Columnistas

El día de Daniel Ortega, el Herodes centroamericano

Pienso en Nicaragua porque es nuestro Belén más cercano

Hay efemérides religiosas que no son de celebrar, pero tienen tan fuerte impacto dramático que dejaron en nuestra civilización una impronta imborrable. Hoy es una de esas tremebundas fechas.

Nos evoca uno de los rasgos más siniestros del apetito destructivo de las tiranías que para perpetuar su dominio no paran mientes en nada. El 28 de diciembre simboliza esa patología del poder.

El relato bíblico del Evangelio de Mateo (Mt 2, 16-18) es verosímil y eso es lo decisivo. Que sea historia o leyenda importa menos. Es creíble que a un déspota como Herodes no le temblara el pulso para sacrificar infantes como acto preventivo de autopreservación de su reinado. Está dentro de la lógica del poder como compulsión extrema de la sociopatía humana.

La historia ha sido testigo de atrocidades semejantes y la imagen ha calado por eso mismo. Según el ángulo que se mire, es el día de los inocentes asesinados o de la impunidad atroz de los opresores.

Pienso en Nicaragua. Es nuestro Belén más cercano, con víctimas sacrificadas, madres angustiadas, migrantes forzosos y presos políticos descorazonados. Hoy es el día de Ortega, Herodes centroamericano, con inocentes encarcelados al parecer olvidados por todos.

Es hora de recogimiento, de evocación silenciosa que nos acerque a la construcción de una esperanza para estos desesperanzados. Sin embargo, es también hora de tocar con el corazón nuestra impotencia. ¡Qué poco podemos hacer por ellos!

Pero no los olvidemos. En medio de la tragedia de ese pueblo hermano debemos prepararnos para mayores tiempos de zozobra, cuando el abrazo solidario necesite traducirse en hospitalidad al desplazado, al perseguido, al asilado.

Será difícil para nosotros darles acogida, cargados como estamos con nuestra propia cruz, desiguales, informales, heterogéneos, asimétricos y cada vez más claros del alcance de la garra municipal.

Hay que defender con celo nuestro ser hospitalario que no cierra la puerta al dolor ajeno. Porque no llega por capricho el nicaragüense a nuestra tierra, sino empujado por hambre, persecución y desesperanza.

Con nuestras falencias a cuestas y una necesidad imperiosa de reformas, no podemos permitir, por lo menos, que, con tantos inocentes en nuestras fronteras, nuestra solidaridad flaquee y la xenofobia se apodere de nuestras almas.

vgovaere@gmail.com

La autora es catedrática de la UNED.

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