Saúl Weisleder. 24 enero

“Cuando Google, Facebook y otros algoritmos se conviertan en oráculos omniscientes, bien podrían evolucionar para convertirse en representantes y finalmente en soberanos”. He tomado este párrafo, de entre cientos que podría haber citado, de la obra Homo Deus de Yuval Noah Harari (Debate, 2017).

La lectura de este fascinante libro de más de 400 páginas me ha dado más interrogantes que respuestas. Esta es la clara intención del autor. Resumiría la pregunta central que genera de este modo: ¿debemos plantearnos solo las enormes posibilidades de los más modernos desarrollos tecnológicos que ayudan a una mejor vida material (la mejor que hemos vivido hasta ahora), o debemos discutir también los riesgos a que esos desarrollos alucinantes nos llevan?

Me explico un poco antes de ofrecer más elementos sobre las tesis de Harari. Igual que todos, uso y disfruto lo que nos traen los teléfonos inteligentes, las aplicaciones que desarrollan miles, si no es que millones de ingenieros, neurocientíficos, físicos, etc., combinadas con el esfuerzo, ambición e imaginación de emprendedores que las convierten en productos y servicios.

Todo esto, explica Harari, es parte de una nueva religión: la creencia de que compartir y consumir datos es esencial para la vida

Puerta de entrada. Algunas de las aplicaciones más conocidas de la inteligencia artificial (IA), como Waze, Google, Wikipedia y otras, que alguien poco conocedor y geek en el asunto como yo usa y disfruta, son apenas inicios de posibilidades mucho mayores. Gente de mi generación, más tecnológica, y la mayoría de los miembros de generaciones de entre cinco y 40 años, pueden pensar en múltiples ejemplos de estas aplicaciones.

Poco a poco la acumulación y diversificación de estos productos y el conocimiento que conlleva va conduciendo a cambios cualitativos en el significado de la IA y del mundo de la robótica.

Harari explica e ilustra ampliamente las maravillas de ese mundo. Pero él es un historiador, en realidad un científico social y filósofo muy especial y original, de modo que pone esto en el contexto de la evolución de los seres vivos sobre la Tierra, sistematizando los períodos de saltos en el desarrollo humano en un paradigma diferente al que hemos estado acostumbrados, sin por ello negarlo. Lo suyo es una mirada distinta y me ha impactado.

Varios de los dilemas que se pueden deducir de sus planteamientos no tienen una respuesta fácil. Es más, no tienen una respuesta, tienen casi tantas como personas se los planteen. El principal dilema lo enunciaría así: entregarnos a la lógica de todos estos desarrollos, cuya cúspide hoy parece ser la Internet de todas las cosas (ITC), conlleva depositar nuestra libertad individual, casi nuestra esencia misma como Homo sapiens, a unos entes externos creados por el sapiens, pero que este podría dejar de controlar para crear otra especie dominante en nuestro planeta: el Homo deus. Y estamos en esa ruta.

La enorme mayoría de nosotros no nos hemos planteado ese dilema. Es más, quizá no sospechamos que exista. Seguramente vemos películas, series de TV, novelas y artículos que lo plantean como algo imaginario, fantástico (en el sentido estricto de la palabra), que solemos llamar ciencia ficción. Harari lee todo esto de modo distinto. No digo que él sea el primero, ni el más riguroso, ni el más original en analizarlo; no lo sé. Lo que aprendí del libro es que hay alguna gente pensando así y podrían acertar.

Efecto social. Hasta ahora, me había planteado la IA (para usarla como nombre clave para denominar ese mundo) en sus oportunidades y amenazas para el desarrollo socioeconómico en un país como el nuestro y similares. He tratado de investigar y he escrito algunos artículos. Pero, al tener claro que somos importadores de tecnologías de empresas que fabrican partes de ellas, o las usan para exportar servicios, o para aumentar la eficiencia de sus procesos, no había reparado mucho en las implicaciones sociales de largo plazo que esto entraña para el mercado laboral, la distribución de la riqueza y el ingreso, los requerimientos de formación y capacitación, etc.

Pero el libro de Harari me ha llevado a estas otras preocupaciones. Escribe el autor en la página 374: “Microsoft está desarrollando un sistema mucho más sofisticado (que Waze) llamado Cortana, nombre que procede de un personaje de IA de su popular serie de videojuegos Halo”. (Cortana ya fue incluida en la actualización de Windows 7 e incorporado en versiones posteriores). Es un asistente personal de IA; con él se incentivará a los usuarios a compartir todos sus archivos, correos y aplicaciones para “conocerlos bien” y así ofrecer consejos sobre multitud de cuestiones y convertirse en un “agente virtual” que represente los intereses del usuario.

Ahora podemos entender mejor la afirmación del inicio, la “soberanía personal” irá pasando de cada uno de nosotros a estos aparatos, máquinas, robots o como sea que llamen los expertos a estos entes. Irá ocurriendo paulatinamente (o no) con todas las personas, hasta que, quizá, en 10, 50 o 100 años, un nuevo “ser” habrá nacido: el Homo deus; creado por los sapiens, pero que ya no será un sapiens. Y la democracia liberal, y lo que la acompaña en valores, habrá desaparecido.

Nueva religión. Todo esto, explica Harari, es parte de una nueva religión: la creencia de que compartir y consumir datos es esencial para la vida, que tanto la vida orgánica como inorgánica son algoritmos y que los datos son algo así como la materia prima de todo lo que existe (agrego yo a partir de la lectura de su libro). A esta creencia o religión le llaman el dataísmo. Al adquirir esa especie de estatus, el dataísmo también adquiere un enorme poder, el necesario para justificar lo que se haga a su nombre.

Obviamente Homo Deus es una obra mucho más rica y detallada de lo que aquí he resumido. El propio Harari dice que lo suyo son hipótesis, posibilidades; no es definitivo. Pero –digo– es plausible y hasta probable.

Planteo mis propias reflexiones en este artículo a partir de lo que he captado de la obra. ¿O lo he planteado verdaderamente yo? Y si, con optimismo, la respuesta fuera sí, ¿podrán plantear humanos como nosotros reflexiones, preguntas y dilemas como estos en los próximos años, décadas y siglos?

El autor es economista