Ricardo Hausmann. 31 marzo

CAMBRIDGE –Si uno está pilotando un avión, es útil saber cómo mantenerlo estable. Para ello, hay que poder leer los instrumentos. Si la altura del vuelo es constante, pero uno cree que el avión va en picada, es posible que tire la palanca de control y haga que la nave entre en barrena. Estamos en riesgo de que esto sea lo que sucede hoy con la política comercial de Estados Unidos.

En la raíz del problema se encuentran dos interrogantes: si en realidad Estados Unidos tiene un déficit comercial, y, de ser así, qué hacer al respecto. El gobierno de Trump dice que Estados Unidos de hecho tiene un déficit, y que la solución es una guerra comercial fácil de ganar.

A un arancel sobre el acero se puede responder, no con un arancel sobre el maíz, sino con un impuesto sobre Amazon o Google

Los economistas tienden a discrepar de la respuesta de Trump a la segunda interrogante, sosteniendo que los desequilibrios externos son reflejo de desequilibrios internos. En toda transacción, lo que una parte llama gasto, la otra llama ingreso. Por lo tanto, la suma de los ingresos de todos los participantes en el mercado debe ser igual al total de sus gastos. Pero, si uno divide el mundo en dos tipos de individuos –los residentes y los no residentes– entonces la única forma en que los no residentes pueden recibir más de lo que gastan en un país es si los residentes gastan más de lo que ganan. Es decir, los déficits externos reflejan lo que los residentes gastan por encima de sus ingresos, en cuyo caso el problema no va a desaparecer mediante una guerra comercial a menos que ella obligue a los residentes a gastar menos, por ejemplo, a través de gravámenes como aranceles. No obstante, el gobierno estadounidense está haciendo todo lo posible por lograr lo opuesto: rebaja los impuestos e incrementa el gasto en montos récord, con lo que agrava el desequilibrio. La política comercial no es la respuesta a los déficits comerciales.

La primera interrogante, sin embargo, sigue sin respuesta: ¿Existe realmente ese déficit comercial del que se habla? ¿Va cayendo el avión de tal modo que requiera acción? En el fondo, esta es una pregunta difícil. Érase una vez cuando casi todas las transacciones internacionales involucraban el comercio de bienes, los cuales son voluminosos, de modo que a los agentes de aduanas en puertos, aeropuertos y fronteras terrestres les resultaba fácil reportarlos a la oficina de estadísticas. En el año que terminó en setiembre del 2017, la balanza de bienes exportados e importados de Estados Unidos registró un déficit de $789.000 millones, o cerca del 4 % de su PIB.

Pero el problema reside en que hoy día el comercio internacional no comprende exclusivamente bienes, sino que también incluye servicios, como viajes, turismo, telecomunicaciones, transporte, seguros, y otros. En el mismo período, Estados Unidos registró un superávit de servicios de $242.000 millones, lo que implica que cuando se le suma al déficit de bienes, los números rojos de dicho país se reducen a $547.000 millones, o el 2,8 % de su PIB. Por ejemplo, en el caso de la relación bilateral con Canadá, incluir los servicios hace que el déficit se convierta en superávit.

Hay también otras correcciones, como los intereses y los dividendos pagados y devengados, además de las remesas laborales. Cuando se incluye todo esto en lo que se llama balanza en cuenta corriente, en el 2017, Estados Unidos registró un déficit externo de $450.000 millones, o el 2,3 % de su PIB.

En el ámbito contable, este déficit supone que se lo debe pagar ya sea liquidando activos financieros o emitiendo pasivos –o sea, incrementando la deuda neta (activos netos)–. Y a medida que la deuda aumenta en el tiempo, es preciso pagar sus intereses, con lo cual queda menos dinero para gastar. Si no se controla, tarde o temprano la acumulación de deuda pondrá fin al déficit.

De 1999 al 2017, la suma de todos los déficits en cuenta corriente oficiales de Estados Unidos llegó a $9, 4 billones. En 1999, los ingresos netos por intereses y dividendos llegaron a $11.000 millones. Estos serían los ingresos devengados de una posición de activos netos de $275.000 millones si se supone una tasa de rendimiento del 4 %. Pero desde entonces, dado el déficit en cuenta corriente estimado, Estados Unidos debería haberse endeudado en $9,4 billones, en términos netos. Sumado a la posición inicial positiva de activos netos de $275.000 millones, los números rojos estadounidenses deberían ser $9,1 billones. Y si suponemos que Estados Unidos se endeudó al 4 %, debería estar pagando $364.000 millones al año, en términos netos, a sus acreedores extranjeros.

Sin embargo, el monto que Estados Unidos paga por sus supuestos $9,1 billones de deuda neta es cero. Por el contrario, ganó $208.000 millones el año que terminó en setiembre del 2017, una diferencia de $572.000 millones. Si ello fuera consecuencia de poseer algún tipo de activo que rinda 4 % al año, significa que en lugar de deber $9,1 billones, Estados Unidos acumuló un activo cuyo valor es de $5,2 billones. Una enorme diferencia de $14,3 billones.

¿Qué está sucediendo? ¿Por qué Estados Unidos puede experimentar un déficit, endeudarse externamente, no pagar por ello, y en su lugar beneficiarse de manera extraordinaria? Y ¿qué es este extraño activo cuyo valor asciende al 73 % del PIB?

En un estudio que realicé en el 2005 junto con Federico Sturzenegger, el actual gobernador del Banco Central de Argentina, denominamos “materia oscura” a este extraño activo. De modo semejante a su equivalente cósmico, no se lo puede observar directamente, pero sus efectos se sienten, no a través de su fuerza gravitacional sino de su rendimiento financiero. El estudio mostró que el activo proviene principalmente del valor internacional de la tecnología de cada país, de formas que no son bien captadas por las estadísticas, pero que es real. Se le puede advertir en el extraordinario valor proveniente de las actividades internacionales de Amazon, Apple, Facebook, Google, Hollywood y Uber, las que no se captan bien como exportaciones ya sea de bienes o de servicios. Es un rendimiento financiero proveniente de la utilización de la tecnología de empresas como estas en el exterior, el cual en realidad pagan otros países.

Luego de tomar en cuenta la materia oscura, Estados Unidos no tiene déficit externo. Si se mantiene la posición actual, no se producirá una acumulación real de deuda que requiera un aumento en los pagos netos futuros al resto del mundo. Ignorar la realidad de la materia oscura implica actuar como si el avión estuviera cayendo en picada cuando de hecho va volando alto.

Donald Trump sostiene que una guerra comercial la gana fácilmente el país con déficit, puesto que la otra parte tiene más que perder. Pensemos otra vez. No existe déficit. Así como el comercio ha pasado de bienes a servicios y después al conocimiento, lo mismo puede suceder con las guerras comerciales. A un arancel sobre el acero se puede responder, no con un arancel sobre el maíz, sino con un impuesto sobre Amazon o Google. De hecho, la Unión Europea ya se está moviendo en esa dirección, aunque por motivos diferentes. Mantenerse en la oscuridad en cuanto a la materia oscura del comercio, conducirá al mundo a un lugar verdaderamente oscuro.

Ricardo Hausmann, exministro de Planificación de Venezuela y ex economista jefe del Banco Interamericano de Desarrollo, es director del Center for International Development de la Universidad de Harvard y profesor de Economía del Harvard Kennedy School. © Project Syndicate 1995–2018