Dorelia Barahona. 20 noviembre, 2018

Todos deseamos una caricia, pero nunca hemos pensado qué pasaría si esa caricia fuera permanente. Si la tibieza y la suavidad de la mano deslizándose lentamente por alguna parte de nuestro cuerpo la sintiéramos siempre, mañana tarde y noche, como una constante satisfacción, un permanente placer, chineo, mimo, que nos mantuviera con una sonrisa a flor de piel no un momento, sino siempre.

Y siempre es siempre. Lo pensamos, y de la alegría espontánea y el brillo en los ojos que nos genera imaginar la idea, cambiamos por el asombro. Y del asombro, pasamos al desconcierto y a la decisión de que mejor no, mejor que no sea siempre, aunque se trate de una deliciosa caricia porque sabemos que nos pondríamos bobos, casi zombis o, más bien, parecidos a las mascotas. A esos perros queridos con la lengua afuera.

Esa tendencia a maximizar la satisfacción en el polo opuesto al de la esclavitud y el hambre existente en la actualidad, no es ni más ni menos que otra forma de esclavitud

¿Y si además agrego a esta posibilidad el ingrediente obligatorio? La caricia sería permanente quiera o no quiera usted. Más aún si es una decisión de la que usted no se ha enterado y mucho menos esta consciente de que ocurre y seguirá ocurriendo, como sucede siempre que usted ingresa al mundo social de las redes, donde la caricia se retroalimenta y diversifica en muchos tipos de caricias constantes y usted no se ha dado cuenta de cuánto de mascota ya tiene.

Obligación. Por supuesto que nadie quiere conscientemente una caricia permanente, pero el hecho es que ya vivimos en sociedades donde se ha capitalizado tanto la emocionalidad y la importancia del bienestar, que si no siente que esta disfrutando, satisfaciéndose, realizándose, enamorándose, enriqueciéndose exitosamente y abundantemente, sea porque usted mismo se lo dice frente al celular en cada selfi, o porque se dedica a obtener esas caricias una y otra vez, de todas las maneras posibles, pues no ha vivido y mejor vaya a alguna otra terapia.

Fuera de todo sarcasmo, el verdadero zombi ya es usted mismo, sí, como resultado de la caricia eterna. Adiós a sus inquietudes sociales, al proceso de socialización en territorios reales; adiós a su atención al detalle en la vida silenciosa de sus amigos, parientes y vecinos; adiós a las ideas que llegan y se van como todo recuerdo de lo que son y serán; adiós a la reflexión de la condición humana; adiós a la dinámica real de las conductas; adiós al estimulo-respuesta entre las personas en tiempo real real.

Adiós al amor en su dimensión altruista y de bien común. Adiós al franco reconocimiento de las limitaciones y su superación. Todo eso se pierde porque estamos muy ocupados siendo zombis de la caricia eterna. Esa tendencia a maximizar la satisfacción en el polo opuesto al de la esclavitud y el hambre existente en la actualidad, no es ni más ni menos que otra forma de esclavitud.

¡Líberese de la caricia! Haga un hueco en la tierra, siembre culantro, barra la acera, pinte la pared, lea a don Quijote, a J.M. Arguedas, a Octavio Paz, a Mistral y Oreamuno. Quiérase sin frenillos y con arrugas. Recicle y repare. Libérese de la perversa autosatisfacción y verá cómo vive más años.

Se trata de vivir un mundo propio en la medida de lo posible, no un mundo de autosatisfacción, sino de adaptación y logros. Las personas con caricias permanentes, sobreprotegidas en su humanidad, padecen de frustración por cualquier cosa. Las que logran crear un mundo propio (identidad y voluntad de por medio) son recursivas, viven diseñando futuros y esto tan simple jala y condiciona la mente a experimentarlos. Esa es la brujería.

El encantamiento es desencantarse del bebé que busca la caricia para pasar a ser la persona que la crea para el mundo. Cuando eso sucede, una suerte de encantamiento se da y desaparecen los zombis de caricias, para dar paso a los domésticos duendes de los días, esos que nos guían y esconden los anteojos y nos hacen ver la poesía en los espacios carentes. Duendes criollos y, por lo tanto, muy nuestros.

La autora es filósofa y escritora.