Sergio Ramírez. 1 mayo

Jorge Luis Borges, siendo maestro de tantas cosas, lo fue de los textos falsos presentados como verdaderos, y hoy su posteridad parece ser perseguida por lo apócrifo, si tomamos en cuenta los numerosos escritos, en poesía y en prosa, y aun los textos de autoayuda, que le son atribuidos en las redes sociales.

El que le endilguen constantemente lo que no es suyo es una forma de popularidad, aunque un tanto espuria y, por qué no, una manifestación muy palpable de su inmortalidad literaria.

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Todo esto tiene un antecedente centroamericano que vale la pena contar. En 1963, el escritor salvadoreño Álvaro Menen Desleal, que por puro amor al arte de las ficciones había descompuesto sus apellidos originales, Menéndez Leal, para darles un toque más provocador, de lo leal a lo desleal, ganó un segundo lugar en el Certamen Nacional de Cultura con su libro Cuentos breves y maravillosos, título que recordaba demasiado el de Cuentos breves y extraordinarios de Borges, aparecido diez años atrás. Pero eso no fue todo. Cuando el libro se publicó, traía a manera de prólogo una carta con la firma de Borges, que comenzaba:

«Mi querido amigo: /Al conocer sus Cuentos breves y maravillosos, pienso que no fue meramente accidental que Kafka escribiera La muralla china: se repite en usted la nota de lo que con Bioy Casares llamamos las antiguas y generosas fuentes orientales. Se repite y se prueba mi idea de que el número de fábulas o de metáforas de que es capaz la imaginación de los hombres es limitado… limitado o no, lo cierto es que usted prueba a su vez que ese número no está en manera alguna agotado… más usted le da nuevo engaste y logra con intensidad lo que otros, en más de veintitrés siglos, no lograron con extensión. Por eso yo no acepto el homenaje que me rinde al declararse mi seguidor. Si de algo es usted seguidor es de sus propios sueños...».

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Acusaciones infundadas. Las dudas envidiosas no tardaron en estallar en el mundillo literario centroamericano, y sobraron las acusaciones de plagio borgiano de los propios textos del libro y las de falsificación de la carta de presentación.

Álvaro, que era un publicista sagaz, escribió él mismo, bajo nombre simulados, no pocas de esas acusaciones que llegaban a los periódicos, con lo que las ventas del libro se dispararon. Nadie reparó en la nota con que, en la última página, él mismo completaba su ardid:

«Querido maestro Borges: / Mi vanidad y mi nostalgia —me digo con sus palabras— han armado una escena imposible. De pronto despierto de un sueño y tengo su carta en las manos, como la flor de Coleridge…».

En setiembre de 1999, cuando se celebró el centenario del nacimiento de Borges, se organizó en Buenos Aires un seminario al que concurrimos escritores, investigadores y académicos.

Allí, me encontré, después de décadas sin vernos, a Álvaro, quien llegaba invitado desde El Salvador. Cuando tomó la palabra, hizo una detallada confesión acerca del prólogo apócrifo, a manera de un renovado homenaje a Borges y a sus formas de inventar, donde la distancia entre los documentos reales y los ficticios no existe. Una justificación muy borgiana.

En uno de los descansos de las sesiones, a la hora del café, me dijo que algo iba siempre a inquietarlo hasta la muerte, y es que ya nunca alcanzaría a saber si Borges se habría enterado del affaire centroamericano alrededor del prólogo, y si alguna vez habría llegado a tener entre sus manos sus Cuentos breves y maravillosos. Lo más probable, me dijo, abatido, es que no. Murió menos de un año después en San Salvador.

Y ya no pudo enterarse de que Borges sí supo del affaire, y que leyó sus cuentos. Así consta en Borges, el libro publicado en el 2006, que reúne las entradas de los diarios de Adolfo Bioy Casares, donde este reseña las conversaciones con su amigo por cerca de sesenta años.

Es un impresionante volumen de 1.663 páginas, preparado por Daniel Martino, y que, aunque parezca mentira, uno puede leerse de una sola sentada, sin dormir ni comer, si se es lo suficientemente vicioso.

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Enterado. En la entrada correspondiente al miércoles 11 de setiembre de 1963, cuenta Bioy que Borges le dice: «Tengo que consultarte sobre algo», y «trae un libro Cuentos breves y maravillosos, de un tal Menen Desleal, y una carta, de otra persona, guatemalteca, según creo, que le ha enviado el libro...».

Luego ambos hablan de la carta elogiosa que sirve de prólogo, y Borges expresa el temor de que su madre, Leonor Acevedo, su constante y terrible ángel tutelar, sin consultárselo, la hubiera escrito y enviado, pero descartan la posibilidad, porque la señora nunca escribe tan largo, ni hubiera imitado el estilo de Borges. Leen algunos de los cuentos, y uno de ellos, «Los cerdos», les parece muy gracioso.

Borges, cuenta Bioy, no sabe qué hacer. Considera que el autor del libro es más inteligente que quien lo denuncia, pero que alguna razón tiene el denunciante… los generosos elogios que prodiga a sus propios cuentos invalidan su carácter de obra desinteresada.

Bioy lo contradice: «No podés ponerte en contra de un pobre individuo bastante inteligente, que no tiene libertad ni posibilidad de escribir sino como imagina que vos escribís...». Y entonces Borges, sin dar más importancia al asunto, termina elogiando el libro y aun la carta apócrifa.

Por fin Borges contesta ese mismo mes al denunciante, que es el escritor guatemalteco Alfonso Orantes, y le dice: «Ya que el volumen consta de una serie de juegos sobre la vigilia y los sueños, queda la posibilidad de que mi carta sea uno de tales juegos y travesuras…».

Dice «mi carta». Y con eso pasa a ser auténtica. Y aparece incluida en El círculo secreto, el libro que contiene los prólogos y notas escritos por Borges (Emecé, Buenos Aires, 2003). Más auténtica aún.

Borges nunca escribió esa carta, pero ahora la ha escrito. Es su carta.