Guiselly Mora. 7 marzo

Nuestra sociedad machista y patriarcal sería muy distinta si le prestara más atención a don Quijote y menos a Otelo o a la ópera Carmen de Bizet. Por supuesto, no solo la literatura y la música son culpables de la desventaja de la mujer frente al hombre; es una cuestión multicausal.

Pero el feminicidio del cual fue víctima Desdémona creó el arquetipo del celoso iracundo (Otelo) y el de Carmen, apuñalada mortalmente por don José, porque ella no accedió a irse con él, es más representativo de nuestra realidad moderna femenina que la mostrada por Miguel de Cervantes, mediante Marcela, en su famoso Don Quijote de la Mancha.

Cervantes (1547-1616), contemporáneo de Shakespeare (1564-1616), incluyó, tal vez sin intención, una historia merecedora de ser enmarcada y leída por todo aquel cuyo pobre entendimiento de que cuando las mujeres decimos no, es no, y tal respuesta no debe castigarse con violencia o asesinato.

Don Quijote, en una de sus andanzas, llega a un lugar donde van a enterrar a un hombre. Los amigos del difunto le comentan que se trata de Grisóstomo, quien al parecer se suicidó porque no pudo obtener el amor de Marcela, hermosa mujer como ninguna.

Cervantes no pone en manos de Grisóstomo arma ni cuchillo para vengarse; deposita el desencanto en quien no obtiene su deseo.

Justo cuando están enterrando al muerto, en el sitio donde él vio por primera vez a Marcela y ahí mismo ella lo rechazó, aparece la mujer del cuento.

“Vienes a ver, por ventura, ¡oh fiero basilisco de estas montañas!, si con tu presencia vierten sangre las heridas de este miserable, a quien tu crueldad quitó la vida”, le reclama Ambrosio, uno de los amigos de Grisóstomo.

Marcela le contesta: “No vengo, ¡oh Ambrosio!, a ninguna cosa de las que has dicho, sino a volver por mí misma, y a dar a entender cuán fuera de razón van todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Grisóstomo me culpan”.

Razones. Marcela era famosa por su hermosura y lo reconoce. “Hízome el cielo, según decís, hermosa, y de tal manera que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi hermosura, y por el amor que me mostráis, decís, y aun queréis que esté yo obligada a amaros”. Y a continuación explica que no por hermosa está obligada a amar a quien la ama. Una actitud en las antípodas de la práctica de las mujeres de su época.

Ella nació libre, explica, y libre quiere permanecer el resto de su vida. “Lo mató la porfía” no su crueldad, pues ella fue clara al remarcarle su deseo de vivir en perpetua soledad, “y de que sola la tierra gozase” el fruto “de su recogimiento” y los despojos de su hermosura.

En su discurso sobre el derecho a elegir a quien amar, Marcela alega: “El cielo aún hasta ahora no ha querido que yo ame por destino, y el pensar que yo tengo que amar por elección es excusado. Este general desengaño sirva a cada uno de los que me solicitan de su particular provecho, y entiéndase de aquí en adelante que si alguno por mí muriese, no muere de celos ni de desdichado, porque quien a nadie quiere, a ninguno debe dar celos”.

Cuarto propio. Así como Virginia Woolf defendía “el cuarto propio” de las mujeres para dedicarse, en el caso concreto, a escribir, Marcela se adelanta al tiempo de la autora británica y aclara no necesitar un hombre para ser mantenida. “Yo, como sabéis, tengo riquezas propias, y no codicio las ajenas; tengo libre condición, y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie; no engaño a este, ni solicito a aquel; ni burlo con uno, ni me entretengo con el otro”.

No todas las mujeres tenían antes la independencia financiera de la hermosa Marcela, lo cual le permitía ser selectiva. Ahora muchas la tienen porque se han educado, trabajan en cargos antes reservados a hombres y pueden actuar como ella.

Sabiendo que en escuelas y colegios obligar a un alumno a leer Don Quijote de la Mancha completo es una utopía, al menos deberían pedirles repasar este trozo cuyo contenido cobra vigencia hoy, Día Internacional de la Mujer.

Guiselly Mora es editora de Opinión de La Nación.