Por: Bill Emmott.  15 abril

LONDRES – El mundo pronto será testigo de una prueba de voluntades histórica entre China y Estados Unidos, dos superpotencias cuyos líderes se consideran supremos. En lo inmediato, será una batalla por el comercio. Pero también está en juego el liderazgo estratégico del este de Asia y, llegado el caso, del orden internacional. Tal como están dadas las cosas, China tiene una posición más fuerte de lo que muchos piensan. El interrogante es si el presidente chino, Xi Jinping, se sentirá lo suficientemente confiado o tendrá la suficiente valentía como para querer demostrarlo.

Difícilmente la prueba de voluntades haya sido una decisión de China, pero tampoco es una sorpresa. Los aranceles a las importaciones al acero, al aluminio y a otros productos de fabricación china que anunció recientemente el presidente norteamericano, Donald Trump, están en armonía con su muestra de nacionalismo económico. Y su decisión de aceptar la invitación de Corea del Norte a entablar conversaciones bilaterales sobre su programa nuclear refleja la misma actitud de “cuando quieras” que aplicó a las amenazas anteriores de guerra norcoreanas.

La prueba inminente será histórica porque promete revelar las verdaderas fortalezas y actitudes de la creciente potencia del mundo frente a la potencia actual debilitada pero todavía líder. Para mejor o para peor, el resultado podría definir al mundo durante las próximas décadas.

En el frente comercial, el gran excedente bilateral de China con Estados Unidos podría significar que tiene más que perder como resultado de una guerra comercial, simplemente porque tiene más exportaciones que pueden verse penalizadas. Muchas veces se dice que los países con excedentes siempre son los mayores perdedores en cualquier escalada de las represalias en materia de aranceles y otras barreras.

Pero esta suposición elude varios puntos. Por un lado, China es más resiliente económicamente a los efectos de una guerra comercial que antes. El comercio como porcentaje de su actividad económica total se ha reducido a la mitad en los últimos diez años, de más del 60 % del PIB en el 2007 a apenas por encima del 30 % hoy.

China también tiene grandes ventajas en términos de política doméstica y diplomacia internacional. Como dictadura, China puede ignorar las protestas de los trabajadores y las empresas afectados por los aranceles de Estados Unidos. En Estados Unidos, donde en noviembre se llevarán a cabo las elecciones parlamentarias de mitad de mandato, la indignación de los exportadores, los importadores y los consumidores que enfrentan mayores costos se oirá de manera clara y rotunda.

Por supuesto, Trump también podría ignorar las protestas contra su guerra comercial si estuviera convencido de que atacando a China satisfaría a sus votantes de base y ganaría la reelección en el 2020. Pero los republicanos en el Congreso probablemente no piensen lo mismo, especialmente si sus estados o distritos están entre los afectados por los aranceles a las importaciones de China.

En términos de diplomacia internacional, la guerra comercial de Trump ayudará a China a erigirse como el defensor del orden internacional basado en reglas y de instituciones multilaterales como la Organización Mundial del Comercio (OMC). Sin duda, no todos los países seguirían el liderazgo de China. La OMC no reconoce a China como una economía de mercado, debido a la importante participación del Gobierno chino en la industria y al supuesto robo de propiedad intelectual.

Pero China tendrá la oportunidad de desempeñar el papel de víctima, sosteniendo al mismo tiempo que Estados Unidos ahora plantea la única mayor amenaza al sistema de comercio global que ayudó a crear. Y si una guerra comercial iniciada por Estados Unidos se prolonga, el argumento de China no hará más que cobrar fuerza en tanto sean más los países que resulten afectados por los efectos disruptivos de los aranceles.

Por supuesto, China puede optar directamente por no librar la guerra comercial de Trump. Con concesiones simbólicas –como un acuerdo para importar gas natural licuado producido por Estados Unidos o promesas de ofrecer nuevas garantías para los derechos de propiedad intelectual– podría convencer a Trump de cesar en su intento. Pero si Xi sospecha que una muestra de fuerza favorecerá la postura internacional de China debilitando al mismo tiempo la de Estados Unidos, tal vez decida actuar en consecuencia.

La cuestión norcoreana es más complicada. Pero ahí también China tendrá una ventaja. Aun obstruyendo un progreso real en las conversaciones, China ya se asemeja a un buen ciudadano global. En el transcurso del último año, ha venido presionando al líder norcoreano, Kim Jong-un, para negociar. Al participar en las sanciones económicas coordinadas contra el régimen de Kim, y al limitar, supuestamente, las exportaciones vitales de petróleo y otros productos esenciales a Corea del Norte, China ha ejercido un papel a la hora de sentar a Kim a la mesa.

En los papeles, el interrogante fundamental es si Corea del Norte estará dispuesta a abandonar su programa de armas nucleares, fruto de más de 30 años de trabajo. Y como bien sabe China, Corea del Norte nunca abandonaría sus armas nucleares sin cambios importantes en el equilibrio militar en la península coreana y sus alrededores.

Kim probablemente ofrezca desnuclearizarse solamente con la condición de que Estados Unidos retire sus fuerzas de Corea del Sur, y quizá también de Japón. En su defecto, no se sentiría lo suficientemente seguro como para eliminar la disuasión nuclear sobre la que ha basado la supervivencia de su régimen. Por su parte, Trump no podría acceder de manera alguna a una condición semejante. En el mejor de los casos, podría acodar un proceso a través del cual estas medidas extraordinarias se puedan discutir adelante.

De cualquier modo, China sale mejor parada. En el caso de un impasse, habrá llevado a Kim a la mesa y habrá puesto a Estados Unidos en la posición de ser un objetor. Y si Estados Unidos efectivamente acepta realizar alguna concesión militar, la posición estratégica de China se verá fortalecida.

El único interrogante real para Xi, entonces, es si quiere reivindicar la condición de líder de China ahora o en algún momento en el futuro.

Bill Emmott, ex editor general de ‘The Economist’, es el autor de ‘The Fate of the West’. © Project Syndicate 1995–2018