Armando González R.. 2 octubre, 2016

La explicación inicial del desaire costarricense al presidente Michel Temer en Naciones Unidas fue una jerigonza. Los opinólogos más optimistas la atribuimos a la poca destreza del redactor del comunicado. Esperábamos, en los días siguientes, un razonamiento comprensible. Seguiremos esperando.

La Cancillería descartó caracterizar el gesto como protesta por la destitución de la presidenta Dilma Rousseff. Ese es el casus belli de los países de la Alianza Bolivariana, cuyas delegaciones también abandonaron el recinto. Nuestra diplomacia negó, además, la existencia de un acuerdo con esas naciones para protestar contra el mandatario brasileño. Costa Rica actuó sola, por razones diferentes, cuya naturaleza el gobierno no parece dispuesto a revelar.

Luego de varias declaraciones presidenciales y una comparecencia del canciller, Manuel González, ante la Asamblea Legislativa, la mejor explicación es la ininteligible jerigonza del comunicado inicial. Cuando se le pidió al presidente, Luis Guillermo Solís, precisar las razones de su actuación, se negó a hacerlo por respeto a la comparecencia del ministro en el Congreso. Cuando el diputado Rolando González pidió lo mismo al canciller, comenzó por decir que el presidente ya se había referido al tema.

Poco después, añadió que el gesto nació de la preocupación nacional por una “tendencia” de actos que pueden atentar contra la democracia en Brasil”. No mencionó un acto concreto. Los elementos constitutivos de la difusa “tendencia” permanecen en el misterio, pero son suficientemente graves para crear tensiones en la relación con Brasil.

Los opinólogos señalarán la inconsistencia entre el rechazo a las “tendencias” brasileñas y la pasividad frente a los bien marcados derroteros antidemocráticos de Venezuela, para citar un ejemplo. En ausencia de mejores explicaciones, interpretarán los hechos como una ridícula actuación teatral, concebida para congraciarse con los bolivarianos sin medir las consecuencias.

Ejecutada la ocurrencia, el gobierno no se atreve a concretar motivos para no avivar la hoguera donde se cuece solito. Por otra parte, se apresura a descartar los más serios para ver si con eso alivia tensiones. Lo sucedido en Brasil no es un golpe, como dicen los bolivarianos, cuyas motivaciones no compartimos, aunque saliéramos juntos del recinto. Además, no nos salimos del todo, porque allí quedó sentado al embajador ante Naciones Unidas.

Al final, protestamos un poquito, solitos, por motivos que no vamos a dar a conocer en detalle para evitar enojos innecesarios.

El autor es director de La Nación.