Víctor Valembois. 3 julio

¡Lindo el reportaje de hace unos días (14/6/2018) sobre una chica costarricense casada con alguien de Liechtenstein! Una prueba de constancia, valentía y amor. Todavía escucho en mi oreja sorda a mi embajador pontificando: “¡Las mujeres ticas no son productos de exportación!”. El hecho es que sí, pero manifiestamente eran, ¿o son?, más los varones que regresan a Costa Rica con dos diplomas, uno académico y uno femenino.

Vaya que cuesta salir, porque en cada reportaje —sabroso— de esta serie, hasta en los rincones más inverosímiles del planeta sale a relucir la nostalgia de la tica o del tico por el terruño, alguna comida especial, un paisaje, la mamá. ¡Si se sabe que el Dr. Calderón Guardia mandaba enviar frijolitos a Bruselas, allí a la majestuosa, masónica y moderna Universidad de Bruselas por donde pasé hace poco!

Pero aparte de la linda historia amorosa, ya con cola de dos niños visiblemente felices, llama la atención cómo Priscila, la chica del casi cuento de hadas (cerca del país de Heidi), insiste en tantos aspectos positivos de su nuevo hábitat. La seguridad sin rejas, el seguro, que es seguro —no como el cada vez más de mentirillas que vivimos el grueso de la población—, el orden y la eficiencia en el transporte (¡espérese! Ya casi, casi viene la vía a San Ramón y, después de décadas de promesas, se completa la Circunvalación) y, last but not least, la perspectiva ecológica que se vive de mentirillas por esos lares.

Contraste. Quien haya asomado la nariz fuera sabe que la onda ecológica, seamos francos, no se toma muy en serio en lo local, fuera de propaganda turística hacia afuera y una conciencia adormecida hacia dentro; lo anterior por tres razones:

La misma municipalidad, como la mía, juega a dos bandas: por ejemplo, en el Parque del Retiro, se ha seguido en la práctica cortando árboles y, en consecuencia, animales en beneficio de una mole de cemento inútil, llamado pomposamente anfiteatro. Las acciones (plantar árboles o limpiar parte del río) se encaminan para la foto de un día, el espectáculo para la prensa. Lo habremos visto.

Acabo de ver un vehículo oficial de no sé qué organismo contra el tabaco, muy bien, pero aparte de mal parqueado anduvo tamaño rato con el motor de diésel prendido. Con gran alegría observo que otro ayuntamiento, el de Santo Domingo, prohibe las bolsas plásticas, pero a ver si la medida se pone en práctica con efectividad en todas partes.

El parque frente a la Escuela Roosevelt sigue como hace décadas, cuando deforestar era signo de progreso, igual en muchos pueblos chicos de esta gran aldea: una cancha de fútbol. Si por lo menos hubiera árboles frondosos a los cuatro costados, otros serían los cantares.

Mientras no le afecte personalmente, el mismo ciudadano ignora olímpicamente las medidas: por doquier en mi entorno veo que la Municipalidad pone letreros, que aquí la basura no, que no en el caño. Y pese a la amenaza de multa, nunca pasa nada, La vida sigue igual. La gente acostumbra barrer para fuera y más allá de mi puerta “no es problema mío” o peor: “para eso hay barrenderos”. Los mismos chicos del colegio Vargas salen de clases y riegan toda clase de desperdicios por todo su recorrido: espectáculo diario gratis.

Desinterés empresarial. Las empresas comerciales no suelen tener real interés ecológico: en los supermercados siguen las bolsas plásticas a granel y el ciudadano aplaude, es más, el gasto extra de alguien que le acomoda a uno las mercancías compradas, envueltas en cuanto más bolsas mejor, el comprador lo considera como un “servicio”: es el mundo al revés. ¿Cuántas bolsas, envoltorios y botellas plásticas no vemos después en caños y aceras?

Vuelvo a la simpática tica en Liechtenstein. Sus observaciones son tajantes: “Es un país muy lindo (…) y limpio, seguro y ordenado (…). Hay un castigo económico si (…) saca la basura sin que tenga la marca de que pagó por el servicio (…). Me encanta el manejo de los desechos, pues casi todo se recicla y, por eso, en la semana se saca una bolsita de 35 litros (de basura) y el camión pasa solo una vez”.

Vaya, ella palpó e incorporó en su hábito la costumbre impuesta por leyes, controlada y hasta castigada en su incumplimiento. Lo mismo comprobé en mi tierra: los sacos de la basura, sólidos, se venden solo en la municipalidad y van con el chip correspondiente a la casa: usted no sigue la regla, lo sentirá en su bolsillo al mes siguiente. “A tal hora, en tal calle, tal número (el suyo) hubo irrespeto de basura ‘azul’ metida entre la verde”.

La gente acostumbra barrer para fuera y más allá de mi puerta “no es problema mío” o peor: “para eso hay barrenderos”

Igual en Francia, donde hace rato están prohibidas las pajillas y dentro de dos años — ya establecido y ordenado por ley— se prohibirá absolutamente toda vajilla de plástico, cucharitas, vasos. Vivimos en un solo planeta. Pero aquí, no vemos directrices ni aplicaciones coercitivas. También en ese campo, prevalece el hago que hago. ¿Verdad que es lindo jugar de casita?

valembois@ice.co.cr

El autor es educador.