ahora lo tendrán que hacer ante la OMC.

Desde 1985, Costa Rica definió un nuevo eje de desarrollo, rompiendo viejas tradiciones de estatismo productivo y de proteccionismo comercial. Pero nunca es radical en nada, jamás completamente consecuente con sus propios paradigmas.

Dejó de ser estatista, pero sigue buscándole acomodo a un Recope supernumerario, que funcionaría con el 40 % de su personal. Nada extraño que cuando Costa Rica se abrió al mundo, también lo hiciera con bemoles. A su meritorio éxito exportador se contrapone, en el caso del aguacate, la pervivencia de una supina estupidez proteccionista que nos estalla hoy en la cara.

La autora es catedrática de la UNED.