Víctor Ml. Mora Mesén. 13 octubre

Si hay dos cosas incompatibles, son la victoria política y la espiritualidad. Paradójicamente, no existe una verdadera espiritualidad si no es una propuesta política. Estas afirmaciones necesitan ser matizadas: las personas con una gran espiritualidad reconocen su influjo social, pero no aspiran al poder. Si lo tienen, por otra parte, son capaces de relativizarse para escuchar a quienes tienen al lado y decidir en la búsqueda del consenso y no imponerse en el capricho personal. Todo esto por una simple razón: buscan el bien en forma radical, desprecian el mal, reflexionan sobre las consecuencias de sus decisiones sobre los demás y son capaces de grandes sacrificios con tal de buscar insistentemente a Dios.

Existe una diferencia mayúscula entre quienes usan la religión para buscar el poder o posicionarse dentro de él, y las personas que son capaces de generar un movimiento social espiritual que pueda transformar la sociedad a escala humana y cultural. La diversidad se encuentra en varios niveles: métodos, opciones de vida, lenguaje, coherencia y, sobre todo, compasión. Sí, la aceptación de la derrota radical de las propias aspiraciones espirituales viene del profundo conocimiento de lo humano, solo alcanzable por personas que saben que los intrincados caminos del corazón no son fácilmente domesticados.

Poder y fe, si bien se han mezclado en varios frenesíes históricos, nunca han sido buenos aliados

Reconocer las pasiones, los límites y los conflictos como signos de humanidad no es fácil porque requiere mucho tiempo de reflexión y profundización acerca de la vida. Mejor dicho, de la propia existencia en relación con otros.

En efecto, no somos simples individuos, sino sujetos en relación cuyas opciones, visiones de mundo, cultura y deseos se ponen en juego en un intercambio tanto caótico como impredecible. Lo podemos percibir en nosotros mismos: ni la más excelsa forma de pensar que tengamos converge en perfección con nuestras opciones, proyectos, sueños o deseos, porque obedecen muchas veces a factores externos que nos superan y condicionan.

Crecer en espiritualidad no significa ser inmutablemente coherente, sino caminar por las sinuosas vías de lo humano. Eso sí, en una constante actitud de contemplación del yo y la sociedad. No confundamos, empero, el sentido de la conjunción: la “y” aquí no significa la prioridad de una cosa sobre la otra, sino la mutua interdependencia; por ello, tal vez sería más propio decir la contemplación del “yo” y del “otro” o los “otros”, en el sentido que “sociedad” es un concepto abstracto, propio de las ciencias modernas. Sin embargo, el término es apropiado para asociar la cosmovisión contemporánea con la experiencia de la individualidad.

Cada vez más el “otro” se vuelve más abstracto, casi como un ser imperceptible en su subjetividad, porque impera la nuestra como criterio de “humanidad”.

Totalidad imposible. La realidad, empero, es que el otro es tan sujeto e individuo como cualquiera, es imposible su sujeción total a principios éticos, culturales o religiosos. La libertad de elección y de formas de comprender la realidad es prerrogativa de cada uno. El reconocimiento de esta realidad es lo que distingue al hombre espiritual del político: el primero la acepta en su radicalidad, el segundo la padece como un obstáculo a sus pretensiones de transformación de la sociedad. Aceptar la peculiaridad del otro supone para la persona espiritual, el diálogo y hasta la necesidad del sacrificio propio, en aras de alcanzar un bien mayor, porque se entienden las formas de institucionalidad política o cultural como momentáneas soluciones a problemas humanos.

El político, en cambio, mira a la permanencia de las instituciones como formas de humanización. ¿De dónde nace esta divergencia? Del hecho que la persona espiritual se confía a una realidad superior que actúa en el mundo a través de las subjetividades, mientras que el político mira a las tensiones entre grupos.

La persona espiritual ve en cada corazón humano una oportunidad de crecimiento ilimitado; la política ve solo las limitaciones de las opciones de grupos y tendencias. Por eso, la persona espiritual tiene que aceptar una realidad inherente a su condición: la derrota radical de sus intenciones.

No hay vía de escape, una persona que quiere ahondar en la realidad humana no puede simplemente dominar por una visión racional (o racionalista o utópica) del mundo. Cada persona es entendida como misterio de libertad y de profundidad humana. El reclamo de una auténtica espiritualidad tiene que ver con la coherencia de una vida desgastada por otros, que cobra sentido total en la donación extrema, en la aceptación del rechazo de sus mejores pretensiones. Aceptar la total libertad del otro para no crecer es parte de una experiencia espiritual radical.

Compartir. Por eso resultan tan banales las “soluciones espirituales contemporáneas” que predican el éxito como comunión con lo divino. El éxito no es de ninguna manera un reclamo divino a la persona, lo es la donación extrema por el bien del otro. La riqueza no es un signo de Dios en el mundo, es su antítesis, porque los bienes para que sean útiles tienen que ser compartidos de manera que generen más bienestar para otros. La prosperidad como manifestación divina no es más que una quimera sin sentido porque transforma la espiritualidad en una mera transacción comercial.

Podemos, incluso, ir más allá e interpretar la derrota de las espiritualidades “utópicas” (las que prometían la reivindicación de los pobres en unión a los movimientos políticos populares) como un signo de los tiempos en dos sentidos diversos. Primero, como una forma falsa de espiritualidad que ve el poder político mesiánico como manifestación divina. Segundo, como una manifestación de una auténtica espiritualidad sustentada en la contemplación de lo humano: monseñor Romero y monseñor Angelelli y compañeros mártires. Poder y fe, si bien se han mezclado en varios frenesíes históricos, nunca han sido buenos aliados.

La vivencia de la derrota radical, humanamente hablando, no es simple. Conlleva también una alta carga de insatisfacción y tristeza. Sea tanto por la violencia que se sufre, como por aquella que otros sufren a causa de su cerrazón de mente y corazón. La compasión, como habíamos dicho, es el fundamento de toda espiritualidad.

La persona que crece en profundidad lentamente entiende las tensiones que otros sufren en su interior, pero al mismo tiempo padece la opción que el otro hace para permanecer impermeable a la posibilidad de una vida más alta y digna. En otras palabras, aunque no se crea poseedora de la verdad, la persona espiritual reconoce las mentiras que encubren miedos, deseos o intolerancias, tanto en sí misma como en el otro.

La verdadera espiritualidad es una invitación a recomponer lo humano desde la comprensión de lo que somos y de nuestras insuficiencias. Por ello resulta tan peligrosa y subversiva porque tendemos a ocultarnos en lo conveniente y satisfactorio, amparados por “espacios” sociales que nos permiten mantenernos en mentiras autoasumidas (inclúyase ideologías políticas, religiosidades, instituciones, dogmatismos y hasta leyes).

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Volver a la esencialidad de vida humana que se caracteriza por el amor, la libertad, la justicia, la búsqueda de la paz y la misericordia, no es una tarea simple. Esta dura realidad de las contradicciones interiores es sufrida intensamente por una persona espiritual, a pesar de que nunca ceje de afirmar con su vida y palabras la posibilidad de otro mundo de la mejor manera que puede.

En conclusión, aceptar la derrota radical por respetar la libertad ajena, es esencial para ser una persona espiritual porque el poder no es el punto de llegada, sino el peligroso instrumento que tiene que ser domesticado por el espíritu. Pero para lograrlo hay solo una forma de vencerlo: renunciar a ser poseído por él, para que poco a poco también vaya muriendo el ego que tantas veces atenaza nuestro corazón.

El autor es franciscano conventual.