Columnistas

La educación es el reto

Deben ser los gobiernos locales, los que, en conjunto con el MEP, establezcan metas de calidad, costos, innovación y productividad

Estamos ante una grave crisis en la educación pública, por la falta de calidad, pertinencia, innovación, competencia, tecnología, flexibilidad, metodología, infraestructura y compromiso. Crisis, que esta afectando la equidad y las posibilidades de un mejor futuro, para las actuales y las nuevas generaciones. Tenemos más de 20 años haciendo reformas parciales en nuestro sistema educativo sin resultados relevantes. Con la pandemia del 2020, las huelgas del 2018 y 2019 y la falta de reactivación económica, la crisis educativa se profundizó. Hoy tenemos un Ministerio de Educación Pública (MEP) que tiene 85.000 empleados, con un presupuesto de ¢2,6 billones (7,4% PIB), que ha venido creciendo en empleados administrativos, docentes y gasto, a pesar de que cada vez hay menos estudiantes y de que vienen creciendo los problemas de calidad y productividad.

Es muy preocupante que 1,2 millones de estudiantes del sistema educativo público estén seriamente afectados por las continuas interrupciones en los últimos cuatro años, debido a las huelgas, la pandemia, la falta de alfabetismo digital y la escasa conectividad en los hogares más pobres. Nuestro sistema educativo carece de una infraestructura de calidad, tenemos una burocracia en escalada y un centralismo que no permite el desarrollo de nuevas iniciativas. Bajos estándares educativos y una calidad y competitividad en descenso son nuestra triste realidad. La pandemia ha evidenciado más los problemas, pero la grave situación de la educación es un tema recurrente, que no cambiará, si seguimos haciendo más de lo mismo.

En el 2020, el promedio de alumnos entre los 18 y 22 años que no terminaron la secundaria superó el 40%. Con preocupación, vemos que problemas crónicos en la educación, como la poca capacidad de lectura y escritura, el mal manejo del idioma inglés, los limitados conocimientos de las matemáticas, la carencia en la implementación de una educación adaptada y especial, la baja calidad en la selección y formación de los educadores, y la falta de vínculo y comunicación entre docentes, alumnos y hogares. No debemos, seguir aceptando que los alumnos que concluyan el ciclo primario tengan serios problemas en lectura y escritura. Tampoco, podemos hacer curvas, con las notas, para engañarnos a nosotros mismos. Nada logramos con inflar las notas, si sabemos que esos muchachos, van a fracasar en los estudios y en el trabajo. Hay que acabar con la palabra del pobrecito e inculcar la importancia de la lucha y la perseverancia como una importante cualidad para triunfar.

Interrupciones. La huelga de docentes del 2018 y 2019 afectó al ciclo educativo por más de seis meses. Entre el 2020 y 2021, se suspendieron las clases presenciales y las clases virtuales no se pudieron implementar por falta de capacitación en el manejo de las herramientas tecnológicas por parte de los docentes y los alumnos.

La pandemia, afectó a más de 140.000 estudiantes de menores recursos. En el 2020, los estudiantes en serios problemas de pobreza significaron el 42% de la población de entre 5 y 18 años que asiste a la educación formal. No podemos seguir ampliando la actual brecha digital, social y económica. Las huelgas y la pandemia equivalen a un 80% de un año escolar y un 72% en secundaria. El creciente desempleo, la informalidad, la incertidumbre y la falta de una ruta clara para reactivar la economía afectan seriamente a más de 400.000 hogares y la pobreza no parece ceder. No cabe duda de que estamos inmersos en una tormenta perfecta, que requiere de unión y solidaridad para salir adelante.

Pandemia. No podemos echarle la culpa a la pandemia de la actual crisis. En la evaluación hecha por el Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes (PISA 2018) de la OCDE, los resultados nos mostraron nuestra triste realidad, con calificaciones muy bajas, en comparación con otros países miembros. El 74% de los jóvenes de 15 años, fueron evaluados con un bajo desempeño. No cabe duda de que la pandemia vino a poner de manifiesto nuestra triste realidad.

Con la pandemia, el MEP trasladó la enseñanza al hogar, con la problemática de que el 58% de las familias tienen limitados espacios de vivienda, conocimientos, conectividad y equipos, lo cual no ha permitido que se logren los resultados esperados, a pesar de que tenemos los recursos financieros de Fonatel para hacer un trabajo ejemplar. Es impresionante como hemos perdido años valiosos por nuestra burocracia, sin lograr que 480.000 estudiantes cuenten con una conexión de Internet de alta velocidad, y sin las computadoras, programas y mantenimiento que exigen las plataformas empleadas en la nueva modalidad de enseñanza virtual.

Sin tener las herramientas tecnológicas jamás podrán avanzar los estudiantes en la calidad de la enseñanza que exige el mercado laboral. Dejemos de pensar que, por llamadas telefónicas, correo electrónico y WhatsApp, vamos a lograr cerrar las actuales brechas sociales y educativas. No podemos atrasar más la digitalización de todos los 4.100 centros educativos con banda ancha.

Sin datos. Es preocupante la falta de información de la situación real de cada estudiante, educador y centro de enseñanza, para designar recursos y establecer nuevas políticas públicas. La papelería y los miles de reportes cada vez asfixian más a nuestros educadores, que gastan decenas de horas mensuales llenando reportes, que luego no se procesan o terminan archivados sin generar políticas relevantes. El centralismo del MEP, en lugar de fomentar la innovación y la mejora continua, lo que ha creado es una maraña burocrática de muy baja productividad y gobernabilidad. Con la educación virtual y presencial, el MEP suprimió los exámenes tradicionales y se están realizando las pruebas FARO, de cuyo contenido y capacidad de evaluación aún no conocemos sus resultados. La realidad es que no tenemos información actualizada de nuestra educación.

Cambios impostergables. Si seguimos con el actual modelo educativo, cada vez se aumentará más la brecha educativa. Los graves problemas sociales debemos combatirlos con más y mejor educación. Cada vez se hace más importante darles una buena formación a todos los estudiantes, principalmente, en habilidades blandas y en el manejo del inglés.

No menos importante es cambiar el actual programa educativo, separando a los estudiantes a partir del cuarto año de secundaria, en dos programas. El primero sería con énfasis en las disciplinas de las matemáticas, ingenierías, ciencias y tecnología y el otro en las ciencias sociales.

Solo con mayor autonomía y autoridad en cada centro de enseñanza, podremos lograr mayor competencia, eso sí, sin dejar de supervisar los estándares educativos de calidad. Deben ser los gobiernos locales, los que, en conjunto con el MEP, establezcan metas de calidad, costos, innovación y productividad.

La mayor libertad en cada centro educativo obligará a los municipios a escoger muy cuidadosamente a las juntas educativas de las escuelas y colegios de sus comunidades. Una mejor educación es la clave para la prosperidad de los habitantes de cada distrito.

La dirección de cada centro de enseñanza y su junta debe tener las facultades para selección y sanción de su personal. Al igual que para realizar ascensos, capacitaciones y reconocimientos, con base en resultados, dentro de los presupuestos asignados por el MEP. Las autoridades del MEP deben comprender que no podemos seguir por el actual camino. El reto más importante para crecer y lograr mejorar nuestra competitividad, es una enseñanza pública de calidad incluyente.

jorge.woodbridge@icloud.com

El autor es ingeniero.