Michael Chui y Martin Harrysson. 18 marzo

SAN FRANCISCO – El entusiasmo actual en torno a la inteligencia artificial (IA) no solo refleja el modo como las aplicaciones de IA podrían transformar las empresas y las economías, sino también la expectativa de que pueda dar respuesta a retos como el cáncer y el cambio climático. Obviamente, la idea de que pueda revolucionar el bienestar humano es atractiva, pero ¿cuán realista es?

Para responder a esa pregunta, el McKinsey Global Institute ha examinado más de 150 escenarios en que la IA se aplica o podría aplicarse para el bien común. Llegamos a la conclusión de que la IA podría convertirse en una potente contribución para resolver muchos tipos de desafíos de la sociedad, pero no es un remedio mágico… al menos no todavía. Si bien su alcance es amplio, antes de que se materialicen sus beneficios a escala global es necesario superar los obstáculos y riesgos de su aplicación.

No hay dudas de que la IA ya está cambiando la manera como enfrentamos los retos para el desarrollo humano. Por ejemplo, en el 2017 el software de detección de objetos y las imágenes por satélite ayudaron a los rescatadores en Houston mientras se desplazaban por los efectos del huracán Harvey. En África, los algoritmos han ayudado a reducir la caza furtiva en parques naturales. En Dinamarca, se usan programas de reconocimiento de voz para detectar si en las llamadas de emergencia los pacientes están sufriendo un paro cardíaco. En el MIT Media Lab, en los alrededores de Boston, los investigadores han recurrido al “refuerzo educativo” en ensayos clínicos simulados donde participan pacientes con glioblastoma, la forma más agresiva de cáncer cerebral, para reducir las dosis de quimioterapia.

Más todavía, esto es solo una fracción de lo que es posible. La IA ya puede detectar signos tempranos de diabetes a partir de datos de sensores del rimo cardíaco, ayudar a que niños con autismo manejen sus emociones y guiar a las personas con discapacidad visual. Si estas innovaciones se usaran y estuvieran disponibles ampliamente, los beneficios sanitarios y sociales serían inmensos. De hecho, nuestra evaluación concluye que las tecnologías de IA podrían acelerar el avance en cada uno de los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.

Pero para que cualquiera de estas soluciones de IA signifique una diferencia a escala global, se debe aumentar radicalmente su uso. Para ello, primero debemos abordar los obstáculos para su desarrollo y, al mismo tiempo, reducir los riesgos que podrían volverlas más dañinas que benignas.

Por el lado del desarrollo, el acceso a datos es uno de los mayores obstáculos. En muchos casos, los datos sensibles o comercialmente viables que tienen implicaciones para la sociedad son de propiedad privada y las organizaciones no gubernamentales no pueden acceder a ellos. En otros casos, la inercia burocrática mantiene en la oscuridad datos que podrían llegar a ser útiles.

Los llamados retos de poner en operación la “última milla” son otro problema común. Incluso en casos en que los datos están disponibles y la tecnología es madura, la falta de científicos de datos puede volverlas difíciles de aplicar en el ámbito local. Una manera de abordar la escasez de trabajadores con las habilidades necesarias para ejecutar y fortalecer capacidades de IA es que las compañías los empleen para dedicar más tiempo y recursos a causas benéficas. Deberían fomentar que los expertos en IA adopten proyectos pro bono y los recompensen por hacerlo.

Hay riesgos, por supuesto. Se puede hacer un uso indebido de las herramientas y técnicas de IA, de manera intencional o inadvertida. Por ejemplo, incluir sesgos en los algoritmos o conjuntos de datos de IA, lo que puede amplificar las desigualdades existentes cuando se usen las aplicaciones. Según un estudio académico, las tasas de error del software de análisis facial son de menos del 1 % para hombres de tez clara, pero pueden llegar al 35 % en el caso de mujeres de tez negra, lo que plantea preocupantes preguntas sobre cómo el prejuicio humano está presente en la programación de IA. Otro peligro obvio es el mal uso de la IA por quienes deseen amenazar la seguridad emocional, financiera, digital y física de las personas.

Los actores interesados de los sectores público y privado deben colaborar para dar respuesta a estos problemas. Por ejemplo, para aumentar la disponibilidad de los datos, las autoridades públicas y los actores privados deberían dar un mayor acceso a quienes busquen usar los datos para iniciativas en pro del bien público. Ya las compañías de satélites participan en un acuerdo internacional que las compromete a otorgar un acceso libre durante emergencias. Las relaciones de colaboración en torno a datos como estas se deben ampliar y convertirse en un rasgo de sus rutinas operacionales.

La IA se está convirtiendo con rapidez en una parte invaluable de las herramientas para el desarrollo humano. Pero para hacer realidad por completo su pleno potencial benefactor, hay que centrarse menos en las expectativas y más en los obstáculos que lo impiden.

Michael Chui: es miembro del McKinsey Global Institute.

Martin Harrysson: forma parte de la oficina en Silicon Valley de McKinsey & Company.

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