Jacques Sagot. 14 septiembre

El costarricense vive entre fierros. Entre rejas y cortinas de acero. Es un presidiario de facto. Ventanas enrejadas, portones enrejados, puertas enrejadas, garajes enrejados… Vivimos en estado de arresto domiciliario. Este dispositivo arquitectónico es tan ubicuo, tan omnipresente en la totalidad de la ciudad capital, que hemos dejado de reparar en él. De puro presente, se nos ha invisibilizado. Para entrar a la casa, el residente tiene que abrir una lata, luego otra lata, después otra lata, finalmente la lata que refuerza la puerta de entrada… y por fin a salvo, en casa. En casa-cárcel, en casa-presidio. Vivimos enlatados. Como fieras salvajes.

No sería raro que algún turista pase un día cualquiera tirándonos maní o bananos a través de las rejas que protegen nuestro habitáculo. Una vez más: el costarricense se ha acostumbrado a esta aberración. La ve como algo normal. No lo ofende. Ni siquiera repara en ella. La verdad es que es un engendro arquitectónico, algo grotesco, opresivo, deprimente. Quienquiera haya vivido largos períodos de su vida en países del primer mundo –¡el mejor antídoto contra el patrioterismo barato!– sabrá que lo que vivimos en Costa Rica es enfermizo, anormal y más aun: monstruoso.

Pero no caigamos en el provincianismo y el excepcionalismo tico: no somos tan excepcionales, y padecemos de vicios sociales que en vano buscaremos en otras ciudades del planeta.

Desconfianza. Si el problema fuese únicamente estético sería ya suficientemente grave. Pero resulta que es mucho más que estético. Estas reclusiones carcelarias a guisa de residencias revelan una profundísima, endémica desconfianza del tico por el propio tico. Nos asumimos como una sociedad de ladrones, y nos parapetamos tras verjas de hierro, a menudo coronadas por alambres de púas, en el mejor estilo de los campos de concentración nazis.

La casa de tejas y adobe de antaño, con sus amplios corredores externos hechos para sentarse a “tardear” (bella expresión campesina) revelaba un relativo y saludable nivel de confianza del tico por su prójimo, su vecino, cualquier transeúnte que pasase frente a la morada. Era una sociedad hermosamente desaprensiva. Eran casas que acogían al visitante (pese a sus rejitas en las ventanas). Las de hoy en día lo repelen, lo rechazan: ¡vade retro, Satana! Son la evidencia de una sociedad profundamente, trágicamente, irreversiblemente enferma.

Ahora vivimos en estado de sitio. Hemos de protegernos contra el ladronzuelo de barriada, contra el sofisticado criminal de profesión, contra el narcotraficante, contra el psicópata… sociedad paranoide, que vive en la inseguridad, en el temor, y que –diga lo que diga– no puede por ello mismo ser otra cosa que profundamente infeliz. El costarricense ve a un compatriota y asume que es un rufián… hasta que este prueba lo contrario.

El paisaje urbano josefino, las barriadas llenas de casitas enrejadas hasta el fanatismo (diríanse largas hileras de conejeras), la oscuridad de las calles al caer la noche… todo rezuma peligro, amenaza, un sentimiento de emboscada inminente. Los negocios no usan rejas sino más bien las cortinas de acero: es la psicosis del robo llevada a su máxima expresión. El día llegará en el que pongamos barricadas, campos minados, fosos con lagartos, los más insólitos dispositivos defensivos. ¿Para defendernos contra quien? Contra nosotros mismos: eso es lo más trágico del asunto. No estamos siendo invadidos por una horda de asaltantes profesionales exógenos, no: somos nosotros nuestros propios depredadores, nuestros saqueadores endémicos.

Otro mundo. Amigos, amigas: este autoenrejamiento domiciliario no lo encontraremos en las más desarrolladas ciudades del mundo: entiendan que es una especificidad nuestra, una patología urbana nuestra, un morbo convivencial nuestro, no de nadie más. Es un rasgo más característico que el gallo pinto, o la abolición del ejército, o nuestra democracia ejemplar. Y desdice profundamente de nuestra vocación de paz: ¿una vocación de paz en la que la gente tiene que vivir en cárceles virtuales para no hacerse degollar en mitad de la noche? ¡Por favor, señores, señoras: asómense al mundo, y aprendan todo lo que de él se puede aprender! Y que el mundo se asome también a nuestro país, y aprenda lo que de él es digno de emulación. Pero no caigamos en el provincianismo y el excepcionalismo tico: no somos tan excepcionales, y padecemos de vicios sociales que en vano buscaremos en otras ciudades del planeta.

Son cuadras, y cuadras, y cuadras de pequeños habitáculos enrejados: el paisaje es monótono al tiempo que profundamente deprimente. El enrejado es a menudo total: la fachada entera, las puertas, ventanas y el techo del jardín: hermetismo completo, el mundo de la claustrofobia. Y no nos damos cuenta de lo ofensivo, de lo abyecto que es todo esto, porque hemos caído en la más degradante de las situaciones imaginables: la del reo que termina por amar su celda. La ama, sí, con sus barrotes, con sus candados, con sus cadenas, con sus grilletes, con su ínfima ventanita enrejada. Ya cuando llegamos a amar nuestro propio cautiverio, suele no haber esperanza alguna de revertir la situación: somos presidiarios contentos de serlo.

No hablemos siquiera de paz, amigos y amigas, mientras vivamos aherrojados, tras tapias erizadas de alambres de púas, tras cortinas de acero, tras sucesivas jaulas (una a la entrada, otra para el carro, otra para el jardín interno, otra para la puerta principal)… Aquí la arquitectura desdice, desmiente, desenmascara nuestra fachada de exportación: la paz, la civilidad, la estabilidad, la convivencia armónica, la funcionalidad social.

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Un hombre decente

Felicidad imposible. Estos dispositivos cuentan otra historia: un país de ladrones, de carteristas, de pillos de estratosférica dimensión, de saqueadores nocturnos, de miedo, de aprensión, de paranoia, de desconfianza. En la inseguridad ninguna felicidad es posible. La seguridad es condición de posibilidad de la felicidad. De lo contrario es la zozobra y la angustia.

Nuestra arquitectura nos delata, nos expone, nos desnuda. En ningún lugar civilizado del planeta vive la gente en jaulas de monos en lugar de residencias. Para percibir esta aberración, es preciso observar la ciudad con ojos castos, vírgenes de prejuicios, con distanciamiento, con objetividad. Hagan el ejercicio, amigos, y descubrirán la clase de infierno que son nuestras ciudades, y lo trágicamente que nos hemos acostumbrado a él.