Iván Molina Jiménez. 23 diciembre, 2017

En diciembre de 1932, la Librería Alsina (heredera de la imprenta homónima fundada en San José en 1903), publicó en el Diario de Costa Rica una extensa lista, por orden alfabético, de los juguetes que tenía a la venta y de los precios correspondientes.

Tal catálogo, dado a conocer en una época en que el capitalismo mundial enfrentaba una profunda crisis económica derivada del colapso de la Bolsa de Nueva York en 1929, permite aproximarse a lo que era el mercado de juguetes para niños y niñas en Costa Rica, especialmente en San José.

09/12/2017.San Jose. La compra de juguetes se dispara en esta epoca del año. Cientos de papas buscan el mejor regalo para sus hijos. Libreria Rodolfo Leiton. Fotografia: Graciela Solis
09/12/2017.San Jose. La compra de juguetes se dispara en esta epoca del año. Cientos de papas buscan el mejor regalo para sus hijos. Libreria Rodolfo Leiton. Fotografia: Graciela Solis

Con el propósito de considerar debidamente las posibilidades que tenían las familias costarricenses de adquirir ese tipo de productos para sus hijos e hijas, conviene recordar brevemente los niveles de ingreso de las clases trabajadoras.

A inicios de la década de 1930, los asalariados no calificados podían ganar entre 30 y 45 colones mensuales, mientras que quienes tenían algún nivel de especialización alcanzaban sumas iguales o superiores a los cien colones por mes (similares a las que devengaban los maestros mejor pagados de entonces).

Género. El catálogo de juguetes de la Librería Alsina estaba compuesto por 101 productos, de los cuales 41 podían ser regalados tanto a niñas como a niños, 24 estaban dirigidos a satisfacer una demanda predominantemente femenina y 36 encontraban sus principales consumidores entre los varones.

Por rango de precios, el juguete más barato era una muñeca de celuloide (material predecesor del plástico moderno) que valía cinco céntimos. A su vez, el más caro era un tren eléctrico que costaba 350 colones, suma que representaba la mitad del salario de un diputado.

De acuerdo con su tipo, los juguetes podían ser clasificados en cuatro categorías principales: los relacionados con la música, los vinculados con medios de transporte, los asociados con la realización de actividades domésticas y los utilizados para practicar deportes u otras actividades físicas. Tales productos representaban más de la mitad del catálogo.

Zepelines. En el campo musical, la Librería Alsina disponía de cajas de música, trompetas, cornetas de cartón y de lata, flautas, saxofones, clarinetes, tambores, guitarras, mandolinas, acordeones, violines y pianos; pero también de matracas y marimbas.

La presencia de marimbas de juguete era un indicador del espacio logrado por un instrumento que procedía de las tradiciones musicales de fuera del Valle Central, tan influenciado por la cultura europea desde mediados del siglo XIX.

Por lo que respecta a los medios de transporte, el catálogo ofrecía aeroplanos, automóviles, ómnibuses, camiones, lanchas, canoas, tranvías, locomotoras, trenes de cuerda y eléctricos, buques, motocicletas y zepelines (estos últimos estaban próximos a convertirse en una herramienta propagandística de la Alemania nazi).

Los juguetes asociados con la esfera doméstica estaban evidentemente dirigidos a las niñas, pero con una fuerte connotación de clase, ya que los juegos de cubiertos, de trastos y de té eran más afines con la experiencia cotidiana de las hijas de los sectores medios y altos de la sociedad costarricense, que con las niñas de clase trabajadora.

Entre los juguetes cuyo propósito era servir para practicar algún deporte o actividad física sobresalían las cuerdas para brincar suiza, los escúteres, los velocípedos y diversos tipos de balones (de básquetbol, de polo acuático, de fútbol y de boxeo).

Aunque había balones de hule que costaban apenas diez céntimos, los más sofisticados alcanzaban precios muy superiores, como los del fútbol –un deporte que apenas estaba en vías de masificación–, que valían entre 15 y 18 colones.

Muñecas. Las categorías secundarias de juguetes comprendían los que estaban relacionados con el mundo del trabajo, los que tenían como referente la maternidad, los producidos para bebés y niños de corta edad y los de carácter bélico.

Algunos de esos juguetes de índole laboral eran réplicas de maquinaria especializada, como aplanadoras, grúas y carros de bomberos; pero otros estaban más cerca de la experiencia de los padres y madres de clase trabajadora, como los juegos de carpintería y las máquinas de coser.

De manera similar a lo ocurrido en otros países de Europa y América, en Costa Rica se empezó a valorar la maternidad como un valor cívico desde inicios del siglo XX, un proceso que dejó su huella en la invención del Día de la Madre precisamente en 1932.

El catálogo de la Librería Alsina disponía de una sección maternal, que incluía juguetes como cochecitos, camas, bebés y muñecas de diversos tipos, entre las cuales las más finas tenían precios que iban de los 20 a los 60 colones.

Para los bebés y los niños pequeños, el establecimiento ofrecía, entre otros juguetes, chilindrines, entretenedores, payasos y porfiados, cuyo costo fluctuaba entre un mínimo de veinte céntimos y un máximo de cuatro colones.

Varios de los juguetes bélicos estaban al día con la tecnología militar más avanzada en esa época, como tanques, cañones y submarinos; pero otros eran más convencionales (pistolas y rifles) y algunos (espadas y sables) remitían a pasados en los que abundaban caballeros y piratas.

La ausencia de aviones entre los juguetes bélicos se explica porque el catálogo no indica si entre los aeroplanos había aparatos de tipo militar. Es muy posible que los hubiera, pero la fuente consultada no permite determinarlo.

Peleas de gallos. Con mucha menor representación, en el catálogo figuraban juguetes relacionados con la industria del entretenimiento, ya fuera en su versión industrial avanzada (las ruedas de Chicago, los carruseles y los cines de metal) o en sus manifestaciones más tradicionales (carreras de caballos y peleas de gallos).

La venta de un juguete que representaba ese tipo de peleas llama la atención porque tales actividades estaban prohibidas en el país desde 1912, cuando el presidente Ricardo Jiménez vetó una ley que autorizaba nuevamente ese tipo de combates (originalmente prohibidos en 1889).

Por último, el catálogo incluía también unos pocos juegos de mesa, animales de lata, de hule, de peluche y rellenos de paja –algunos de los cuales podían estar dirigidos también a bebés o niños pequeños–, relojes y teléfonos de juguete, y mecanos, con un precio que podía fluctuar entre 2,5 y 14 colones.

Consumo. Aunque el catálogo no diferencia entre los juguetes importados y los producidos localmente, sí evidencia cómo se había constituido ya un mercado especializado, que atendía a las especificidades de género y edad de los consumidores, y con un variado rango de precios que posibilitaba que esos productos estuvieran al alcance de todos los sectores sociales, aun de los más pobres.

Ciertamente, para algunos niños, la Navidad se reducía –si tenían suerte– a un juguete barato; para otros, la experiencia navideña era muy distinta, como fue el caso de una niña, perteneciente a una acomodada familia josefina. Entrevistada en diciembre de 1932 por un periodista del Diario de Costa Rica, declaró que le había pedido al Niño “una casa de muñecas, un cochecito, una muñeca de las que se duermen, una cocinita (… ) una máquina de lavar, una bola (… ) y una sombrilla”.

A diferencia de los niños y niñas de sectores medios y altos, cuyos juguetes eran comprados por sus padres y parientes, los menores pertenecientes a las clases trabajadores solían laborar para ayudar a sus familias, por lo que es posible que algo de lo que ganaban pudieran guardárselo para comprar sus propios regalos de Navidad.

Desde coger café hasta trabajar en tiendas, almacenes, talleres, fábricas y casas de familias acomodadas, u ocuparse como limpiabotas, pregoneros, ayudantes o mandaderos, esos niños y niñas aprendieron, desde muy temprano, que su acceso a las maravillas de la juguetería moderna no dependía de la intervención divina.

Ese aprendizaje fue compartido por amigos de infancia que, allá por 1968 o 1969, desaparecían apenas iniciadas las vacaciones escolares, para reaparecer sonrientes y deslumbrantes –con ropa nueva y juguetes recién comprados– en la siempre luminosa mañana del 25 de diciembre.

El autor es historiador.