Fernando Zamora. 30 noviembre, 2017

Aparte de la noticia del deceso en prisión del perverso Charles Manson, en la página de sucesos de este diario, del pasado 8 de agosto, aparecía una nota periodística que me dejó perplejo. En esta hora de sombras, las noticias nos siguen llevando hasta el límite de nuestra capacidad de asombro.

La nota aludía a la monstruosa conducta de un padre detenido por publicar fotos pornográficas de su hijita de cinco años. La incidencia que este tipo de atrocidades tienen en nuestra sociedad me llevan a reflexionar sobre el abuso del enfoque excesivamente positivista que, tanto nuestra clase política, como los profesionales de la ciencia social, usualmente hacemos de los problemas sociopolíticos que nos aquejan.

Nos aferramos al dogma de que la solución a los problemas de una nación y su cultura dependen, exclusivamente, de las oportunidades socioeconómicas de sus ciudadanos. Y creo que ese error se deriva del apego a un razonamiento excesivamente materialista.

Si eso fuese así, ¿por qué estamos empezando a superar en índices de criminalidad a Nicaragua, si ella hoy sigue siendo una nación mucho más pobre que la nuestra? De hecho, el informe regional para los años 2013-2014 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, que recoge datos de 18 países latinoamericanos, pone a Nicaragua como ejemplo de cómo la pobreza no necesariamente genera violencia. Y puedo citar muchos casos más.

Para ilustrar mejor el punto, las estadísticas, de las que tanta mano echamos quienes hemos sido formados en las ciencias sociales, demuestran que en Argentina, cuando años atrás aumentó su PIB, creció la actividad delictiva. Y, en sentido contrario, cuando en España la crisis multiplicó el desempleo, la criminalidad disminuyó, pese a que, evidentemente, la pobreza había aumentado.

Durante años estuve convencido de que el problema del mal se circunscribía a un asunto de desigualdad, hasta que las impertinentes estadísticas me demostraron que, por ejemplo en Asia, hay muchos países donde la desigualdad alcanza grados insospechados y, pese a ello, la actividad delictiva es bajísima.

Reduccionismo. En todo caso, ¿es justo satanizar la pobreza al grado de creer que ella es la causante de un hecho de maldad tan execrable como el que describí al iniciar este artículo? Evidentemente no. De pensar así, caeríamos en un reduccionismo peligroso.

¿Dónde radica, entonces, el origen del abrumador aumento de maldad del que estamos siendo testigos? Es en este punto donde el tema amerita ser escudriñado. Pues bien, lo primero que debe anotarse es que la realidad de la maldad no tiene una explicación taxativa.

Esto, a pesar de que algunos especialistas han pretendido reducir la cuestión a un problema estrictamente genético, para lo cual se ha echado mano de diversas teorías: que la maldad está asociada al cromosoma X que fabrica el código MAOA, hipótesis que, posteriormente, fue desechada; o, por ejemplo, que la perversidad es resultado de una baja densidad de neuronas en el sistema paralímbico, entre otros supuestos.

En su reciente investigación sobre el origen de la maldad, publicada en el año 2012, el eminente especialista en fisiología celular y molecular Marcelino Cereijido, cuya línea de investigación son las interacciones celulares, descarta la existencia de un gen de la maldad.

En esencia, no existe una conclusión tajante en torno a la cuestión del mal. Lo definitivo es que, tal como explicó el astrofísico Hugh Ross, “cual si existiese una mente bondadosa que así lo hubiese diseñado, las leyes de la física están predispuestas para que, entre más depravada se vuelva la persona, peores consecuencias sufra”.

Optimismo. No quiero dejar pasar la ocasión sin anotar algunas reflexiones que, en medio de esta suerte de pesimismo generalizado en el ambiente, nos ofrezca un poco de optimismo. Lo primero que se me viene a la mente es que entiendo el mal como la ausencia de un bien que debería estar presente.

En otras palabras, al igual que la oxidación no existe por sí sola, es simplemente la corrupción del hierro, el mal no es algo creado, sino la realidad de una carencia en aquello que es bueno. La bondad puede permitir el mal, pero no producirlo. El mal tiene la funcionalidad de contrastar el bien. No hay quien justiprecie mejor la bondad que quien ha sufrido las consecuencias del mal; algo así como el fenómeno de los claroscuros en las obras de arte, donde las secciones oscuras son necesarias para resaltar la bella imponencia de las iluminadas.

Aun el hecho de que no comprendamos el porqué de un determinado mal, no necesariamente por ello sea absurda su existencia. Estoy convencido de que no es posible que un ser libre pueda apreciar y valorar en toda su dimensión el bien, si antes no ha experimentado los efectos del sufrimiento.

Incluso en la dimensión no moral del mal, como sucede en el caso de las desgracias naturales a las que nos vemos expuestos. Lo que implica, incluso, que el inocente esté expuesto a la posibilidad de sufrir el mal, pues si el mal lo sufrieran exclusivamente quienes lo causan, aquello no sería mal, sino justicia, y, por tanto, otra manifestación del bien; con lo cual no podríamos distinguir la diferencia entre ambos.

Libertad. Una segunda reflexión: la maldad moral es posible porque somos libres, pues, ciertamente, sin libertad la maldad podría impedirse. Pese a ello, muchos coincidimos en que la libertad es un bien superior que debemos defender con ardor, a pesar de que, a causa de la libertad, somos capaces de hacer el mal. No cabe duda de que los beneficios del libre albedrío, o nuestra capacidad de actuar de una manera diferente al bien, son innegables. Es la libertad la que siempre nos da la posibilidad de escoger algo distinto, incluso la posibilidad de rechazar a aquel que nos la concedió.

Y en este punto, otro colofón es que, aunque la experiencia del dolor reforma a muchos, existen aquellos a quienes los sufrimientos no los ablandan, sino que, por el contrario, los endurecen aún más. Las estadísticas penitenciarias ratifican esta idea en relación a cierto segmento de los presidiarios.

El mal es el grave precio de la libertad, pues cuando el ser humano se decanta con firme decisión por el bien es porque antes sufrió la ausencia de este, y de su valor en una dimensión total; caro precio para amar todo aquello que es digno de ser abrazado.

Eso implica el riesgo de que el mal se manifieste aun en sus extremos más superlativos, como sucedió en Auschwitz o Camboya. O ¿cuál creemos que es mejor: un mundo sin libertad, donde el mal es imposible, o uno en donde, dándonos la posibilidad de conocer la tiniebla, optamos por lo que es luz?

El autor es abogado constitucionalista.

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